Chau, Don Martín

Esteban Valenti

El diablo está en los detalles y Dios en las pequeñas cosas» dice un refrán polaco muy sabio. Y aquí, en un rincón de Montevideo hay pequeñas cosas donde se expresa la potente voz de la gente, la voz de Dios, sin estridencias ni solemnidades.

Hay una esquina de la plaza 25 de Mayo que para todos los que pasamos en algún momento de nuestras vidas por La Teja, tiene una referencia muy clara e intransferible, allí estaba el bar y pizzería Don Martín, de los hermanos Kechichián. Digo bien, estaba, porque cerró, desapareció, se fue para siempre.

No es nada insólito, ni nuevo, se han caído y han cerrado cosas bastante más grandes. Además ¿cuántos bares, pizzerías, se han cerrado en estos días, en estos meses?, cuántos más marcharán hacia el olvido sepultados por la malaria, por las grandes superficies, por cambio de ramo o por muchos otros motivos?

Estaba en La Teja, ese barrio de arraigada tradición obrera, donde se mezclaron con sutileza junto a las curtiembres, a las fábricas de vidrio, de jabón, químicas y a la gran planta petroquímica con su llama simbólica al borde de la bahía, una veta intelectual de poetas y artistas populares cuya máxima expresión fueron y siguen siendo las murgas.

Las fábricas, en su mayoría, son sólo un lejano recuerdo; las murgas siguen allí, peleando la vida. En ese barrio nació, vivió y murió Don Martín.

En esa misma esquina lo despidieron cientos de amigos, vecinos, compañeros de sus dueños Carlos y Esteban Kechichián un helado domingo de setiembre. Ese sí es un hecho insólito, despedir un boliche. Pero los que conocieron a Don Martín saben que en esas mesas austeras, en su alto mostrador y durante muchos años, no sólo se vendía pizza y fainá, o grapa y cerveza, allí se regalaba solidaridad y humanidad.

La solidaridad que no se registra, la que no pide reconocimiento, la que se oculta con pudor porque forma parte de lo mejor del alma humana, la del vaso de leche para los gurises de la calle, la de la milanesa fiada sin ninguna esperanza de pago, la del oído atento para las penas y las alegrías, la del apoyo a todas las iniciativas culturales y sociales del barrio. La gente ese día fue a decirle a Don Martín, que tiene buena memoria, que no se olvida, a pesar de la tenacidad modesta de sus dueños y, sobre todo, fue a aferrarse en estos tiempos de soledad y de aislamiento, a un trocito más de calidez humana que se nos escapa.

Es muy posible que en el refulgente mundo de plástico e impulsos eléctricos todo esto suene a nostalgia, al «enano llorón» que no es capaz de percibir los retos pletóricos de posibilidades y pierde una hora de su vida para rodear un anacrónico boliche de barrio. Es posible, y hasta es posible que tengan razón. Todo depende de la parte de la vida que cada uno elija.

El tiempo, ese que cada día utilizamos menos para ser y para amar, y lo inmolamos a la alta velocidad de conseguir y de tener, es una de las claves para penetrar debajo de la superficie de las apariencias. Los uruguayos, con nuestros boliches diurnos y nocturnos teníamos una forma de compartir, una sociabilidad especial. Nadie salía de un partido de fútbol sin compartir una copa, ni dejábamos pasar un día de cobranza en la fábrica, sin encontrar un momento de amistad y compañerismo.

La vida tenía la dimensión del encuentro, de compartir problemas, esperanzas, sueños, proyectos, dudas y certezas. Hace unos cuantos años un viejo jubilado me dijo una frase que siempre me ha seguido «la pobreza es muy dura, pero mucho más dura es en soledad» Y esa era la clave, Don Martín fue durante cuarenta años un antídoto contra la soledad. Por eso sus amigos no lo quieren dejar ahora solo.

Es en realidad una batalla colectiva contra todas nuestras soledades, ¡que ironía!, son tantas que hasta tenemos que utilizar el plural.

Una batalla muy dura, porque los enemigos son aguerridos y en etapa de crecimiento.

Enfrentamos una vida moderna cada día más hecha de comunicación, es decir de intercambio de informaciones y con menor espacio para mirarnos hacia dentro y compartir nuestras tribulaciones. Nos batimos contra un darwinismo social que poclama sin inmutarse que la selección de las especies sociales está en manos de un solo dios: del mercado, y nos batimos contra una cultura del individualismo, del bricolage autónomo de cada vida y en cada bastión personal.

«Por eso se ha hecho tan inhumano el mundo actual, donde todos somos un número en un ordenador, y se nos hace robots ciegos y sordos a uno mismo. Precisamente, como reacción, en lo cotidiano está la clave de la filosofía más actual. Pero se nos ha inducido a vivir exclusivamente la razón tecnológica (Marcuse), y la razón instrumental (Horkheimer), y los seres humanos se convierten en medios para nuestro egoísmo, y no en fines respetables», dice E. Miret Magdalena, presidente de la asociación de Teólogos/as Juan XXIII.

El cierre de Don Martín es una derrota evidente en esta dura guerra de posiciones, mientras que la reacción de la gente es la demostración de que la bandera de combate todavía flamea con fuerza, porque es capaz de elevarse por encima de las preocupaciones, o mejor dicho, tomando fuerza e impulso desde nuestros problemas, de las inseguridades y debilidades, y desde un barrio emblemático para el tejido industrial de la capital, hoy flanqueado por la decadencia y la pérdida de su identidad.

Urbanísticamente es difícil encontrarle hoy un perfil definido a La Teja, cruzada además como un cuchillazo por la profunda zanja de los accesos a Montevideo, pero no hay duda que lo que no ha perdido son los rasgos más nobles de su gente. Esa nobleza de las pequeñas cosas, de los gestos diarios, esa que encuentra siempre una esquina para expresarse, como la de Agustín Muñoz y Carlos María Ramírez.

 

* Analista

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