Disparates del nomenclátor Montevideano

Hace unos días se supo de la iniciativa de bautizar una vía de tránsito con el nombre de Hugo Batalla.

Aclaremos antes para nada está en nuestro ánimo cuestionar la figura de ese querible dirigente político. Más allá de sus vaivenes, vacilaciones, contradicciones o imprevistos cambios de rumbo, aparece siempre una imagen de hombre intachable que mereció y sigue mereciendo nuestro respeto.

Pero no es de «El Hugo» que nos proponemos hablar, sino de los caóticos y muchas veces caprichosos criterios con que se ha ido modificando el nomenclátor montevideano.

En primer lugar, hay que señalar la manía de poner nombres propios (supuestamente de prohombres de la patria y de la Historia) sustituyendo los tradicionales –impuestos por la costumbre de los vecinos–, en un inexplicable abandono de nombres comunes que hacían referencia a condiciones características del lugar y que contenían una cierta cuota de poética nostalgia. El argumento de que somos una nación joven que carece de tradiciones pudo haber servido hace tiempo, pero ya no. Ahora estamos en condiciones de mantener los nombres de calles, plazas y espacios como manera de afirmar la identidad de la ciudad.

Nadie pretende que se vuelva a llamar Parque Urbano al Parque Rodó, desde luego que no. Pero para terminar con una flagrante iniquidad, bien podríamos volver a designar Goes a la avenida General Flores, por ejemplo. Porque además de la manía de cambiar nombres que obedece a la ligereza y a los compromisos, están las notorias injusticias que ostenta el nomenclátor, que homenajea a personajes seriamente cuestionados de nuestra historia.

Los sucesivos gobiernos comunales se han conducido con una suerte de novelería frívola o tal vez se han visto muchas veces obligados a ceder a las presiones de ciertos grupos, aceptando compromisos, tratando de contemporizar y de contentar a todos los sectores. Aparentemente se ha internalizado la idea de que los muertos son todos buenos, como si la muerte tuviera la virtud de transformar a personas mediocres –cuando no definitivamente malas– en dignas de que su nombre figure en la chapa de alguna calle. Ya lo había advertido Georges Brassens, el gran trovador francés: «Siempre perdonamos a quienes nos ofendieron; los muertos son todos buenos tipos», dice en una de sus canciones.

Es así que, casi sin excepción, a medida que van desapareciendo, los dirigentes políticos pasan automáticamente a pervivir en alguna calle, sin que la Junta exhiba pudor alguno al desplazar el arraigado antiguo nombre. Y lo peor quizá sea que ese recurso (homenajear a un extinto dirigente por medio de poner su nombre a una calle) en modo alguno ayuda al homenajeado a ingresar en la memoria colectiva. Es harto difícil que los vecinos de la calle Andrés Martínez Trueba, por ejemplo, sepan quién fue este personaje que mereció el honor de ser recordado de esa forma, o que recuerden al efímero Presidente de la República y primer presidente del Consejo Nacional de Gobierno. No hay que dejarse llevar por el impacto emocional que significa la muerte de un correligionario, y salir corriendo a proponer su triunfal ingreso al nomenclátor.

No es conveniente apurarse en este menester de incorporar nombres de dirigentes políticos a calles y avenidas, pues el juicio de la historia –poco tiempo después– se ocupa de dar a los hombres públicos su justo valor. Y puede ocurrir que nos encontremos con un buen número de personajes ignotos o intrascendentes, injustamente honrados en calles, plazas y espacios públicos.

Por otra parte, hay innumerables espacios urbanos y vías de tránsito individualizadas como «Oficial» que podrían perfectamente bien aprovecharse para esos pequeños homenajes, y dejar a salvo el nombre de arterias más importantes.

Es obvio que la comuna enfrenta problemas de mucho mayor trascendencia, pero el nomenclátor merece una revisión profunda, y fundamentalmente, es imprescindible rever los criterios con que las autoridades se han manejado hasta hoy.

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