Darío Pérez, el villano del Frente Amplio
El partido en el gobierno tiene un problema, entre tantos, llamado Darío Pérez. Este, a su pesar, se ha convertido –en forma largamente anunciada– en un forúnculo a erradicar para, tremendistamente, evitar perder, primero Maldonado, y luego el resto del país, en las próximas elecciones, según algunas opiniones. Más allá, por supuesto, de los porcentajes de adhesión e imagen de la figura de Tabaré Vázquez, «última ratio» para subsanar los errores del aparato y de las culebras integradas a él. Le han dado a su figura relieve nacional, más aun teniendo en cuenta la importancia de Maldonado en el conjunto del país. Por estos días algunos «mimosos» –para tratarlos benévolamente– lo atacan por la prensa en base a la imputación de no visitarlos con más frecuencia. Agresiones obviamente digitadas por los titiriteros de la política.
Y a tal punto llega la percepción mecánica sobre el peligro que representa el «acorralado» –según lo califica la prensa fernandina– que hasta el propio vicepresidente de la República amenazó en algún momento con enviarlo al tristemente conocido Tribunal de Conducta Política del FA. Tribunal que se integra en forma cuotificada –igual que los cargos en el gobierno– y que, consecuentemente, eyecta fallos según las correlaciones de fuerzas existentes en el momento. Si el o los imputados no tienen apoyos sectoriales, son condenados irremediablemente. Si los tienen, su sector intentará de que los traten con benevolencia. El suscrito puede hablar con propiedad de ello y lo seguirá haciendo durante el resto de sus días. No por heridas –que han cicatrizado ante la brutal decepción con algunos «actores» de la izquierda y el progresismo–, sino precisamente por el derecho y la obligación emanados de una militancia de más de cuarenta años por una sociedad mejor.
Es absurda la amenaza de enviarlo al Tribunal a Darío Pérez –más aun en virtud de su carácter de legislador–, de ahí la extrañeza por la misma. Cabe señalar que es el Plenario Nacional del FA el que, luego del fallo del Tribunal, decide sobre la suerte del «reo». Y es imposible que, salvo que se pruebe un acto doloso por parte de la Justicia ordinaria, o una traición a la organización política, el Plenario obtenga las mayorías para adoptar alguna sanción.
Así sucedió en mi caso –víctima de una venganza política– cuando el sector que sigue siendo mayoritario en la interna votó –no sé si por misericordia o por vergüenza– contra el fallo del Tribunal, impidiendo la consumación de alguna sanción. No obstante lo cual quedó vigente una exclusión tácita, como corolario de los linchamientos anteriores, promovida más adelante incluso desde dentro del grupo del propio Darío Pérez con la permisividad de este , planteada por individuos del departamento de Soriano, sin votos, pero con afanes ideológicos «revolucionarios» y rencores personales. Ahí su grupo político perdió potencialidades en los departamentos de Soriano y Colonia. Basta con mirar el resultado de las internas. Pero lo que importa señalar es que el no querer defender a alguien coherente con principios –como es él– fue premonitorio de su propia situación actual, al igual que los que pensaban que la dictadura y el fascismo no los podían alcanzar.
Obviamente, estos actos y hechos han tenido lugar en todos los partidos políticos sin excepción. La «embestida baguala» contra Lacalle en el Partido Nacional, la «puñalada en la espalda» a Asiaín en el Partido Colorado, el linchamiento a Valenti en un sector del FA –por nombrar agentes políticos conocidos–, así como la peripecia de este ignoto militante y de tantos otros, son el espejo en el cual se puede mirar Darío Pérez en estas circunstancias. Las «ambiciones personales», esgrimidas por sus detractores, constituyen un pobre reduccionismo empleado siempre por las patotas políticas agresoras desbocadas. En política sigue siendo cierto que el ladrón siempre grita «al ladrón» y que los favores se pagan… *
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