Un ciclista, un senador y un empleo público
Fabián Werner
La obtención imprevista de una medalla de plata en los recientes Juegos Olímpicos de Sydney, por parte del ciclista Milton Wynants, nos permitió a los uruguayos asistir a una catarata de reacciones sorpresivas y sorprendentes.
Si bien la mayoría de ellas estuvo a la altura del logro deportivo, y representó una real muestra de alegría y agradecimiento hacia el esforzado atleta por parte de la sociedad, hubo otras, las menos, que llaman a la reflexión.
Entre estas últimas pueden mencionarse las de dirigentes deportivos que aprovecharon la oportunidad para hablar largo y tendido en los medios de comunicación, señalando que el segundo lugar obtenido por Wynants es mérito del deporte uruguayo (y de quienes lo encabezan, de más está decirlo), cuando en realidad es más bien consecuencia del sacrificado entrenamiento que el ciclista tuvo que realizar en soledad en su Paysandú natal durante semanas.
También fueron convenientemente difundidos los anuncios oficiales sobre el recibimiento y las condecoraciones que se le realizarán, por lo que no se dudó en calificar como «gesta», sin reconocer jamás que la medalla se obtuvo sin ningún tipo de respaldo económico gubernamental, que sí tienen los que competían directamente con el novel vicecampeón olímpico. Por poner un ejemplo, los españoles invirtieron diez millones de dólares en la preparación de su equipo de ciclismo.
Pero después de todo eso, el martes, en la media hora previa del Senado, tal vez se haya oído la más increíble propuesta que, a propósito del logro de Wynants, se haya lanzado hasta el momento. Quizás recordando el gesto del gobierno uruguayo hacia los campeones mundiales de fútbol de 1950, y obedeciendo a un efecto estímulo-respuesta arraigado en el dirigente político tradicional, el senador nacionalista Jorge Larrañaga propuso al cuerpo legislativo que se premie al exitoso deportista compatriota con «un empleo público». Sí, leyó bien: «un empleo público».
Supongo el asombro que asaltará a Wynants cuando se entere de que tuvo que entrenar durante semanas solo en Paysandú, sacar tres mil dólares de su bolsillo para comprarse la bicicleta, y competir en inferioridad de condiciones contra los mejores ciclistas del mundo, para llegar a Montevideo y ganarse una portería en el Banco República o un asiento en la recepción de algún ente autónomo por lo que le queda de vida. Aunque seguramente nadie le impediría, en alguno de estos casos, que fuese todos los días a trabajar en bicicleta, para que no pierda la forma física.
Este planteo me genera, entre otras, la siguiente duda: ¿a nadie se le ocurrió, en el gobierno o en el Poder Legislativo, que lo que Wynants se merece es que el gobierno le proporcione los medios necesarios para poder evolucionar en el deporte que practica, para que la medalla que obtuvo en Sydney no sea una simple casualidad? ¿Este es el mejor agradecimiento que un deportista uruguayo puede esperar de uno de sus representantes en el Parlamento (además coterráneo), después de haber obtenido el logro deportivo a nivel mundial más importante desde el omnipresente «maracanazo»? ¿Espera el senador que esta dádiva funcione como estímulo para los desalentados deportistas uruguayos, y que redoblen sus esfuerzos de modo de alcanzar (previa medalla olímpica) un empleo de magro salario en el aparato burocrático estatal?
Más probable que esto es que los más de 160 mil uruguayos que no pueden encontrar empleo salgan rápidamente a pedir prestada la bicicleta de algún vecino o familiar, para ver si así se pueden ganar el trabajo que no pueden conseguir por otra vía, ya que no aparecen las políticas oficiales que puedan lograr el abatimiendo de la tasa de desocupación. Y eso siempre y cuando, luego de esta «tradicional» propuesta legislativa, que el vecino o el familiar no se haya montado ya al birrodado para empezar el entrenamiento para Atenas 2004.
* Editor de Política de LA REPUBLICA
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