La muerte en Bagdad

Una vez más la ciudad mártir de Irak ha conocido el horror de los atentados.

La batalla de Bagdad, que las autoridades norteamericanas dieron por concluida hace más de tres años, sigue vigente. No ha concluido. Por el contrario, una creciente radicalización del enfrentamiento entre distintas corrientes religiosas tiende a darle al conjunto de la situación un dramatismo humano extremo y un componente religioso cuya temperatura y belicosidad aumentan día a día.

De acuerdo con las informaciones de fuentes confiables que difunde la revista digital Rebelión, según la policía iraquí, tres coches bomba conducidos por suicidas y dos episodios de ataques con mortero golpearon el barrio marginal chií de Ciudad Sadr en la capital, matando al menos a 150 personas e hiriendo a 238. El ataque, llevado a cabo por supuestos militantes árabes sunníes, ha sido el más mortífero del sectario enfrentamiento que desangra Iraq desde el pasado invierno.

Los chiíes respondieron casi de inmediato, disparando 10 ráfagas de morteros contra el santuario más sagrado de Bagdad, la mezquita Abu Hanifa, en la barriada de Azamiya, matando a una persona e hiriendo a 14.

También se encendieron los combates en otra zona de Bagdad cuando 30 insurgentes sunníes, armados con metralletas y morteros, atacaron el ministerio de sanidad, controlado por chiíes. Los atacantes fueron repelidos tras una batalla de tres horas, en la que intervinieron soldados iraquíes y helicópteros militares estadounidenses.

A partir de las 15.10 horas del jueves, tres suicidas con coches bomba hicieron estallar sus vehículos uno tras otro con intervalos de quince minutos en Sadr City, impactando en el mercado Yamila, en el mercado al-Hay y en la plaza de al-Shahidein. Alrededor de la misma hora, dos secuencias de morteros explotaron en las plazas de al-Shahidein y Mudhaffar.

Vale la pena recordar que la invasión a Irak y la famosa batalla de Bagdad se emprendió con vistas al combate al terrorismo internacional. Y al mismo tiempo conviene preguntarse cuáles han sido los resultados hasta el momento con relación a crear mejores condiciones para combatir el llamado flagelo del terrorismo islámico.

En un texto reciente El Irak de Bush en 21 preguntas, el experto Ton Engelhardt señala al respecto: Tal como ha escrito Karen De Young en el Washington Post: «Los analistas del servicio de inteligencia estadounidense han llegado a la conclusión de que la guerra de Irak se ha convertido en el centro principal de reclutamiento de islamistas violentos y extremistas, y ha motivado a una nueva generación de potenciales terroristas en todo el mundo, cuyo número puede incrementarse vertiginosamente hasta desbordar la capacidad de Estados Unidos y de sus aliados para reducir la amenaza.» Merece traerse a colación lo que dijo el teniente general en la reserva William Odom, ex director de la Agencia Nacional de Seguridad, esta semana, a un grupo de congresistas demócratas: que el reclutamiento de efectivos por parte de Al Qaeda de hecho descendió en 2002, para repuntar de nuevo tras la invasión de Irak.

Como las tres tremendas explosiones del jueves llenaron el noroeste de Bagdad de inmensas columnas de humo negro y dejaron las calles cubiertas de sangre y cuerpos carbonizados, indignados vecinos y milicianos armados chiíes inundaron las calles, maldiciendo a los musulmanes sunníes y disparando sus armas al aire. Ciudad Sadr es el hogar del ejército Mahdi, la milicia leal al clérigo radical chií antiestadounidense Muqtada al-Sadr.

El coordinado ataque ha sido el asalto más cruento desencadenado en una única zona iraquí desde que la guerra dirigida por EEUU diera comienzo en marzo de 2003. El peor ataque precedente se produjo tras la explosión de una bomba al sur de la ciudad de Hillah en febrero de 2004, que eligió como blanco a los reclutas de la Guardia Nacional y de la policía, en su mayoría chiíes, matando a 125 e hiriendo a más de 140. *

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