Los efectos de un modelo económico inhumano

Un libro aparecido hace algunos meses, escrito por Jeffrey Sachs, una autoridad en cuestiones económicas, sobre la posibilidad de terminar con la pobreza en el planeta en un lapso no demasiado largo, resulta ilustrativo –más allá de las propuestas concretas para humanizar el capitalismo– de las brutales injusticias del sistema económico imperante.

Las cifras y datos actualizados que maneja el autor permiten aproximarnos a una realidad escandalosamente indecente que cuestiona severamente el modelo de desarrollo globalizado. Un modelo de desarrollo que el extinto pontífice Juan Pablo II había bautizado como «capitalismo salvaje» y que promovió el enriquecimiento desmesurado de unos pocos a expensas de la miseria de los más.

Al promover la libertad de mercado a ultranza, al fomentar la competencia feroz, el neoliberalismo produjo un individualismo descarnado esencialmente insolidario y arrojó a millones de seres humanos a la miseria y la exclusión. Víctimas de enfermedades curables o prevenibles, de la desnutrición y de la ignorancia, esos millones de individuos están condenados, ya desde la cuna, a vegetar, mientras los poderosos de la tierra aumentan su capital en una espiral perversa de reproducción del modelo.

Teniendo como referentes doctrinarios a Adam Smith, a la Escuela de Chicago, al Mont Pélerin y a los repetidores del pensamiento único, los economistas neoliberales preconizan el pragmatismo y el realismo como forma de inhibir todo pensamiento, propuesta, o iniciativa que suponga un cuestionamiento a los dogmas libremercadistas.

Pero volviendo a las cifras y datos contenidos en el libro de referencia, Jeffrey Sachs nos recuerda, por ejemplo, que más de ocho millones de personas mueren anualmente en todo el mundo «porque son demasiado pobres para sobrevivir». Esto representa cerca de 20 mil personas por día: ocho mil niños de malaria; cinco mil padres y madres de tuberculosis; más de siete mil adultos jóvenes de sida, «y varios miles de diarrea, infecciones respiratorias y otras enfermedades mortales que atacan a los cuerpos debilitados por el hambre crónica. Los pobres mueren en salas de hospital que carecen de medicamentos, en aldeas que carecen de mosquiteros para prevenir la malaria, en casas que carecen de agua potable. Mueren en el anonimato, sin que se haga pública su muerte». Son miles los seres humanos que diariamente deben luchar por la supervivencia y que son derrotados en su intento.

Mientras tanto, el gobierno del país más poderoso del planeta destinó durante 2005 450 millardos (miles de millones) de dólares a gastos militares con el pretexto de combatir el terrorismo; en cambio, para hacer frente a la situación de pobreza extrema que afecta a millones de hombres, niños y mujeres en los países del tercer mundo, los gastos dispuestos por la Casa Blanca ascienden a un trigésimo de los gastos militares: 15 millardos de dólares. Esta cifra representa un porcentaje minúsculo del producto nacional bruto: 15 centavos por cada cien dólares.

Por más que el autor se conmueva y se rebele contra estas injusticias, cierto es que no se plantea un modo de producción, un sistema económico distinto del capitalismo, que no se base en el individualismo y el libre mercado. Sin embargo, su propuesta apunta a suavizar, a moderar los extremos más irritantes del modelo e intenta demostrar que no es imposible lograr una distribución más justa de la riqueza que evite las realidades vergonzosas del tercer mundo subdesarrollado.

Tal vez Jeffrey Sachs peque de ingenuo; pero es importante que aparezcan voces de alerta dispuestas a denunciar las iniquidades más groseras de un modelo que sigue gozando de buena prensa.

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