Los "productores rurales"

Pocos términos son tan engañosos como esas palabritas. Con ellas se pretende abarcar desde el quintero al latifundista, pasando por el tambero, el arrocero, el que planta caña de azúcar, el agricultor en gran escala y el que intenta sobrevivir malamente en campo ajeno con la cría de una majadita y algunos vacas.

Con ellas se empareja y confunde situaciones y realidades totalmente diferentes; pero lo que es peor, se las utiliza para excluir a los que más se las merecen a los auténticos productores directos: a los peones.

Porque con los términos «productores rurales» se intenta designar a un grupo de personas de las que implícitamente se excluyen a otras. No sólo a las que no existen en el medio rural, sino también a aquellas otras que aunque viven y trabajan en el campo y son los que más aportan a la generación del valor producido allí, rigurosamente hablando no son considerados «productores»: los peones.

Simultáneamente, a la vez que se menoscaba el papel que juega el productor directo, jerarquizando el de otros actores, se esconde el verdadero sentido de la producción agropecuaria: apropiarse de una parte del valor producido por los productores directos e indirectos del conjunto de la sociedad.

El termino «productor rural» se utiliza para referirse al pequeño o gran empresario, al que cuenta con un capital en tierra, maquinaria, aperos, ganado, etc. que empleando la fuerza de trabajo propia o ajena «produce» algo que una vez vendido le genera una determinada ganancia o renta. El fin del «productor rural», como la de cualquier otro «empresario», es obtener una ganancia, su medio: la producción de bienes de origen agropecuario.

El fin de la producción rural no es la producción de bienes que serán consumidos por los productores; el fin de la producción, –la agropecuaria es una parte– es apropiarse de un valor que supone la producción técnica de algunos objetos. El fin de la producción agropecuaria es que al cabo del ciclo productivo, el resultado final sea un valor que descontado lo invertido resulte superior a como se empezó. Este valor no es lo mismo que el tamaño del objeto físico, es otra cosa. Ahora bien, quien no dispone de esa capacidad de apropiarse de ese valor, puede ser un productor, pero no es un «productor rural «.

Lo gracioso es que esas palabrejas con las que un grupo pretende autodesignarse no sólo mezclan y confunden como en el cambalache discepolineano realidades totalmente distintas por el mero hecho de encontrarse en el mismo lugar, sino que además, y por sobre todo, cumplen con una doble finalidad; por un lado, esconder el hecho de la explotación de unos hombres por otros, y por el otro lado, impedir la unión de los explotados.

Esto se consigue espontáneamente, sin que nadie se lo proponga, por la mera presencia de algunas ideas que existen como «verdades» en la cabeza de los paisanos.

La primera de ellas es creer que la tierra es la que produce los bienes sin tener en cuenta que si no hay alguien que doble el lomo y la trabaje, ella espontáneamente no te regala nada.

La segunda, es que no se debe confundir el trabajo ni los frutos mediante los cuales el productor como cualquier peón o el que cultiva su huerta familiar obtiene sus «medios de vida», con el trabajo y los frutos de lo que obtiene en su calidad de empresario y propietario.

En el primer caso se trata de algo equivalente a un salario, en el otro a una renta del capital; en el primer caso es la devolución en bienes por el esfuerzo personal invertido, en el segundo, la apropiación del resultado del esfuerzo ajeno.

Como en la administración y gestión de la pequeña empresa rural, estos roles están mezclados en una sola y única persona, esta situación lleva a confundirse. El pequeño empresario es peón, administrador, técnico y eventualmente terrateniente, por lo que esta superposición de funciones le pasa desapercibida y le encubre el hecho fundamental: que de todas esas funciones la que más cumple de acuerdo con lo que gana es la primera.

Lo tercero que se suele olvidar, es que aun cuando se consiga producir algo, eso debe venderse para obtener una ganancia; es decir que supone a otros hombres trabajando y produciendo fuera del campo las otras cosas por las cuales ésta pueda cambiarse.

Esto aunque parezca paradójico quiere decir que no alcanza con «producir» para ser «productor» como tan costosamente algunos están descubriendo. Uno es agricultor por producir zanahorias, pero no es «productor» hasta que las vende. La primera es una actividad técnica, la segunda es económica. Lo que el empresario rural técnicamente «produce» hay que venderlo, y a tal precio, que justifique no sólo el esfuerzo personal y el de su familia en el caso de que la haya, sino que además, produzca una ganancia que le permita devolver la plata que le debe al Banco y al Estado y le resulte mejor negocio que ponerla a interés para vivir sin trabajar. Si a pesar de hacer todas esas cuentas la ganancia no es suficiente pero sigue en el campo y trabajando, es porque no tiene más remedio. Como cualquier peón trabaja para comer.

La inmensa mayoría de los auto denominados productores rurales, engañados por la mistificadora condición de «propietarios» no perciben su real y verdadera situación, ser verdaderos funcionarios de los genuinos dueños de sus empresas: los Bancos. Son propietarios formales convertidos en administradores, técnicos, y peones de los prestamistas que les expropian sus recursos y los hacen trabajar como a cualquier peón para valorizar su capital.

De patrones se han transformado en servidores del gran capital extranjero que en el mercando «global» mundial les imponen los precios que les deja la carroña de la rentabilidad.

La diferencia entre ellos y el simple peón es que a éste se explota su trabajo en forma directa, en tanto que a ellos se lo hace con los créditos del sistema financiero y en el mercado mundial a través de los precios.

Pero lo tragicómico de esta situación que afecta a tanta gente, a la que a esta altura apenas le va quedando el sudor, la tierra de las uñas y la mugre de los dientes, es que en lugar de llevarlos a juntarse con los que «solo tienen chiripá de bolsa» los induce a mezclarse como «productores rurales» con los que disfrazados de gauchos, trepados en sus cuatro por cuatro, protestan por la «rentabilidad negativa».

Es inútil, mal que les pese E puor si muove, el vaticinio se viene cumpliendo: «Los expropiadores serán expropiados», y no por el ogro comunista; por los otros… propietarios.

* Analista

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