La filosofía fondomonetarista y los jubilados
Era un hombre «setentón» y aún en actividad. Porque sabía que su jubilación iba de la mano con la necesidad de bajar varios escalones de su ya ajustado ingreso. Había comenzado, hace más de cincuenta años, como «administrativo», en aquella empresa «familiar», y se había ganado la confianza de sus «patrones» por su honestidad, pero, sobre todo, por tener siempre puesta «la camiseta» de la empresa.
Aquel año, los resultados económicos habían sido excelentes y fue llamado por el Directorio. Luego de expresarle las congratulaciones «de estilo», por su desempeño y por los números más que auspiciosos, el mayor de los «patrones», que llevaba la voz cantante le dijo que, sobre la base de sus antecedentes, su dedicación a la empresa y a su incidencia en los resultados obtenidos en el último ejercicio, se había decidido premiarlo con un cheque de diez mil pesos…
El funcionario, sorprendido y anonadado por el «gesto», no sabiendo cómo encarar la situación sorpresiva de la que era protagonista impensado, se iba a retirar, luego de recibir el obsequio y de dar el agradecimiento de rigor en voz baja, cuando, «bicho administrativo», al fin, «pispió» que al cheque le faltaban las firmas.
Al darse vuelta para hacerlo notar, con mucha delicadeza, claro, se encontró con la segunda parte del «discurso patronal» prefabricado, que le decía:
«…. y si se mantienen durante los próximos cinco años los resultados actuales, Y UD SIGUE VIVO, se lo firmamos…»
Algo así ha pasado con los jubilados y la «prima por edad». En efecto. El gobierno ha decidido «compensar» (?) a los jubilados que aún superviven, con setenta años de edad cumplidos, con un adicional llamado «prima por edad», que antes existió y la dictadura se encargó, como es lógico, de eliminar. Mostrando su «progresismo», el gobierno lo reinstaura. Con algunas condiciones, claro. Será sólo para los jubilados mayores de setenta años que tengan un ingreso, por todo concepto, inferior a algo así como cuatro mil pesos. Lo que nos parece bien, correspondiendo que sea así, cuando hay recursos escasos, de privilegiar a los más carenciados. Pero se introduce una segunda limitación.
Para llegar a cobrar el total de la «prima» (unos seiscientos pesos), tiene que estar vivo dentro de cinco años. Mientras tanto, le van a ir tirando unas «chirolas» desvalorizadas según inflación, a cuenta, cada año. Sólo SI ESTÁ VIVO, claro.
Más allá de la obvia dificultad vital que significa para un hombre o mujer de setenta años llegar a los setenta y cinco, traemos en nuestra ayuda el concepto de cálculo actuarial de la Esperanza matemática de vida. Si arrancamos, estadísticamente hablando, con todos los nacidos en un año determinado, y seguimos esa serie año tras año, veremos lógicamente que el número de supervivientes disminuye también, año tras año. Es la ley de la vida. Y dicha tendencia de disminución, lógica humana de por medio, se intensifica crecientemente en los últimos años de vida probable. Cuando se toma a los supervivientes que cumplieron setenta años, y siguiendo la serie, llegamos así a los supervivientes que cumplen setenta y cinco años, veremos, lamentable pero lógicamente, que estos últimos son sensiblemente menos que los primeros.
Este razonamiento nos lleva a encontrar una similitud entre la (tragicómica) humorada que inicia la nota y la propuesta del gobierno. Que no deja de ser, lamentablemente para algunos de los involucrados, tan sólo una promesa condicional de cobro, con la única y (dificultosa, desde todo punto de vista), condición de estar vivos, cinco años después.
Quisiéramos pensar que, quizás, es un esfuerzo considerable para las arcas supuestamente austeras y frugales del gobierno, destinar una partida global a tales efectos. Si no fuera porque la austero-frugalidad de las mismas se origina, forzadamente, por el vaciamiento producto de una política económica en la que se ha decidido voluntariamente y con exageración fácilmente comprobable (v.g. adelantos al FMI de por medio), privilegiar la «honra de (un pago y pico de) la deuda externa», en detrimento obvio («Todo a todos, no») (1), de las necesidades de los más infelices, necesitados de asistencia innegable por concepto de la llamada «deuda social».
Suponemos que los jerarcas decisores del caso, del Ministerio respectivo, dotados de una capacidad mental que no está en tela de juicio, habrán calculado, que no todo el universo de setenton@s, vivos hoy, va a poder llegar a cobrar la totalidad de la prima establecida. Por morir durante el transcurso de (esos) cinco años. Por lo que el monto final real a pagar por el Estado, será (muy) inferior al monto que resulta de multiplicar la cantidad de l(o/a)s hoy setento(e/a)s por los seiscientos pesos de la prima por edad establecida.
Si ello fuera así, sería bueno saber qué destino tendrá ese ahorro real que se producirá por este motivo. Capaz que nos llevamos la sorpresa de que, de acuerdo con la partida global asignada en principio, les tocaba a c/u, menos aún de seiscientos pesos, claro está, en caso de estar vivos dentro de cinco años, pero se incrementó la prima, teniendo en cuenta, por parte de los decisores mencionados, el factor de cálculo actuarial al que nos referimos ub supra y su incidencia en el monto del ahorro real resultante. *
(1) Palabras de Julio M. Sanguinetti, que se pueden oír en grabación humorística del programa Mundo Cañón (1410 AM LIBRE)
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