Más y mejor Mercosur
Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera», enseñaba José Hernández a través de Martín Fierro. La consigna ha adquirido hoy una vigencia especial merced a la coyuntura que vivimos argentinos y uruguayos con motivo del diferendo por la planta de celulosa que se construye en Fray Bentos.
Después del fracaso del intento de ALCA de EEUU en Mar del Plata, la estrategia del imperio apunta a meter cuñas en las grietas, por pequeñas que sean, que inevitablemente aparecen en la unidad latinoamericana que trabajosamente está forjándose. No hay dudas de que en la Casa Blanca celebran viendo cómo el Mercosur se debilita. La viejísima consigna divide et impera demuestra su inapelable vigencia. El conflicto absurdo que nos enfrenta con los argentinos –desatado y abonado por el fundamentalismo ecologista de ONG como Green Peace– cae como anillo al dedo para los propósitos imperiales. No olvidemos que Martín Fierro concluye su consejo diciendo que si los hermanos no se mantienen unidos, «los devoran los de ajuera».
Ahora bien, esto, que puede ser comprendido sin dificultad por cualquiera que esté medianamente informado, no parece serlo por los encargados de llevar a cabo la tarea unificadora en América Latina, esto es, los gobernantes. Una mezcla de miopía y ambiciones mezquinas se encarga de echar por la borda (o al menos, diferir) la concreción del sueño de la Patria Grande.
Recordemos que este conflicto por las plantas de celulosa, si bien ha adquirido dimensiones desmesuradas y ha trascendido fronteras, no es el primero que se plantea entre naciones del Mercosur. Primero fueron las bicicletas uruguayas que encontraron dificultades para ingresar a Argentina; después, las movilizaciones de cultivadores brasileños que impidieron la entrada de arroz uruguayo; sin olvidar las diferencias entre los dos colosos, diferencias aún no subsanadas.
Volviendo al sabio consejo que Martín Fierro da a sus hijos, nadie puede dudar de su pertinencia. No obstante, hay circunstancias en que las apelaciones a la unidad de los hermanos a cualquier precio pueden resultar peligrosas; sobre todo cuando, en aras de esa unión fraterna el hermano débil debe resignar aspiraciones legítimas frente al hermano mayor.
Y lo alarmante es que en este Mercosur tenemos no uno sino dos hermanos mayores que se disputan el liderazgo pero no vacilan en unirse para perjudicar a uno de los menores. Hay antecedentes históricos al respecto. Allá por los años sesenta del siglo XIX, la Confederación Argentina y el Imperio del Brasil la emprendieron contra el Paraguay de López, el país más próspero de Sudamérica.
En aquel entonces, las dos superpotencias disfrazaron su cruzada imperialista mediante la participación uruguaya en la infamia. Merced a la actitud detestable de Flores (que no vaciló en pedir ayuda a Mitre y a Pedro para derrocar al legítimo gobierno de Berro, ayuda que hubimos de pagar con nuestra participación en la alianza de los dos grandes, con lo que ésta se transformó en Triple Alianza), los dos colosos obtuvieron el apoyo uruguayo para lanzarse contra el pequeño país desarrollado para subdesarrollarlo definitivamente.
Han transcurrilo 140 años de la infamia y los colosos sudamericanos parecen no estar dispuestos a tolerar la presencia próxima de un Estado que pretende crecer y desarrollarse.
Entonces, sin perder de vista el objetivo de la unidad latinoamericana y la defensa del Mercosur, cabe preguntarse por qué tiene que ceder el más débil. ¿Tenemos que renunciar a que Botnia se instale en Fray Bentos para salvar la unidad mercosuriana? ¿Para que no «nos devoren los de ajuera» debemos dejar que nos devoren los de adentro, es decir los hermanos mayores?
Los dos grandes deberían demostrar su grandeza dejando de lado intereses mezquinos y tratando de limar las asimetrías. *
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