El centro y la periferia
En un discurso ante el World Affairs Council de Los Ángeles, el primer ministro inglés, Tony Blair, dijo que todas las luchas que libran los países libres alrededor del mundo son para defender nuestros valores. «No es sólo sobre seguridad –sostuvo el Primer ministro– o sobre tácticas militares; se trata de mentes y de corazones. Se trata de de inspirar a la gente y persuadirlos sobre la integridad de nuestros valores […] Se trata de demostrarles que nuestro sistema de valores es robusto, verdadero y vencerá sobre los suyos» (CNN, 1º de agosto de 2006).
Como todo discurso, también éste va dirigido a una masa previamente modelada. Bastaría con observar que diferenciar «tácticas militares» con «mentes y corazones» no es más que un nuevo y falso dilema hecho a la medida del consumidor. ¿Qué sería de los ejércitos del mundo ultramoderno si no contaran con el apoyo cómplice de las «mentes y los corazones» de los pueblos? Pero basta con que el ministro trace otra línea en el suelo para imponer la nueva dicotomía: no se trata sólo de tirar bombas; se trata de conquistar los corazones.
Es lógico y natural que todos consideremos nuestros valores como superiores a los valores ajenos; si no fuera así, adoptaríamos otros valores. El problema surge cuando en nombre de unos valores se materializan realidades opuestas. Como por ejemplo: en nombre de la tolerancia se suprime al diferente; en nombre de la compasión se bombardean ciudades; en nombre de la vida se riegan los campos de muerte. En nombre de la «defensa de nuestros valores» –que incluye la aceptación del otro– se invaden países lejanos para «imponer nuestros valores».
Creo que la pregunta central aquí sería: ¿nuestros valores incluyen la imposición de nuestros valores? El ministro ha hablado de «persuasión» (It’s about inspiring people, persuading them). Pero habrá que reconocer que la guerra como forma de persuasión es un sofisma antiguo que sólo sobrevive gracias a la inagotable estupidez humana que se renueva con cada generación. ¿No tenemos aquí un dilema que exige el principio de no-contradicción?: o se persuade o se impone. La persuasión no es el primer recurso, sino el amable complemento para quienes sobreviven a la sagrada imposición.
En la antigüedad eran los pueblos «bárbaros» los que solían invadir las civilizaciones más avanzadas. No obstante, desde las invasiones musulmanas a España y las turcas en el este de Europa, el proceso ha sido abrumadoramente el contrario. ¿Cuándo en los últimos quinientos años una tribu africana, un pueblo sudamericano, un país asiático ha invadido Europa o Estados Unidos, es decir, los centros «civilizados» del mundo? A lo sumo la «invasión» ha sido pacífica, en forma de productiva inmigración, por necesidad y no por desbordada ambición. Pero nunca militar; ni siquiera ideológica. Las invasiones de «defensa» han procedido siempre desde el centro a la periferia, del mundo «civilizado» hacia los pueblos «bárbaros». Así han procedido todos los imperios orgullosamente llamados «occidentales»: El imperio romano (por no comenzar con Alejandro), el imperio español, la Francia imperialista, el imperio británico y el imperio norteamericano. Siempre en nombre de Dios, la Libertad, la Democracia y la Civilización; todo lo cual se resume en una única bandera: la defensa de los mejores valores, los nuestros.
Lo que significa que esos «valores» han sido, principalmente, los valores de la invasión de territorios ajenos por la fuerza de las armas y del dinero. Por lo tanto, no invadir a un país más débil es entendido como una forma de traición a esos «valores occidentales» –tanto como criticarlo. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad