¿Hay que aceptar la globalización?
Carlos Bouzas
Hace un par de semanas pudimos ver y leer acerca de las protestas callejeras que se produjeron contra la reunión del FMI en Praga. Un movimiento que tuvo su primera expresión pública en la ciudad de Seattle el año pasado.
Estos movimientos provocan, naturalmente, reflexiones de parte de instituciones internacionales, gobiernos, dirigentes y analistas. ¿Es buena la globalización? ¿Se la puede cuestionar? ¿Hay que aceptarla y adaptarse a ella?
La semana anterior, un europeo y un latinoamericano dieron sus opiniones al respecto, en las páginas de El País de Madrid. Le propongo repasarlas.
El profesor José Vidal Beneyto –director del Colegio de Altos Estudios Europeos, de París– opina que la globalización es el «resultado de una serie de decisiones y acciones cuyo propósito central es la creación de un espacio único, donde puedan circular (…) sobre todo el dinero, convertido en la mercancía por excelencia». (Que ella debe su existencia a) «la convergencia implícita en unos casos y programada en otros, de los intereses de las empresas transnacionales –que son sus primeros protagonistas y sus principales beneficiarios– y de la política económica de Estados Unidos y de los otros grandes Estados del Norte. Sus instrumentos esenciales han sido la ideología ultraliberal y los organismos económicos intergubernamentales; FMI, Banco Mundial, OMC, OCDE, etc.»
Esa prioridad por lo financiero «disocia la acumulación de capital de la creación de riqueza y prima la especulación sobre la inversión». Como consecuencia «se ha acelerdo la degradación del medio ambiente: ha aumentado la concentración de la riqueza y la creación de oligopolios; se ha reducido la seguridad en el consumo de alimentos; se han agravado las desigualdades en el interior de los Estados y entre unos países y otros; se ha generalizado la criminalidad económica organizada; la uniformización cultural (…); la miseria y el hambre han alcanzado cotas insoportables», termina sentenciando el profesor apoyándose en afirmaciones del señor Miguel Camdessus, que fue máximo dirigente del FMI hasta hace muy poco.
Desde este lado del Atlántico, el doctor Raúl Alfonsín opina que «al concentrar tanto la riqueza, la globalización produce más amenazas que oportunidades. Las dificultades para transferir conocimientos y nuevas tecnologías del centro a la periferia, por ejemplo, amplían las desigualdades económicas y someten a algunos países a una nueva forma de colonialismo».
Para quien fue presidente de Argentina «tanto ciudadanos como países se vuelven ‘ingobernables’ cuando se consideran instrumentos pasivos de las decisiones que toma una elite cerrada que gobierna transformándolos en una ‘masa’ muda (…) la democracia tiene problemas para sobrevivir en tiempos de crisis, pobreza y aislamiento (conservarla) es difícil cuando existen sectores amplios que no se pueden integrar al mercado global, cuando la miseria borra la dignidad humana y cuando la falta de opciones hace que la libertad pierda su significado».
Ambos analistas –uno desde la cátedra y el otro desde su experiencia de gobernante– proponen qué hacer.
Para el profesor Vidal Beneyto, es necesario desconstruir la globalización para reconstruirla desde una opción en el plano social. Y también con la acción institucional que produzca «el alumbramiento de macroáreas regionales de naturaleza ecocultural y político-económica». En este sentido termina destacando la creación del Mercosur, al que califica como herramienta imperfecta porque no ha logrado eliminar aún «la prevalencia de los intereses nacionales más coyunturales e inmediatos y por la ausencia de una voluntad política integradora».
En el mismo sentido el doctor Alfonsín opina que «el mundo necesita, a nivel regional, facilitar la integración sobre la base de una democratización económica general (…). Mientras un país está subordinado a las fuerzas descontroladas de la globalización, su futuro está en manos extranjeras (…) los países pobres y en desarrollo deben tener cierta oportunidad de proteger a sus industrias nuevas. Hay justicia en esto, sobre todo dada la hipocresía de aquellos países que proclaman su fe en el libre comercio, mientras que a diario rezan en el altar del proteccionismo».
Termina el ex presidente invitando a «luchar contra el temor de ir en contra de la ortodoxia política prevaleciente de la globalización inevitable. El único pez que siempre nada con la corriente es el que está muerto».
* Militante del Frente Amplio
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