Papá Noel, la Virgen de los Treinta y Tres y el tambor
Un titular del diario El País dijo: «Peregrinación de la Virgen de los Treinta y Tres, Patrona del Uruguay.» De entrada aclaro que soy uruguaya y patrona mía no es, aunque la concepción religiosa que la venera me inspire gran respeto igual que todas.
Aquellos hombres tal vez respaldaron su gesta patriótica de 1825 en la fe cristiana. No significa que deba involucrarse al país con una religión, siendo por Ley Fundamental, poseedores de un Estado aconfesional, expresado esto claramente en el artículo quinto de la Constitución de la República donde además es consagrado el respeto a la libertad de cultos. Tal vez se alude a «defensora». Pues bien; si en su momento el hecho fue parte de la historia, que siga siéndolo. Actualmente Uruguay no tiene dueños. ¿O sí? El poder radica en la nación soberana y ésta lo ejerce como puede a través del Estado. Entonces patrones, nones.
Sin embargo así se enseña en las algunas escuelas católicas. Doy fe porque tuve en mis manos un cuaderno de segundo año de primaria del Colegio Sagrada Familia de Malvín. ¿Esto no es violación a la laicidad? Los que tanto se preocupan por la enseñanza de la historia reciente, aquí tienen hechos peligrosamente censurables sobre los cuales no se hace alharaca. Trasmitir valores contrarios a las leyes a través de la educación básica es ilegal y en este caso, una burda falacia. Con tales parámetros deberíamos proclamar que Yemanjá -Orixá africana- es la Madre del Uruguay, pues no hay fiesta de mayor convocatoria masiva y espontánea. Cada dos de febrero es atracción de turismo internacional. La visible representatividad popular de la conocida «virgen del mar», nos habilitaría a llamarla al menos Patrona de Montevideo. Esto ofendería a creyentes uruguayos de otras confesiones. ¿Por qué lo hacen algunos católicos? Todavía soportamos cadenas y cepos invisibles y somos presos sin barrotes en cárceles ideológicas. Esto no es contra la virgen, me libre el Dios negro. Es que si una, todas. Y si no, ninguna.
Los aborígenes nuestros y los de Africa que adquirieron con su sangre esclava derecho sobre estas tierras, rendían culto a la Naturaleza, y es simplemente justo que reivindiquemos sus creencias al mismo nivel que las europeas. Conforme se estudian los dioses greco-romanos sería importante conocer la mitología vernácula. Es necesario brindar información sobre sus formas de vida, fe, sistema de valores, costumbres, y tantas peculiaridades típicas de las poblaciones dominadas y quasi exterminadas. De lo contrario desaparecerán, y con ellas, parte sustancial de nuestra identidad como nación.
Esto también tiene que ver con el dos veces Presidente Hugo Chávez y su polémica decisión de prohibir emblemas norteamericanos de Navidad en lugares públicos. Son inocentes Santa Claus y los arbolitos con nieve, pero la realidad es que se loa lo extraño en tanto se desvaloriza lo autóctono. Al no incentivarlo se perderá irreversiblemente, y hablamos nada menos que de riqueza inmaterial o patrimonio intangible. El gobierno venezolano desea que los motivos navideños estén inspirados en las usanzas locales. ¿Minimizaremos ese gesto a una simple actitud antiimperialista? Es algo mucho más profundo. Similar sentimiento inspira seguramente a Evo Morales en Bolivia a recibir a los presidentes del mundo con un rito chamánico de bendición colectiva.
No deseo erradicar los festejos acostumbrados, aunque costumbre de quién sería la pregunta. Porque las veneraciones de matriz occidental nos las inculcaron a la fuerza en la «conquista» y hasta nuestros días. El trono y el altar siguen unidos y existen monopolios económico-espirituales. La imposición de la cultura dominante y sus protocolos, es factor determinante en la realidad cotidiana.
El punto estaría en recuperar -ese sería nuestro verdadero gran descubrimiento- los usos propios donde se encuentren, hablando del acervo afroindígena fundamentalmente. Si cada pueblo posee sus tradiciones y aquí hubo grupos humanos nativos, ¿Quién decretó que lo nuestro era trapo y lo de ellos bandera?
En Venezuela, el presupuesto invertido en cultura -incrementado significativamente con el chavismo- está abocado al fomento intensivo de la diversidad cultural existente en su población. Esta actitud digna de imitación, además de preservar los orígenes étnicos, tiene una meta económica y social sustancial; contrarestar el avance de potencias comerciales hegemónicas que pugnan por continuar imponiendo sus mercaderías culturales en la plaza mundial sin controles, vendiendo modelos de vida a través de sus productos (filmes, música, literatura, etc) y hasta el instinto de consumir por consumir.
Es necesario incentivar el reencuentro de la identidad de los pueblos relacionada al desarrollo sustentable, para lo cual es factor ineludible la convivencia respetuosa e igualitaria, sin avasallamientos de unos sobre los otros. No es un factor menor sino central. En Uruguay, el concepto ético «diversidad cultural» y su alcance sustantivo, tímidamente asoma a nivel de gobierno en el área municipal, no habiéndose ratificado aún la Convención que protege las diferentes culturas, votada hace más de un año por 148 países en Conferencia General de Unesco, excepto EEUU e Israel.
La importancia de las expresiones multiculturales las vivía en nuestra Banda Oriental Don José Artigas, que abandonó su aristocrática posición por la igualdad de los excluidos: los temidos «hombres sueltos», negros e indios, lucharon junto al prócer por la libertad en los albores de la patria.
La trascendencia de promover la diversidad cultural, la desconocen aún aparentemente ciertas autoridades de Gobierno local con su no presencia el Día del Candombe, patrimonio originalísimo y festejo nacido en medio del pecho de los uruguayos.
Axé -bendiciones- para sus intérpretes y reverencias al tambor en su llamada de energías tribales fuertemente telúricas y ancestrales, que nos impulsan a seguir sonriéndole a la vida. Más que ritmo y danza, el Candombe representa el corazón de nuestro pueblo latiendo en vibraciones de amor por lo que somos. *
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