Gobernantes latinoamericanos rescatan ritos ancestrales

Cuando asumió la presidencia Evo Morales en Bolivia sucedió lo mismo que ahora con Rafael Correa en Ecuador: ellos no dudan en recibir la bienaventuranza de los sacerdotes que rinden culto a los Protectores ancestrales y telúricos. Pasan por limpiezas energéticas de sahumerios y fuego, son bautizados con lluvias de pétalos y les es entregado el bastón de mando que simboliza el poder otorgado por chamanes indígenas, todo ANTES de la ceremonia formal de asunción de mando presidencial. Esto es magnífico, inédito y revelador. Significa muchas cosas; el nítido mensaje es la intención de permanecer fieles a lo propio, a pesar del arrasamiento de la cultura vernácula que provocó la conquista europea en la llamada América, con devastadoras consecuencias hasta nuestros días.

Seguramente estos acontecimientos hoy extraordinarios, se tornarán comunes, casi «normales», pues sin dudas los pueblos están procurando volver a sus orígenes. Los que una vez algunos pretendieron eliminar de raíz. Estas costumbres son las verdaderas prácticas tradicionales y como tales, se deben no solo respetar sino perpetuar.

A mi manera de ver, es inteligencia emocional aplicada a sabiduría humana. Ellos se dejan guiar. También la energía del voto aborigen fue determinante en esas elecciones. Pero no se reduce a eso.

Estos nuevos gobernantes de la izquierda latinoamericana, valorizan la diversidad cultural de sus pueblos y reconocen los orígenes ancestrales. Su cuna. En la pureza de rituales milenarios se reencuentran a sí mismos y a su gente, y bebiendo de la fuente, recobran fuerzas -axé- para iniciar un camino por cierto nada fácil.

¿Por será qué por acá tienen tanta picazón con las religiones nativas? ¿Más precisamente con las que no son de matriz occidental cristiano-católica y más precisamente aún con Umbanda? ¿Debido a qué tenemos el triste privilegio de ser la única práctica litúrgica mirada con desconfianza por la generalidad? ¿Será porque provenimos de las creencias espirituales de africanos e indígenas esclavizados? Según la tendencia jurídica y de Derechos Humanos internacional, por esa cualidad nos deberían proteger y no hacernos las cosas más difíciles. Ya que poseemos endémicas carencias de inserción social y como sujetos de Derecho, es el Estado quien debe regular tal desigualdad para que no sea -como es- una ostentosa injusticia. Lo decía nuestro presidente Dr. Tabaré aplicado al MERCOSUR en el Foro de Río de Janeiro: «reclamamos por sobre todas las cosas, justicia en el tratamiento de las asimetrías» Los afroamerindios religiosos uruguayos decimos amén.

¿Se aplicarán por fin las rimbombantes expresiones de la Declaración de Durban 2001 en Sudáfrica contra el Racismo y la Discriminación, o será por siempre letra muerta que adorne discursos tan bellos como inútiles?

En tanto los poderes públicos a través de sus gobernantes no enfrenten seriamente la problemática de discriminación hacia lo afroumbandista con acciones afirmativas y fundamentalmente con voluntad política, seguiremos siendo un folclore que se saca del armario los dos de febrero, soportando la incitación al odio hacia nuestra fe por televisión, invisibilizados a vista y paciencia de todos, por carecer de medios económicos que nos permitan llegar al colectivo con nuestra verdad espiritual en igualdad de condiciones con otros credos. Las apariciones mediáticas de las propuestas religiosas están reguladas equitativamente por leyes estatales en países desarrollados. En Uruguay no poseemos ni siquiera un santuario emblemático que nos albergue. El racismo religioso existe en nuestra sociedad y lo vivimos día a día aunque sea difícil de demostrar. Ojalá así fuera pero con ignorarnos no desaparece.

Como estamos hartos de «dar coces contra el aguijón» exigiremos el cumplimiento de convenios regionales e internacionales y empezaremos con aportes de ideas significativos y fáciles de implementar. He aquí la primicia; solicitaremos el cambio de nombre de la plazoleta que alberga al monumento a la orixá del mar, pidiendo que tome el nombre de la virgen. De hecho la gente ya la bautizó pues le llaman «la plazoleta de Yemanjá». O sea que la variable ubicabilidad -aunque no es relevante pues no se trata de una calle- estaría satisfecha.

Hoy día el espacio es denominado plazoleta Jackson pues por allí pasa la calle Juan D. Jackson. Aunque este uruguayo haya sido un filántropo, su apellido recuerda al presidente Andrew Jackson, responsable del corrimiento indígena en EEUU, por el cual millones de indios murieron en las reservaciones o en enfrentamientos promovidos por este ambicioso conquistador, en su desenfrenado deseo de quitarle tierras a sus verdaderos dueños. No creemos que a la reina africana de las aguas, le guste estar en una plaza con ese apellido.

Así que haremos nuestra minuta de aspiración, la llevaremos a la Junta Departamental capitalina y nos sentaremos a esperar, porque si esto no comienza a cambiar no cambia nunca y al menos quisiera que lo vean mis nietos.

El documento aprobado por expertos en la reunión de Ciudades Contra el Racismo de la que Montevideo fue ciudad líder, anfitriona, y firmante del compromiso de diez postulados para combatir el racismo y la discriminación, en su punto ocho dice claramente entre otros interesantes conceptos: «Protección de las religiones de origen ancestral.», salvaguarda de la diversidad en especial las culturas indígenas, afro americanas y afro caribeñas. Poner nombre a los lugares (calles, plazas, monumentos, barrios) y/o conmemorar acontecimientos especialmente importantes para los grupos que sufren discriminación, para reconocer así sus contribuciones e integrarlas en la memoria y la identidad colectiva de la ciudad. «Asegurar la representación equitativa y la promoción de la amplia variedad de expresiones y herencias culturales de los habitantes en los programas y políticas culturales, la memoria colectiva y el espacio público de la autoridad municipal y fomentar la interculturalidad en la vida de la ciudad» «Asegurar la creación de iguales oportunidades para el desarrollo de las culturas, la salvaguarda de su patrimonio tangible e intangible, su lengua, sus manifestaciones rituales y festivas, sus usos y costumbres». Es meridianamente claro.

Pasó otro dos de febrero y como comunidad religiosa afro, no tuvimos ningún cambio social para regalarle a Yemanjá. ¡Qué pena!

Le llevamos igual nuestras flores y nuestra esperanza. *

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