¿Hacia un debate por el voto consular?

n grupo de ciudadanos uruguayos residentes en Paraguay planteó al presidente Jorge Batlle –en su reciente visita a la ciudad hermana– la sentida necesidad de que el gobierno instaurase de un vez el voto consular. Y acompañaron el petitorio señalando la contradicción que significa que no se permita el voto de los compatriotas en el extranjero y se castigue a los residentes que no concurren al acto eleccionario.

«Mediante el sufragio los ciudadanos electores coadyuvan en cuanto miembros de la comunidad política a su conexión con la organización jurídico-política del Estado, y por ende, a la integración funcional de toda la sociedad política», como pone en claro Maurice Hauriou.

Y prosigue: «El sufragio es la organización política del asentimiento, y al unísono del sentimiento de confianza y de adhesión de hombre a hombre».

De esto se les priva, sin razón ni derecho, a nuestros compatriotas que viven sus diferentes modos de diáspora. Pero que, atados al suelo patrio en forma directa por una noción existencial, e indirectamente por sus vínculos familiares y amistosos, sienten –y piensan– la necesidad y obligación de incidir en la orientación política de su país como deber propio y generacional.

Uruguay es de los pocos países en el planeta Tierra que no concede el derecho del voto consular. Y con ello efectúa un corte vivencial, jurídico y socio-político con sus hijos o ciudadanos que están en lejanía pero no ajenos.

El tema –o problema– lo es de urgente debate público. Aunque fuera un solo ciudadano, se impondría. Con más razón cuantitativa cuando son cientos de miles.

¿Quién recogerá finalmente el guante de semejante desafío?

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