Una educación liberadora y popular
Durante el período de la independencia y a lo largo de todo el siglo XIX e incluso parte del siglo XX, con algunas excepciones, la modernización solo tocó a pequeños grupos de las elites de áreas «centrales» en cada país. Hoy , este proceso abarca a la totalidad de la población e invade todo el territorio y adquiere una velocidad inusitada.
A fines de los años 60 los grupos empresariales orientados hacia la industrialización enfrentaban los intereses de las llamadas «familias tradicionales», cuyo poderío se sustentaba en la concentración de propiedad de la tierra, o en la explotación de materias primas.
Durante ese período los investigadores especulaban en torno a que las situaciones creadas por un cambio rápido podían producir toda clase de enfrentamientos y quiebres, inclusive los institucionales. En todo caso la irrupción de las fuerzas armadas, en especial en el escenario político del Cono Sur americano, se produjo a favor del orden imperante y las presentó casi como un sector monolítico en defensa de los intereses de las clases dominantes.
Del otro lado se ubicaban los estratos populares, con peculiaridades propias de cada realidad en cuanto al nivel educacional, formación técnica y nivel de vida. Sumado a esto un altísimo grado de politización en las juventudes universitarias y en la clase obrera, con respuestas a las nuevas situaciones creadas por la transición.
El efecto devastador del golpe militar y de la ruptura democrática aún está presente en el «nosotros» colectivo, en la matriz identitaria nacional y popular.
Si bien los viejos paradigmas de la sociedad industrial han dado paso al vértigo que impone la sociedad global de la información con los cambios tecnológicos, sumado a la brutal concentración de la riqueza y al dominio del capital financiero sobre el planeta, esta realidad nos exige nuevos desafíos e instrumentos para el cambio. En este presente de construcción colectiva es donde la educación juega un papel liberador y adquiere carácter de herramienta transformadora para continuar profundizando la democracia, integrando socialmente en particular a aquellos ciudadanos que desconocen por igual el alfabeto como la existencia de derechos y deberes como partes integrantes de un todo social.
Se ha instalado de la mano del neoliberalismo, en la sociedad global, una cultura de la acumulación individual, de desprecio a las instituciones, a los políticos, al patrimonio cultural y a la vida colectiva.
Esta construcción individualista de la vida personal y colectiva , desencanto y apatía en la participación ciudadana hace necesario ofrecerle al Uruguay del cambio un modelo educativo o propuesta que sea una alternativa real sobre lo que representan las clases dominantes y su proyecto de acumulación de riqueza y exclusión social.
Ese proyecto debe estar por encima de cualquier interés corporativo pues el derecho a la educación es un bien colectivo, que trasvasa lo meramente formal y hace a los valores que se le impregnan a un ser humano desde el mismo momento de su concepción. Debe escucharse la voz del maestro rural y urbano, del cientista en la educación, del técnico y del ama de casa, de la madre flagelada por el oprobio de la «pasta base» y la cultura del alcohol, de quienes son violentados en el «sagrado inviolable» al que hace referencia expresa la Constitución de la República, en particular las mujeres, los discriminados por su opción sexual, el hombre y la mujer de a pie, en suma, destinatarios de tan preciado bien.
No puede haber más educadores sociales «encapsulados» en la órbita de un INAU. Es esta una noble opción para servir a los pobres que debe proyectarse a la sociedad y adquirir rango universitario, transformándose en el actual contexto de pobreza en una palanca revolucionaria y comprometida con los más débiles, en especial con los niños que continúan naciendo en los «cantegriles» del Uruguay.
De cara al Congreso Nacional de Educación desde el próximo 29/11 al 3/12 nos parece importante reflexionar sobre el mundo en el que estamos parados y finalmente compartir el juicio de un educador trasandino, Juan Cassasus, quien señala en su libro «La Escuela y la (Des)igualdad» que «la capacidad competitiva que posean las naciones dependerá principalmente del recurso humano. Y por su parte, la calidad del recurso humano dependerá esencialmente del resultado de las instituciones capaces de formarlo, primeras entre ellas la familia y los sistemas educativos.
La globalización está haciendo desaparecer los sistemas productivos nacionales, en que prácticamente cualquier producto que se inserta en la economía global tiene algunos de sus componentes producidos y procesados en otro país.
La globalización también ha generado fuerzas centrífugas para las cuales las fronteras nacionales dejan de ser un concepto real.
En este contexto la capacidad de contrarrestar las fuerzas centrifugas es básicamente la de generar identidades que permitan que las personas puedan una vez más asimilarse con un ‘Nosotros’ colectivo, ‘resignificando’ la idea de nación, como una identidad solidaria entre las personas de un mismo territorio.» *
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