Operación 30 horas
A los que nos gusta y tenemos veleidades históricas, sumado el haber vivido esa época, nos gusta dilectar sobre el tema del quiebre institucional y afines. Y si además hemos militado en la política dentro de algún partido, en mi caso el blanco, nos da derecho, supongo, de hacer memoria. Por aquellos lejanos tiempos y ya vencido el movimiento tupamaro militarmente, corrió por Montevideo un repartido o autocrítica, así se le llamó, a mimeógrafo, yo lo leí y mentiría si dijese quién me lo dio. Era cuasi público, particularmente a niveles universitarios e intelectuales. Allí, los presuntos tupamaros se referían a las traiciones de Amodio Pérez y Pérez Bures, a quienes se responsabilizaba con bastante detallismo, directa y específicamente de la derrota militar. Pero además se admitía si la memoria no me es infiel la apuesta que se había hecho a una intervención militar brasileña en Uruguay, en el bien entendido de que se crearía en una reacción de tipo anticolonialista en el pueblo contra la grosera violación de nuestra soberanía por el imperialismo brasileño, levantando la opinión y la acción pública en masa. O sea, hacía rato que se visualizaban o se tenía conciencia por tirios y troyanos, que en aproximadamente 30 horas las tropas brasileñas acantonadas fuertemente en la zona fronteriza podían ser aerotransportadas y bajar en la Plaza Independencia, copando el país. Hoy, pasados más de 30 años, un general brasileño que fuera embajador de esa nación, ante la apertura de documentación secreta de la época en la Inteligencia norteña avalada según dicen por similares de Estados Unidos, expresa según trascendidos periodísticos que Pacheco, entonces presidente constitucional nuestro, habría pedido la intervención directamente si en los comicios ganaba el Frente Amplio. Ante la polvareda producida por esas declaraciones del buen general cambá, se desdice y retoca atemperando sus dichos, alegando que lo que se habría solicitado era una mayor vigilancia fronteriza. Lo cierto es que para los memoriosos estaría revelando que tanto unos como otros eran conscientes y responsables en mayor o menor medida del peligro de jugar con ese tipo de fuego. Si fuese cierta una u otra versión, elijan la que les guste, no incineraban prácticamente. El paisito que tanto invocan orgullosamente, desaparecería. Una vez que el Ejército y el poder cambá institucionalizara de hecho al mando en nuestro suelo, en la Plaza Independencia en lugar del monumento a don José Artigas hubiésemos tenido el de Tamandaré. Uruguay, de hecho, hubiese muerto. Me da la impresión de que aún hoy no se ha dimensionado el riesgo corrido de haber sido realidad.
¿Cómo iríamos naturalmente por más que el pueblo lo quisiera y reclamase, volver materialmente al Brasil entonces era el ente testigo de los Estados Unidos en el continente, por añadidura. ¿Cómo un pequeño país de escasos tres millones de habitantes hubiese recuperado lo que 180 años de lucha y sacrificios nos hizo llegar a ser la Suiza de América? ¡La verdad, me hacen dudar a quien creerle! ¡O lo que es peor, de poder creerle a ninguno de los dos! Derechas e izquierdas fueron culpables. En su delirio por el poder, de ser cierto, los llevó a hacer lo mismo, o bastante parecido con resultados que pudieron ser iguales. Claro, me queda un orgulloso consuelo. Mi partido blanco, como partido integral formal, habremos podido en 170 años cometer errores, sin dudas, pero ese de exponer, aspirar o inducir, para hacer revoluciones de tipo colonial propias del siglo XVIII, o solicitar intervenciones o vigilancias por primeros mandatarios a los imperios, que por añadidura siempre aspiraron inocultablemente a sus fronteras naturales del Plata desde la época del Tratado de Tordesillas, aspiración dicha a voces, ¡nada tuvimos que ver!
¡Esas traiciones a la patria jamás nacieron de un blanco! ¡Los blancos en todo este triste, cruel, fragoso e irresponsable suceso propio de locos delirantes, quisimos y propusimos elecciones libres con un preámbulo de tres meses de interinato del vice Sapelli (hombre al que no se le han reconocido sus actitudes patrióticas), preparando la situación para que el pueblo como supremo dueño de sus destinos, decidiese libremente en comicios libérrimos su futuro! ¡Fue la propuesta de Wilson, un gran blanco! Que me perdonen los contrarios, que al recordar la historia se me termine de engolar la voz al repetir la famosa frase del doctor Herrera: ¡Qué lindo es sentirse blanco! *
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