El Reino de Trapisonda

La anécdota. Corrían los años sesenta. Dos multinacionales, una francesa y otra norteamericana, se disputaban una licitación de grandes equipos procesadores.

Presidía el Directorio del BSE don Nelson Verderosa. En la última reunión antes de su licencia se había optado por una de las ofertas. Para su sorpresa, al regresar, encontraría aprobada la opción contraria. Es en esas circuntancias que nuestro hombre, conocedor de las mañas de que se valen poderosos negociadores, y de la natualeza humana, golpea la mesa y los lancea con la pregunta: «¿Quién se llevó el diez por ciento?» Por supuesto que tuvo la callada por respuesta.

El dar la callada por respueta es la actitud típica de los corruptos cuando los asuntos se plantean frontalmente. Nunca vamos a tener respuesta a preguntas como «¿Quién se guardó el diezmo?» o «¿quién manda en el Banco de Seguros?»

Luego vinieron tiempos de decadencia. Ser amigo del proceso o militar era mérito suficiente para integrar el Directorio. Más tarde, en tiempos democráticos, convertido en guardería de perdedores, fue víctima de los desmanes de la banda de Greno y compañía.

Sobrevivir en estas circuntacias es difícil para los funcionarios cuyas carreras dependen de sus superiores. Ser rutinario es una estrategia de sobrevivencia que permite sobrellevar la vida aliviado, cruzar el purgatorio de las responsabilidades y llegar al paraíso jubilatorio con honores, pero más que nada, salir vivos, a salvo del infarto. Lo que personalmente es un éxito, desde el punto de vista del pueblo uruguayo –sus accionistas– constituye una traición.

Cuando el paradigma es el éxito personal, no alcanza con una buena jubilación, por lo que no está mal llevarse un disco duro con clientes y negocios, para traerse su propia representación o mercarse a la competencia, es la lógica del «hacé la tuya».

Los nacionalistas hablamos de entrega, cuando se malbarata el patrimonio nacional. O, cerrado el paso a las privatizaciones de las empresas públicas, los entreguistas optaron por su desmembramiento. Espinillar y Alcoholes de Ancap, las tercerizaciones en UTE, Antel, OSE, al saqueo del BHU. El abandono a la desidia burocrática del Banco de Seguros del Estado.

Una forma de trabajar para la competencia es volverse incompetente en algunas áreas de negocios. Desmantelando sus equipos de ventas especializados, arruinando a sus profesionales. Prohibiendo a sus agentes privados, a sus proveedores de clientes, concretar negocios donde se cuenta con claras ventajas frente a la competencia. Cuando el gremio de corredores logra finalmente torcerle el brazo a la Ley 17.829 (18/09/04), introduciendo una enmienda en la Rendición de Cuentas, art. 7 de la Ley 17.940, tras dos años de gestiones a todos los niveles, la administración se hace la distraída, deja transcurrir el tiempo para que otros tomen la iniciativa. El abandono por parte del Banco de uno de los «nichos de mercado» que había llevado decenios, es hoy un acto de sabotaje consumado y sin embargo, parece merecer «la callada por respuesta». Entonces es claro, es ineludible preguntarse: «¿Quién manda en el reino de Trapisonda?»

Hace decenios que los socios del Mercosur han entrado en el mercado uruguayo de seguros generales y de vida. En tanto, el Banco de Seguros ha sido incapaz de salir a la región a captar el ahorro de los vecinos. Un ejército, más de 1.500 funcionarios y cientos de colaboradores privados, decretada su derrota por mandos claudicantes, se abandonó el campo sin pelear por el país.

El Estado está anémico, no sabe cómo captar y radicar el ahorro interno. Adaptado durante decenios a vivir de la mendicidad internacional, u ofreciendo papeles con tasas de usura a los especuladores de todas las plazas financieras, se queja del Mercosur como un mendigo en la puerta de un banco. El Banco de Seguros es el instrumento más idóneo para la captación de ahorro en el país y en la región. La felonía y la «burrocracia» lo tienen postrado. Es necesario insertarlo en el proyecto global de país inteligentemente integrado a la región.

Ahora bien, a todas luces es mejor pasar por tontos que por corruptos, y por ahí el silencio ante las preguntas obvias: ¿En el reino de Trapisonda, quién manda? *

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