La deuda del país con destituidos, presos y exiliados

Jorge R. Bruni

1.- El golpe de Estado y la huelga general.

La represión y persecución que había comenzado a finales de los ’60, tuvo su punto culminante con la dictadura.

A eso de las 5 de la mañana del 27 de junio de 1973 nos anunciaron el golpe, marcha militar mediante, que sonaba horrorosamente.

En nuestro viejo local del Sindicato de Asignaciones Familiares   AFAF, en la calle Eduardo Acevedo, nos fuimos enterando de que más o menos a las 6 de la mañana, cuando generalmente comenzaban las tareas, los trabajadores uruguayos empezaron a ocupar los lugares de trabajo, respondiendo a lo que el Movimiento Sindical había resuelto en 1964 y que la CNT había ratificado: en caso de golpe militar, íbamos a la huelga general.

Horas más tarde, en Montevideo e Interior, nuevos sectores se fueron incorporando a la huelga y ocupaciones.

Según una vieja historia de los sindicalistas alemanes, en 1923 se resistió un golpe de Estado con una consigna: huelga general y todo el mundo en su casa.

En 1973 la consigna fue distinta: huelga general y volver a ocupar los lugares de trabajo en caso de desalojo de los ocupantes. Así se hizo.

Fue heroico. Sorpresa y disgusto en los golpistas. Apelaron por todos los medios a la división del movimiento sindical. El ministro del Interior convocó a la dirigencia de la CNT para decirles que ya habían demostrado que eran capaces de hacer la huelga, pero que no hacía falta continuarla. Un ex comandante en jefe le planteaba al sindicato de Funsa que debían luchar contra sus propios hermanos de clase, comunistas y subversivos.

En la vieja iglesia de 8 de Octubre y Estero Bellaco, a un querido compañero, hoy en Francia, con quien recorríamos sindicatos durante el día y la noche, un militar le ofreció protección a cambio de dejar la huelga. Mire coronel, yo no tengo el sueño de tener un militar propio, fue la merecida respuesta.

A eso de las 7 de la mañana de uno de los días de la huelga, recuerdo la figura de Pedro Aldrovandi custodiando celosamente el viejo local de la CNT en la calle Buenos Aires. Disimulaba escoba en mano barriendo la vereda.

Una y mil anécdotas, para recuerdo e información a las nuevas generaciones, se podrían contar.

La represión, selectiva, fue durísima. El Cilindro se convirtió en prisión. Héctor Rodríguez contaba años después que llegar al estadio deportivo para él fue como entrar en un acto de masas: estaba lleno.

La Untmra se convertía en comisaría y cárcel, y el Sunca en sede de algún organismo militar.

Los ciudadanos uruguayos éramos clasificados en categoría A, no peligrosos, B, potencialmente peligrosos, o C, peligrosos. Las palabras reos, malvivientes o delincuentes, sustituían al término guerrillero. Las murgas no podían hablar de reforma agraria, pobreza, hambre, etc.

La paranoia llevó años después a decir al ex Presidente títere Aparicio Méndez, que los Kennedy y los demócratas norteamericanos ayudaban a la subversión.

2.– La deuda de la sociedad. Un acto de justicia.

Para muchos que se opusieron fueron años de horror. Para otros, cómplices o distraídos, fue un simple ¡detalle de la historia!

Más allá de la polémica, la perspectiva histórica demostró que el golpe nunca tuvo apoyo del sector sindical, que no admitió ningún tipo de vinculación con la tiranía, ni pactos ni cooptaciones, como sucedió en otros lugares.

Tuvieron que descartar los golpistas la regulación de los sindicatos, como fue el intento de Bolentini conocido como la Ley de Asociaciones Laborales.

Fue una contribución notable a la democracia que vendría años después. El Movimiento Sindical llegó a ofrecer a la disuelta Asamblea General, lugar para reunirse en la clandestinidad. «En las condiciones en que la batalla se ha dado en nuestro país, la victoria de los trabajadores requerirá sin embargo, todavía una lucha prolongada y muy dura», dijo la CNT cuando levantó la huelga.

La sociedad en general, el sistema político en particular, tienen una enorme deuda con miles de compatriotas trabajadores que dieron su vida.

Los que sobrevivieron hipotecaron su futuro y el de sus familias, fueron a parar a las cárceles por participar en reuniones sindicales en muchos casos, o al exilio. Impedidos de trabajar por figurar en las listas negras, apenas si subsistieron, gracias a una y mil formas de solidaridad que surgieron espontáneamente desde las entrañas de la sociedad. El Uruguay sería otro si no hubiese existido la resistencia de esos entrañables compañeros, entre otros. Creo que fue Carlos Quijano quien dijo que más difícil y más conmovedor que dar la vida por una idea, es renunciar en vida a todo lo que la vida ofrece.

Pues bien. Pasan los años y no aparecen soluciones a situaciones realmente angustiantes.

El 28/9/2000 el ministro de Trabajo, contador Alvaro Alonso, anunció que se enviaría un proyecto de ley buscando dar satisfacción a la reivindicación de los perseguidos por la dictadura. Ojalá que así sea y que los contenidos reparen adecuadamente la situación.

Es un acto de justicia, más allá de cualquier embanderamiento político. Así de sencillo.

* Integrante del Equipo de Representación de los Trabajadores en el BPS

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