Una política exterior acertada
En más de una oportunidad nos hemos referido a la furia opositora demostrada por los partidos del llano. Desde que asumió funciones el nuevo gobierno, colorados y blancos se ensañaron en sus críticas y centraron sus baterías sobre dos objetivos en particular: el Ministerio del Interior y el de Relaciones Exteriores.
Si bien todos los miembros del gabinete fueron llamados a sala o interpelados por las cuestiones más baladíes, José Díaz y Reinaldo Gargano debieron soportar, desde el vamos, las andanadas opositoras. La inseguridad ciudadana y el aumento de la delincuencia figuran en el orden del día del discurso opositor, aunque las cifras divulgadas recientemente hablen de una disminución de los índices de delincuencia.
El canciller también recibió duras críticas a su gestión, al punto que recurrentemente los políticos conservadores reclamaron, una y otra vez, su renuncia; con harta frecuencia hemos oído hablar a blancos y colorados de la «conducción errática de la política internacional». En múltiples aspectos de nuestras relaciones internacionales, la actuación de la Cancillería fue duramente cuestionada: los vínculos con el Mercosur, la eventualidad de la firma de un tratado comercial con EEUU y, fundamentalmente, el conflicto con Argentina por la instalación de las plantas de celulosa en Fray Bentos, merecieron las críticas más acerbas.
Pues bien, al cabo de un año de controversias, de marchas y contramarchas, de diálogo sí diálogo no, la respuesta uruguaya a la intransigencia arrogante y demencial argentina ha resultado ser la más apropiada. Los resonantes éxitos diplomáticos obtenidos por Uruguay en su diferendo con el país vecino demuestran que la estrategia diseñada desde el gobierno era la correcta. El dictamen de la Corte Internacional de La Haya –más allá de la incuestionable justicia de la posición uruguaya– se debe a la sólida defensa de nuestros intereses llevada adelante por una figura consular de nuestra diplomacia como es el doctor Héctor Gros Espiell, asesorado por juristas solventes. Del mismo modo, el Tribunal Arbitral del Mercosur dio la razón a la demanda uruguaya por los cortes de rutas, aunque su dictamen no sea vinculante.
Y finalmente, el otorgamiento prácticamente unánime del crédito a la empresa Botnia puede leerse –y así lo perciben del otro lado del río– como un fracaso rotundo y estrepitoso de la insostenible postura argentina. Desde luego que el Banco Mundial debe tomar sus decisiones haciendo abstracción de todo aspecto político, con total independencia de criterio y ateniéndose exclusivamente a los aspectos técnicos del préstamo solicitado. No obstante, en las circunstancias actuales, un mero trámite financiero adquirió connotaciones políticas innegables. Por ende, más allá del dinero concedido a la empresa Botnia, la decisión del Banco Mundial ha significado un espaldarazo al emprendimiento, un aval en cuanto a garantizar el nulo efecto contaminante que tendrá su funcionamiento y una derrota diplomática del gobierno de Kirchner.
Así las cosas, la única conclusión posible es que el gobierno uruguayo ha observado un comportamiento correcto, sensato, medido. Firme pero sereno. Y si bien los logros obtenidos son mérito de todo el gobierno, no caben dudas de que la figura visible es el jefe de nuestra diplomacia.
¿No cabría la posibilidad de que el Parlamento convocara a Gargano para felicitarlo? *
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