Pinochet: un emblema de sevicia y corrupción

Martes 12 de diciembre de 2006 | 7:25
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a única congoja que puede experimentarse ante la muerte de Augusto Pinochet es que haya durado tanto tiempo sin que haya sido posible hacerle pagar sus crímenes.

Pinochet fue el dictador por antonomasia, con la rara virtud de haber concentrado en sí todos los atributos propios de ese perfil; y sin ninguno de los rasgos más o menos folclóricos característicos de los déspotas latinoamericanos que supieron retratar con maestría Valle Inclán, García Márquez, Roa Bastos o Carpentier.

Siendo comandante en jefe del Ejército, Pinochet traicionó la confianza que en él había depositado el Presidente constitucional Salvador Allende; comandó el putsh militar que, a sangre y fuego, logró derrocar al gobierno legítimo; causó decenas de miles de muertos, entre quienes se halla, precisamente, Salvador Allende, y un incalculable número de desaparecidos, sin contar los innumerables presos políticos sometidos a vejámenes y torturas.

Lo de Chile no fue un golpe de Estado como el ocurrido en Uruguay, donde el presidente constitucional –con el apoyo de los jefes castrenses, es cierto– firmó el decreto de disolución de las cámaras y se convirtió en presidente de facto. Pinochet fue un auténtico motinero, un militar que se sublevó contra un Presidente legítimo y lo derrocó para subvertir el orden institucional, asumir la conducción del país y desatar una represión feroz contra todo opositor. Fue un tirano emblemático y fue la figura visible del régimen de terror que él instauró. En este aspecto puede ser parangonado con Francisco Franco, el caudillo por la gracia de Dios, tan preconciliarmente católicos ambos.

Estuvo al frente del gobierno chileno durante los 17 años que duró el régimen dictatorial, y una vez pactada la transición hacia la normalización democrática, quedó como comandante en jefe del Ejército, y más tarde como senador vitalicio. No vaciló en recurrir al asesinato político para eliminar adversarios. Así cayeron, víctimas de sicarios, el general constitucionalista Pratts y el ex canciller del gobierno de Allende, Orlando Letelier. E incluso su largo brazo asesino llegó hasta nuestras costas para deshacerse de un incómodo testigo del terrorismo de Estado, el agente Eugenio Berríos, secuestrado y ultimado en Uruguay por orden de Pinochet cuando ya Chile comenzaba a vivir en democracia.

Reiteramos: la historia registra muy pocos casos de tiranos tan emblemáticos –con una carga tan nutrida de sevicia y cuanta inmoralidad pueda caber en el alma humana– capaces de inspirar tragedias shakespearianas. Sin embargo, hay un elemento que lo inhibe de ser protagonista de una obra de ficción literaria como lo son Macbeth o Ricardo III. Al amparo de su cargo, con la impunidad otorgada por el poder absoluto (que si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente), se las ingenió para amasar una fortuna colosal obtenida mediante sucios negociados al mejor estilo de cualquier patancillo. Prebendas, coimas, mordidas, dádivas, le permitieron ir engrosando sus cuentas bancarias y acrecentando su patrimonio personal hasta límites insospechados.

Todo este cúmulo de perversiones y corrupción no es óbice para que algunas voces se hagan oír pretendiendo rescatar la supuesta “obra” del gobierno pinochetista. En efecto, no faltan quienes se afanan por reivindicar el famoso “despegue” chileno atribuido al modelo de liberalización de la economía impuesto por el dictador. Quizá se propongan soslayar el horror del pinochetismo, tratando de cubrirlo con el manto del crecimiento económico.

Independientemente del discutible éxito económico del modelo aperturista, vano será todo intento por rescatar la figura ominosa de Augusto Pinochet, quien pasará a la historia como el carnicero y ladrón que fue. *

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