Trampa imperial fue armada
El verano, como un sida colectivo, nos desarmó las defensas. Era de esperarse que en esas circunstancias, abandonando el campo de batalla por la playa, los orientales termináramos entregados, convertidos en el Gibraltar del sur, traicionando los juramentos más solemnes de fe en la unión de los americanos del sur. Al fin de cuentas, como decía Juan Manuel de Rosas, «los orientales son todos unitarios».
Y no erraba, cuando esto decía, puesto que la unidad americana, la Federación se rompió dos veces -1825 y 1851- por las debilidades de los orientales. No deben pues asombrarnos las pintadas que en el centro porteño nos trataban de traidores, no aludían a las papeleras, sí al tratado tendiente a desintegrar al Uruguay de su geografía, su economía y su historia, que al calor del verano se venía incubando.
Decía el historiador inglés Arnold J. Toynbee, que en el seno de los pueblos que han perdido su independencia , de su seno, surgen quienes se postulan para actuar de intermediarios entre el poder intruso dominante-imperio- y los pueblos receptores de ese poder. Esas clases el historiador las llama herodianas, en referencia al papel que cumplieran en Palestina los dirigentes judíos que aceptaron el dominio romano bajo el dominio de Herodes. Esos intermediarios, verdaderos agentes de enlace entre el poder intruso y los pueblos, consideran que pueden hacer más suave la dominación gracias a su gestión, pero lo único que hacen es simplemente encubrir la conquista. Toymbee acuña el término «intelligentzia» para definir a esta clase de «oficiales de enlace» entre el imperio del momento y sus presas. Y eso es lo que hemos tenido desde la Guerra Grande a nuestros días, la lucha entre los agentes de enlace para la mejor administración de la colonia. El Estado Oriental fue justamente una creatura británica para la dominación en el Río de La Plata. Y ese papel fue cumplido hasta que dicho imperio sucumbió, siendo remplazado por el norteamericano, el cual toma a los tropezones, «el toro por las guampas», asociándose a las clases intermediarias vinculadas al comercio exterior, herederas de una división internacional del trabajo implantada bajo el dominio británico.
Los herederos imperiales de Inglaterra forman parte del continente insular que es América. No son los famélicos ingleses atrapados en una pobre isla.
Son señores de parte de nuestro continente han crecido a expensas de los dominios castellanos, amputándole a México más de la mitad de su territorio original. Sus intereses geopolíticos son otros.
En la actual fase de la evolución del mundo, el comercio sustituye a las viejas guerras de conquista, cuando se trata de vecinos que comparten un continente, a los cuales es posible desalojar despojándolos de medios de vida, sumergiéndolos en la guerra social que genera la exclusión social, léase Colombia, México, o el más cercano Río de Janeiro.
Nuestros «agentes de enlace» han llegado a un acuerdo con sus amos verdaderamente satisfactorio para ellos, los amos, aprovechando no solo la oportunidad que da la canícula estival, sino los buenos números que se generan en el comercio exterior, con lo cual adormecen a mucha gente que no se distrae con la playa, pero que a la larga habrán de sufrir las consecuencias este «apartheid» económico impuesto a nuestra pequeña burguesía emprendedora- esmirriada y confundida- por medio de este ingenioso tratado.
Esta «intelligentzia» es ducha en pactos y acuerdos tendientes a garantizar su postulación al cargo. El Pacto del Club Naval fue su primer escalón, su examen de ingreso. Luego vendría el apoyo a leyes de grave trascendencia para el destino productivo y demográfico de este territorio, la Ley Forestal. De nada vale hablar de las papeleras, cuando éstas son el resultado esperado de dicha ley, la cual dedicó cuantiosos recursos fiscales para crear la base de sustentación de tan cuestionadas industrias.
Ya lo hemos advertido en otras notas, lo más grave de esta ley fue cambiar el destino geopolítico y productivo del territorio, con ello afectando dramáticamente la suerte de su gente. El destino del Uruguay está claro. Zona franca forestal e industrial. Playa de desembarco de los nuevos conquistadores sobre el continente americano.
Somos una amenaza real para la soberanía económica de nuestros vecinos regionales. Esperemos que en el camino a nuestra gibraltarización no terminemos también siendo playa de desembarco de futuras aventuras militares
Y basta ya de palabras.
Tanta Infamia Funesta me Amola.
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