Juan María, los masones y el dios de las cucarachas
Como no podía ser de otra manera, los acostumbrados a conspirar no tienen otra explicación para las consecuencias políticas de sus actos, en la adversidad, que las teorías conspirativas. Concluir que la suerte de Bordaberry y de Blanco son consecuencia del triunfo de la masonería sobre el Opus Dei, es fantástico. Tabaré es masón, pero más es oncólogo. También podría pensarse en una conspiración contra el cáncer.
Masones probados fueron, salvo Artigas, casi todos. Rivera y su círculo unitario, practicaban ritos masónicos. También lo fueron Oribe, Lavalleja, Leandro Gómez, Venancio Flores y la mayoría de sus colaboradores. Nada de eso impidió que las diferencias políticas los llevaran a sangrientos enfrentamientos.
Goyo Geta (colorado) y Timoteo Aparicio (blanco) son católicos. Aparicio Saravia y Pablo Galarza son católicos. En el gobierno de Batlle,violento anticlerical, José Espalter y Manuel Tiscornia son colorados católicos. Entre los blancos, Alfredo Vázquez Acevedo y Martín C.Martínez son positivistas. Por otra parte, Herrera y Roxlo (blancos) participan con Pedro Figari y José E. Rodó (colorados) de un liberalismo que predica «el culto del ideal y una ética del deber».
En los «chupaderos» del Plan Cóndor, capellanes militares católicos encomendaban al mismo Dios a sus víctimas, como habría hecho el beato de Juan María. Eso no parece ser el origen y motivación de las carnicerías a las que nuestros pueblos han sido sometidos. Tal vez intereses más bastardos, con disfraces ideológicos tan modestos como las fobias anticomunistas, bastaron para generar poderosos fundamentalismos que pretextaron estos horrorosos crímenes que hoy se indagan.
Si vamos a elevar la mira por encima de nuestra animal naturaleza, podemos convenir que las ideologías, con o sin invocaciones divinas, no son más que justificativos para la humana ambición. El hombre se muestra lobo del hombre. Como familiares de náufragos víctimas de antropofagia, soportamos a los agradecidos sobrevivientes. Su piedad puede sonarnos a eructo. Reconocer nuestra animalidad no significa aceptar las doctrinas de pseudo naturalistas, de las series del Discovery, a modo de justificación de pasados o futuros crímenes.
El positivismo eurocentrista es heredero del judeocristianismo. El hombre es hecho por Dios a su imagen y semejanza para que ponga a su servicio a la naturaleza. Ese dios antropomórfico pacta con sus tribus favoritas la usurpación de las tierras de sus vecinos. La traducción de la Biblia y su difusión por la imprenta, en el siglo XV, abrió la caja de Pandora, desparramó todas las furias de las doctrinas excluyentes del otro. Del gueto de Varsovia a la franja de Gaza. Como en la caja de Pandora, tras de tanta letra letal, Job o Cristo, subliman la esperanza.
Los antropólogos sostienen que esta racionalización de la exclusión del otro no es exclusividad de la civilización judeocristiana, es un recurso reiterado en la especie humana. Hoy los dioses ya no merecen ser invocados, la ciencia es diosa omnipotente. La domesticación del hombre por el Estado, o la simple disciplina funcional privada, ha convertido a cualquier ser humano en victimario o víctima de la «obediencia debida».
Sólo la soberbia intelectual, una contumaz actitud criminal, o una inverosímil inopia, pueden postular que Juan María es una víctima de un enfrentamiento entre sectas en el Uruguay de hoy.
El prosaico materialismo dialéctico intentó explicar los actos de la historia en función de humanas ambiciones o necesidades. Prescindieron de las emociones que motivan los actos de los hombres. Estos no se asesinan por razones sino por creencias y emociones. Y las creencias, sumadas a los afectos primarios que las retroalimentan, sed venganza por ejemplo, multiplican las fuerzas necesarias para morir matando. La justicia humana sólo acota la venganza.
Todo esto nos vuelve cada día más escépticos respecto a la capacidad de redención de la humana naturaleza. El hombre es por lejos la única especie capaz de suicidarse arrastrando tras de sí al resto de la vida planetaria. Las fantasías exterminadoras satisfacen sus delirios de superioridad como especie. Aunque algunos científicos duden de ello, atendiendo a la brevedad temporal de esta variedad vital sobre el planeta.
Las cucarachas nos preceden en millones de años, tal vez nos sobrevivan otros millones. Su dios, seguramente hecho a su imagen y semejanza, más poderoso y sabio, ignora al dios de Juan María y su especie exterminadora. *
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