Pinochet, Nixon y Kissinger
vamos a festejarloa no volvernosflojosa no olvidar que éstees un muerto de mierda
MARIO BENEDETTI
Obituario con hurras
NADIE DUDA de que en el golpe de Estado de Pinochet del 11 de setiembre de 1973 y el asesinato del presidente Salvador Allende estuvo involucrado hasta los tuétanos el gobierno de Estados Unidos, concretamente el presidente Richard Nixon («tricky Dick», el tramposo), su consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, y todo el aparato de la CIA, de arriba abajo, en uno de sus operativos mayores. A las evidencias múltiples acumuladas en ese sentido, puede agregarse la investigación realizada por el mismo Senado estadounidense en 1975, cuyas conclusiones fueron confirmadas posteriormente mediante documentos desclasificados de la CIA (algunos) sobre sus acciones encubiertas en Chile antes, durante y después del golpe. Incluso ha podido verse en estos días en la CNN el momento en que Nixon pronuncia el «turn him off» (voltéenlo) ,referido a Allende, y la primera visita de Kissinger al dictador. Yo estaba en aquellos días en Santiago y recuerdo dos hechos: que en la madrugada del 11 de setiembre naves de la flota de EEUU estaban en la rada de Valparaíso para efectuar operaciones conjuntas con la marina chilena, y que ésta salió mar afuera pero regresó enseguida para plegarse al golpe; y que al producirse en la mañana del 11 los bombardeos en picada sobre La Moneda, que presencié desde la plaza de enfrente (donde hoy está el monumento a Allende), corría la voz de que los pilotos de los Hawker Hunter eran yankis.
También pude apreciar la magnitud del paro salvaje de los camioneros, que provocaron el desabastecimiento de todo Chile, de norte a sur. Este paro fue organizado con el concurso directo de la CIA. Se les pagaba a los camioneros por estar paralizados más de lo que percibían por su trabajo habitual.
En suma: fue el golpe de Nixon y Kissinger, de la ITT (International Telephone and Telegraph, con grandes inversiones en el país) y de la Braden Copper, la compañía norteamericana del cobre. En esos tiempos el Consejo de Seguridad Nacional presidido por Kissinger se reunió varias veces para ajustar los detalles del golpe.
Lucen un tanto ingenuos los senadores chilenos que ante la muerte de Pinochet reclaman un mea culpa del gobierno de Estados Unidos. Este salió del paso con una frase de circunstancias, aludiendo a «uno de los períodos más difíciles de la historia de Chile». Pero allí están, indelebles, sus huellas digitales.
Su participación en el golpe chileno forma parte de la contraofensiva del imperio del norte en América Latina a lo largo de la posguerra, una historia de intervenciones militares y golpes de Estado sucesivos. En Guatemala la CIA organizó, financió y armó las tropas de Castillo Armas que derrocaron en 1954 el régimen democrático del coronel Jacobo Arbenz, que se había atrevido a afectar el monopolio de la United Fruit. América Latina ingresó a un nuevo período histórico con el triunfo de la revolución cubana del 1º de enero de 1959 y su rápido pasaje a la etapa socialista, y los Estados Unidos fracasaron en el intento de destruirla con la invasión de Playa Girón. Pero el 31 de marzo de 1964 derrocaron el gobierno democrático de Jango Goulart en lo que fue justamente calificado como «el golpe de Lincoln Gordon», por el nombre del embajador norteamericano en Brasil, lo que abrió un dilatado período de dictaduras militares. En 1965, 35 mil marines invadieron la República Dominicana para impedir que se restableciera el gobierno democrático de Juan Bosch, y situaron en el gobierno a los sucesores de la dictadura trujillista. Precedido por el golpe uruguayo del 27 de junio de 1973, el de Chile prolonga la serie, con algunas características específicas.
Allende ganó la presidencia como abanderado de la Unidad Popular en setiembre de 1970, y de inmediato se puso en marcha la gran conspiración para impedir que asumiera, lo que estuvo marcado por el asesinato del comandante en jefe del ejército, general René Schneider. El gobierno echó a andar, se logró la nacionalización del cobre y otras medidas avanzadas. En las legislativas de febrero 1971 la Unidad Popular se afianzó. En su primer mensaje al Congreso Pleno, Allende dijo: «Chile se encuentra ante la necesidad de iniciar una manera nueva de construir la sociedad socialista: la vía revolucionaria nuestra, la vía pluralista, anticipada por los clásicos del marxismo, pero jamás concretada. Chile es hoy la primera nación de la tierra llamada a conformar el segundo modelo de transición a la sociedad socialista». Era la primera vez que se llegaba al gobierno por una elección clásica. Esta es precisamente la experiencia que se quebró con el golpe de Estado, que a partir de ese momento comenzó a acelerar su ritmo de preparación.
Ahora quiero detener vuestra atención sobre dos imágenes. La primera se refiere a la muerte de Franco, en 1975. Volaba al infierno el decrépito carnicero, diría Neruda en un verso que despierta resonancias actuales. Al velatorio concurrieron dos neófitos del poder fascista: Pinochet y el general uruguayo Julio César Vadora en representación de la dictadura de Juan María Bordaberry y los militares. La otra: tres jóvenes haciendo el saludo nazi el martes frente al féretro de Pinochet en el Colegio Militar.
En este caso, como se dijo con razón, la muerte se anticipó a la justicia. Pero igual será juzgado post mórtem. En cuanto a Bordaberry, conocido por su adhesión expresa a las concepciones falangistas y mussolinianas, se le terminó la impunidad de que disfrutó durante los cuatro gobiernos precedentes. Está en la cárcel junto a Juan Carlos Blanco y un grupo de militares y policías violadores de los derechos humanos. El ya no podrá escapar a la justicia. *
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