Si no hay maestros calificados no hay dios de Internet que nos salve

La Asamblea Técnico Docente de Primaria puso el grito en el cielo porque entiende que introducir masivamente las computadoras en la escuela pública no es una prioridad.

Esos mecanismos secretos que tiene la sociedad uruguaya para ahogar en un instante una crítica se desataron furibundos.

Desafío al más avezado en materia de educación a que me convenza de que las herramientas son capaces de transformar los procesos educativos. No conozco un solo trabajo serio que me diga que los contenidos educativos sufrieron procesos de cambios sustanciales porque surgió la tiza, el borrador, el pizarrón, el cine, las diapositivas o el mimeógrafo.

Por lo poco que sé de la historia de la educación, los cambios en la enseñanza se produjeron por la influencia de la ideas y de la práctica educativa, que terminaron construyendo una materia como la pedagogía u otra como la didáctica.

Primero se produjeron los cambios ideológicos y después ­ o conjuntamente ­ aparecieron las herramientas y los instrumentos que ayudaron a concretar esos cambios.

No puedo descartar el papel que jugó la aparición del mapa como instrumento educativo, que tuvo más que ver con el comercio y las guerras, sin olvidarme que el hombre primitivo dibujó en algún lugar la casa de la hembra donde saciar sus sanos apetitos sexuales (las feministas me han dicho que ellas hacían lo mismo).

Tampoco desconocer que el pizarrón fue imprescindible para enseñar la geometría y la lectura de la escritura, aunque también hay que reconocer que su sola existencia no alcanzó para terminar con el analfabetismo. Mucho menos para aprender el Teorema de Pitágoras.

Soy de la época en que había unas máquinas negras (no recuerdo el nombre, pero me parecían mágicas) a las que se les introducía una fotografía que se reproducía en la pared del aula, mientras la maestra se desesperaba porque no tenía cortinas para impedir el ingreso de la luz, lo que imposibilitaba reconocer aquella imagen que se proyectaba en paredes húmedas que recogían el olor a pichí que venía del suelo, ese olor democratizador que solo se asimila por quienes fuimos a la escuela pública.

Luego vino el cine en la clase, donde por lo general recibíamos en blanco y negro información de la OEA que además de vendernos ideología nos explicaba todo el proceso del quiste hidático, al grado de que creo que en lo único que soy doctorado es en ese quiste y en parto sin dolor, por culpa del Gordo Sacchi, pero eso ocurrió siendo ya un adulto.

Más tarde se instalaron las diapositivas, los rotafolios y otra serie de porquerías, con las que cada maestro creía que entraba en la modernidad porque, gracias a los medios audiovisuales, las aulas se iban a iluminar de razón y de inteligencia.

Todo esto yo me lo creí. Al grado de que soy egresado del Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa (Ilce-Unesco), título que nunca nadie me preguntó si lo tenía. Quizás estaban en lo correcto, porque eso sirve de poco o nada (lo que más me preocupa es el MEC va a pedir asesoramiento del Ilce).

Hace muchos años me dijeron que mi madre fue una gran maestra. También dijeron lo mismo de mi abuelo, don Otto Niemann. A ninguno de ellos los escuché alguna vez preocupados por si tenían o no tiza para enseñar. Tomaban una hoja de un árbol y te enseñaban volumen, superficie, biología, cultura, historia, fisiología, botánica, matemáticas, geometría y hasta literatura.

Mi madre recién empezó a estudiar en el exilio psicología, pedagogía, didáctica, por primera vez se encontró con Piaget, Vigotsky y otros. Cuando me di cuenta de que esos encuentros la habían iluminado, le pregunté: ¿Por qué fueron maestros tan buenos si solo estudiaban matemáticas, ortografía y cocina? Su respuesta fue sencilla y no previamente meditada: «Porque el Uruguay te enseñaba».

Ese es el desafío: que Uruguay vuelva a enseñar a los maestros como en aquellos años de comienzos del siglo XX. Para ello los maestros tienen que tener recursos para ir al cine, al teatro, para comprar libros y participar de tertulias interminables en las que el pensamiento fluya con frescura.

Vuelvo al comienzo: bienvenidas las computadoras en cada banca de la escuela –bancas que siguen siendo de la época de José Pedro Varela–, porque serán herramientas provocadoras de nuevos pensamientos educativos. Pero la reforma de la enseñanza no está en la herramienta, sino que hay que ir a buscarla a la sociedad y al cuerpo educativo nacional, al que hay que despertar y pagarle bien (hablo de salarios), para ayudarlo a buscar un nuevo rumbo que no está en los misterios de Internet, sino que está en los misterios de la sociedad.

Internet va a ayudar, como ayudó el arado en la transformación de la agricultura, pero no vino a salvar nuestras mediocridades. Dicho todo con humildad. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje