Francisco Lavandeira, mártir de la libertad
El 10 de enero de 1875 caía herido de muerte en la plaza Matriz Francisco Lavandeira. Unos días después eran extraditados a La Habana en la barca Puig los liberales más representativos, en una embarcación que difícilmente podía completar la travesía y con las reservas de agua contaminadas. Caído el gobierno constitucional de José Ellauri, asume el poder como dictador Pedro Varela y a través de él Lorenzo Latorre y sus secuaces. Ese mismo año se adoptaron las primeras leyes proteccionistas. 1875, «el año terrible», como lo denominó con justicia Carlos María Ramírez, marca el punto de inflexión más trascendente de nuestra historia: el fin del exitoso Uruguay liberal y el comienzo del estatismo. La libertad política y la libertad económica, y no por casualidad, cayeron juntas.
La elección que debía realizarse en enero de 1875 fue única por varias razones, siendo la principal que no se enfrentaron blancos y colorados entre sí. Los blancos y colorados liberales y principistas participaron juntos en la misma lista y blancos y colorados caudillistas y candomberos, unidos en la otra. De un lado nuestros mejores intelectuales, políticos y periodistas, como José Pedro y Carlos María Ramírez, Francisco Lavandeira, Agustín de Vedia, José Pedro Varela, Pedro Bustamante, Julio Herrera y Obes, entre otros; en el otro bando caudillejos, militares golpistas y arribistas. Nunca hubo, ni antes ni después, una elección con dos opciones tan distintas, tan radicalmente irreconciliables.
Francisco Lavandeira, en la mañana del día de su muerte, se dirigió a la Universidad de la República donde tomó examen a sus alumnos de economía política. Había sucedido en la cátedra a Carlos de Castro, continuando la línea ultraliberal que caracterizó a la Universidad del tercer cuarto del siglo XIX. Ese mismo día se vendía por toda la ciudad su diario, La Democracia, en el que podía leerse el último artículo que escribiría: ¡A las urnas, a las urnas! Votó y se quedó en la plaza compartiendo con sus correligionarios la tarea de controlar que las elecciones se realizaran con la mayor transparencia posible. Cuando la diferencia era indescontable a favor de los liberales se desató la barbarie. Los colorados candomberos –apoyados por los blancos candomberos– comenzaron la matanza a sable y fusil; el primer objetivo de los criminales fue Francisco Lavanderia. Con alegría indescriptible los bárbaros patearon la urna que rodó por la escalinata de la iglesia hasta la plaza: la democracia había caído.
El entierro de Lavandeira fue multitudinario, formidable manifestación en contra de la dictadura en ciernes. La Democracia, que continuó gracias a la labor de su amigo y gran liberal Agustín de Vedia, mantuvo durante todo un año el luto en su portada. Profesor, economista, político, periodista y escritor, desde todas las trincheras defendió la libertad en forma brillante. Enfrentó con todas sus fuerzas la instalación de los bancos estatales y, claro está, todo monopolio legal, lo que lo llevó a enfrentarse con Francisco Bauzá. Lamentablemente, mientras Bauzá, amanuense de todas las dictaduras, pudo continuar su prédica retrógrada, a Lavandeira lo asesinaron los amigos de nuestro «ilustre historiador» cuando tan sólo tenía 27 años.
Cuando el presente nos impide ser optimistas acerca del futuro del país, la esperanza en el resurgir de la atávica memoria de los orientales sobre su glorioso pasado liberal es casi lo único que nos queda. Algunos signos de reacción liberal se pueden divisar en las ciencias sociales (sobre lo que volveremos en próximos artículos) por lo que parece que el ejemplo de Francisco Lavandeira y su pasión por la Libertad, además de un recuerdo emocionado, es una inspiración para el futuro. Ese es el mejor homenaje que podemos hacerle al maestro. *
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