Vidrios rotos en Praga

23 de setiembre: "La hora de todos y la fortuna con seso"

«Tantos goliats para tan pocos davides»

Las manifestaciones de protesta realizadas en Praga, de una magnitud inesperada, han dado lugar, en casi todas partes, a una serie de comentarios interesantes.

En cierto sentido, se puede concluir que el propósito de las entidades organizadoras de la protesta contra el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se cumplió y que las demostraciones de repudio consiguieron instalar en el centro de la atención y el debate internacional la cuestión de la impugnación a las coordenadas en que se mueven esos organismos.

Es cierto que, como se señala en un artículo publicado ayer en las páginas editoriales de El País de Madrid, «hay demasiados intereses en desvirtuar los contenidos de la crítica a esta forma de globalización».

En la nota, el experto español Joaquín Estefanía transcribe largamente un documento de excepcional interés.

Se trata, como dice el español, «de cuña de la misma madera». Vale decir, rotundas afirmaciones críticas que provienen de un flamante ex economista jefe del Banco Mundial, Joseph Stiglitz.

En un artículo titulado «Información confidencial: Lo que aprendí de la crisis económica mundial», Stiglitz sostiene: «Dirán que el FMI es arrogante. Dirán que el FMI no escucha realmente a los países en vías de desarrollo a los que supone tiene que ayudar. Dirán que el FMI es hermético y ajeno a la responsabilidad democrática. Dirán que los remedios económicos del FMI a menudo empeoran las cosas y convierten los enfriamientos en recesiones y las recesiones en depresiones. Y tendrán razón. En teoría, el FMI apoya a las instituciones democráticas de los países a los que ayuda. En la práctica, socava el proceso democrático al imponer su política.

Oficialmente, continúa Stiglitz, por supuesto, el FMI no impone nada. Negocia las condiciones para recibir su ayuda. (…) Desde el final de la guerra fría, la gente encargada de difundir el evangelio del mercado por los rincones remotos del planeta ha adquirido un poder tremendo.

En una acertada proposición, Estefanía apunta: El eslogan «contra la globalización», sin matices, implica su contrario: a favor de un paradigma alternativo autárquico, cerrado. Significa volver al pasado, no aprovechar lo mejor del progreso.

La globalización, tal como está concebida hoy, se caracteriza por una libertad absoluta de los capitales para moverse de un sitio a otro: libertad bastante amplia de bienes y mercancías, y restricciones a los movimientos de personas.

Se trata no de estar contra la globalización sino de completarla, regularla: gobernarla.

En definitiva, que los poderes políticos mundiales, democráticamente elegidos, gobiernen a los poderes económicos en bien del interés general».

Dejada correr a su antojo, la globalización no ha hecho sino aumentar de manera escandalosa las desigualdades en el mundo.

¿De qué manera estas desigualdades crecientes afectan a la democracia?

En la medida que la desigualdad deshace el pacto social –explícito o implícito– en virtud del cual se establece y se mantiene el orden cívico, nacional e internacional.

Como apunta el profesor Luis de Sebastián, «si la obediencia del pobre a las normas hace que otros se enriquezcan con ellas, concluirá con razón:

¡al diablo con las normas!».

He aquí la lógica de la subversión a la autoridad, de la anomia y eventualmente del caos. Pero este caos se trata de evitar, no yendo a las raíces de la injusticia y la desigualdad que lo alimentan, sino tratando de separar físicamente y funcionalmente a los pobres de los ricos, con planificación urbana, segmentación de mercados, diversidad de contratos laborales, y en última instancia más policía y nuevas cárceles».

Una arista de la situación que vale la pena rescatar es la constatación de los elementos críticos que transmiten los propios titulares de los organismo internacionales, como James Wolfensohn (BM) y Horst Kohler (FMI), que se han puesto a insistir con la dimensión social de las políticas económicas.

En fin, el debate cobra una amplitud nueva. Los grupos que denuncian a la globalización están logrando colocar en el debate fórmulas que hace unos años parecían inauditas herejías, como la Tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras destinado a crear recursos para combatir la pobreza y las desigualdades y, a la vez, ponerle freno al inestable «casino» de los mercados financieros.

Los desórdenes, algunos vidrios rotos y el apuro con que algunos gobernantes tuvieron que hacer las valijas y viajar es lo anecdótico.

La cuestión de fondo, y duradera, es el debate acerca de cómo gobernar la globalización.

Pablo Otero Visca

El Presidente de la República puede, desde el 23 de setiembre, lucir medallas nuevas en su pecho; que desde el interior harán gloria ante sus vecinos. Los compatriotas que se congregaron ante la convocatoria gaucha que vino a «sitiar» Montevideo podrán satisfacerse en el futuro de una reunión del pueblo conciliado. Y las personalidades que ejercen el poder político tendrán, a partir de ese hecho, una nueva y fecunda responsabilidad que surge vigorosa o los sumerge en una diáspora in situ.

Es indudable que el doctor Batlle salió fortalecido por la concentración multitudinaria que aconteció en la convocatoria. Hacia dentro y hacia fuera del país, es un gobernante que pudo saludar –porque lo saludaron– a todo un pueblo. Que esto fue lo acontecido pues a los «gauchos» que vinieron a sitiar les correspondieron con alegría y convivencia los sitiados.

Medallas para exhibir en el Mercosur y blasones de la patria a guardar in pectore para mejor proveer.

El pueblo uruguayo tuvo su reunión. De muy largo trasladada, la ocasión de esperanza que significó el «río del Obelisco», se dio a propósito del jefe de la nación, el general Artigas, que fue mencionado, proclamado, ensalzado y situado como eje de la vida social y política de su y nuestra patria.

En redor de su figura y en silencio culposo de sus ideas claves, nos reunimos.

Y es de buen orden recordar que desde los lutos trágicos que acompañaron al joven inocente Líber Arce, pasando por la convocatoria de afirmación del Obelisco, nunca hubo una manifestación de unidad ciudadana como la que dio lugar la convocatoria por el padre de la patria.

Es materia de salud humana el reconocimiento generacional. Y es materia de avance histórico.

Así se hizo, y así debiera ser de tanto en tanto. Adecuando el ritmo según necesidades expresas en el espíritu colectivo.

En resumen, sobre este punto: que el pueblo se reunió, que lo hizo por un convocatoria que llamaba desde los orígenes de su relacionamiento interno y con el mundo, y que también lo hizo con la colaboración esencial de los hijos más comprometidos de esa patria legada y por décadas denegada.

Este acontecimiento sucedió en momentos de aguda crisis económica que aborda, de mala manera, los costados más débiles de nuestra sociedad. Se nos van acollarados miles y miles de compatriotas que han perdido fe y esperanza. Esa pequeña gran virtud se les ha escapado con el aliento a muchos, y aquellos que van quedando no son ajenos al contagio. El «sitio», símbolo y reserva real para los que quedan, es suficiente para salvar lo que la nueva diáspora considera perdido.

El tiempo, gentil cómplice, siempre reserva una ocasión a lo posible. Es la hora de todos, o la oportunidad pasa y deja su secuela de desencanto e irresponsabilidades, casi traiciones. Quienes recuerdan el río humano del Obelisco que mencionamos, recuerdan el engaño posterior del que fueron objet
o.

La Conapro, promesa convocante que inflamó de inteligencia y creatividad vital a los compatriotas de la época, fue abortada. Y uno de sus gestores principales tuvo el coraje ciego y neutro de confesar que su consistencia sólo consistía en una idea dinamizadora sin sustento ni posibilidad real.

Ahora parece llegada una nueva ocasión, el instante histórico es susceptible de permitir un cambio cualitativo.

Nada tan ilustrativo para señalarlo –nombrarlo– que el título de la fantasía moral de don Francisco de Quevedo: «La hora de todos y la Fortuna con Seso».

Que sí: es hora de todos y de usar los sesos con fortuna. Sin dejarse llevar por las palabras del «Hablador plenario»: «Un hablador plenario, que lo que le sobra de palabras, a dos leguas pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su barrio, desatada la tarabilla en diluvios de conversación».

Ni palabras ni promesas; la hora se hace a partir de la convicción de su oportunidad. Y se hace con sesos, corazón y voluntad.

Y el que la pierde se pierde, y pierde en el abandono a quienes tienen la responsabilidad de representar y conducir.

 

* Periodista

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