La memoria que irrumpe

Estamos rodeados de hechos maravillosos, y a veces parece que no nos damos cuenta. Hace muchos, muchos años llegó a Montevideo teatro francés de primer nivel. ¿Saben ustedes que estuvieron en el Sodre (que ojalá pronto renazca plenamente) nada menos que Louis Jouvet y Jean-Louis Barrault? Uno de ellos hacía una obra de Jules Supervielle que creo se llamaba La bella durmiente del bosque ( La belle au bois dormant).

Los recuerdos están borrosos, pero sí recuerdo que el personaje entraba a escena diciendo: Yo bien sabía que aquí estaba pasando algo maravilloso ( je savais bien qu’il se passait ici quelque chose de merveilleux). Lo mismo nos sucede ahora a nosotros.

Pensaba esto cuando asistí el mediodía del miércoles en el atrio de la Intendencia a un acto evocativo fuera de serie. Revivió ante nuestros ojos la estatua de Gonzalito, «La niña y la paloma». Tuvo un segundo nacimiento. Y en presencia de la modelo, Corita, 53 años después. Entonces tenía 8 años, ahora 61, y leyó un poema suyo que evoca aquel tiempo pasado, en que el artista quiso simbolizar el anhelo de paz de la humanidad; y evoca también a su hermano Alvarito, dos años mayor, después músico y militante juvenil muerto por torturas, una de las primeras víctimas de la dictadura. Su padre, el gran educador Selmar Balbi, le envió en esa ocasión una carta a Bordaberry, un modelo de dolorida dignidad que el dictador nunca respondió, y que es otro de los crímenes por los cuales merece estar en cárcel central.

Como se sabe, la estatua de Armando González estaba emplazada desde marzo de 1965 en el sector infantil del Parque Rodó, por 21 y Bulevar. Veintidós años después fue robada y no se supo más nada. Pero he aquí que al lado del rancho de Gonzalito en la costanera del arroyo Malvín (que era un centro de reuniones, de actos y actividades militantes) vivía la familia Cedrés, que en la época de la dictadura encontró entre las malezas el molde en yeso de la escultura y lo puso a buen recaudo. A partir del año pasado, por iniciativa de la IMM, personas con oficio, sabiduría, conciencia y voluntad obraron el milagro, que se reveló cuando Ehrlich, Mauricio Rosenkov, Corita y el escultor Podestá (que nos trasmitieron sus emociones en el acto) descubrieron la estatua fundida en bronce y le entregaron la bandera a la niña modelo de ayer. La estatua empieza su segunda vida. Allí quedó, en el atrio. No sé dónde la emplazarán.

El rancho de Gonzalito, por la costanera del arroyo Malvín, era no solo un centro de actividades múltiples y de asados generosamente abierto a todo el mundo, también de enconados partidos de voleibol domingueros, sino una referencia geográfica para los visitantes de la zona, sobre todo desde que allí quedó emplazado el yeso del monumento ecuestre a Artigas.

Gonzalito había ganado por concurso el derecho a hacer el monumento, pero la obra sufrió varias postergaciones y hubo que votar leyes especiales para conseguir los recursos. Después de múltiples vicisitudes y trapisondas de la dictadura, la estatua fue finalmente emplazada en la capital del departamento norteño.

Sobre todos estos aspectos el doctor Nicolás Grab podría escribir un libro. Recordamos cuando Neruda visitó el taller donde se estaba fundiendo la estatua, y aconsejaba que no se emplazara a demasiada altura, para que los niños pudieran jugar entre las patas de los caballos. Sobre esto hay una foto, ya veremos de quién, de la que hablaremos al final.

Después del golpe, Gonzalito se asiló en la Embajada de México, junto a un montón de uruguayos, familias enteras con sus niños, albergados por la hospitalidad del entrañable embajador don Vicente Muñiz Arroyo. Le hizo una escultura, y otra a Ruben Yáñez, quien me contaba que ésta transitó por varios locales para desaparecer sin dejar rastros. Durante el exilio hizo la escultura de Rodney Arismendi, que hoy está emplazada en la plaza que lleva su nombre a la entrada del Cerro. Después coexistimos con él en México fraterno, donde disfrutaba con los tacos al por mayor y sus buenos tequilazos.

Más adelante se le fijó como destino Bulgaria (no Sofía, sino Plovdiv), junto con Hernán Píriz, un periodista profesional de fuste que introdujo a muchos de nosotros en los secretos del oficio cuando salió El Popular.

Allí siguió Gonzalito en sus trabajos, también en los aspectos urbanísticos, embelleciendo plazas de la ciudad. Yo lo veía por lo menos una vez por año cuando se reunía el Comité Central del PCU con Rodney Arismendi en Moscú. La muerte lo sorprendió en Bulgaria, en medio del trabajo, en el año 1981.

Tenía pensado titular esta nota: «Gonzalito, Corita, la niña y la paloma», pero cambié por el giro final de la alocución del intendente, quien vinculó este hecho al rescate de los rollos de fotografías de Aurelio González.

En ambos casos, dijo, es la memoria que irrumpe. Esto me tocó muy de cerca, porque acababa de leer el libro-reportaje de María Esther Gilio.

La memoria irrumpe, remodela el presente. No hay olvido, hay sí un renacimiento. Y ahora vuelvo a la foto. La estatua quedó en el atrio, entrando a la derecha, y en la pared, al lado, está la foto alta, de gran tamaño, de Gonzalito en plena labor, cincel en mano. Atrás, el yeso de la cabeza de Artigas, impregnada de nobleza. Gonzalito le explicaba a Neruda que el rostro tenía dos partes diferenciadas: una representa al guerrero, la otra el estadista, que vinculaba sobre todo a las Instrucciones. La foto es del gallego Aurelio. *

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