Cores, una pérdida irreparable
A sus deudos, allegados, familia, amigos, correligionarios: disculpas por no expresar antes mis respetos a vuestro dolor.
La muerte del emblemático dirigente pevepiano me produjo gran impotencia. Es que Uruguay necesita muchos Hugos Cores y solo teníamos uno que ya no está.
El desánimo y hasta una especie de rabia me silenciaron. Creí que él no podía dejarnos en estos momentos, no debía.
La exigencia es demasiada o eso parece, máxime cuando un baluarte sale del frente de batalla. Se fue y es insustituible y necesario, y esta no es una elemental frase de despedida. Nadie decía las cosas que él decía y como él las decía.
Su claridad de pensamientos, la experiencia fraguada en dolores propios y ajenos nunca cicatrizados aplicada en cada tramo de su combate contra la represión; el de antes y el actual; fueron, son y serán, luminarias en el tránsito hacia recuperar la verdad y la justicia en Uruguay.
Más que admirable en su capacidad de hacerse entender, Cores era un traductor del pueblo.
Nos veremos obligados a reinterpretar cada uno de sus textos y de sus palabras, a escudriñar el espíritu de sus decires para aplicarlos con fidelidad, a la vorágine política y social que nos abruma con fulminante realidad.
Estuvimos cerca de él en marchas del silencio, últimamente en las instancias pro anulación de la Ley de Caducidad y cuando la carpa de Fucvam en el 2004, compartimos tribunal y fuimos panel en el programa de Alberto Silva en TV LIBRE. Recuerdo que intercambiando bromas le dijo a mi esposo ese día refiriéndose a mí: «dejala hablar».
Increíblemente él sabía que tenía algo para decir. Le hice caso, Profesor.
Pero el otro día su partida así, tan abrupta, distorsionó las estructuras.
Dice el senador Mujica que cuando mueran todos los protagonistas se acabará el problema de las pasadas de factura por las consecuencias de la maldita dictadura cívico-militar. ¡Es que los mártires renacen! Con cada adiós a un grande de este lado de la frontera verdean los ideales, florecen brotes de esperanza y redobla el esfuerzo por llegar.
¿Abandonar esto de anular la ley de impunidad, de que aparezcan los desaparecidos o de que se juzgue a los criminales del proceso? Entonces fenecería el esfuerzo de tantos compañeros. Y en honor de los idos gloriosos, dignificaremos nuestra uruguaya existencia haciendo más sincero y democrático el país que soñamos sin exclusiones. Las enseñanzas no desaparecerán, todo lo contrario: cobrarán bríos de sangre nueva en cada soldado popular que tome la bandera.
Usted merecía descansar, Don Hugo, sin dudas; por eso la paz lo llamó a su cuna eterna. Tranquilo: unos cuantos habrá que tomen la posta en el camino por andar.
Su inquebrantable lucha por la victoria del pueblo vuelve en este instante para decirme otra vez que no deje de hablar.
Hasta siempre. *
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