La realidad social es una brasa ardiendo
El cristal con el que se mire al país puede ser cualquiera.
Una encuesta sociológica o un viaje en uno de esos tantos recorridos de ómnibus que llevan del primer mundo de Carrasco, Punta Gorda y Pocitos al tercer mundo agobiado de Casabó, Cerro Norte o Cuarenta Semanas.
Las cifras oficiales están siempre bajo alguna pizca de sospecha. Suele manipular el gobierno en su difusión.
Así ocurrió con muchos datos esenciales sobre lo que estaba pasando en el país durante los últimos meses del gobierno de Sanguinetti: se ocultaron.
Incluso ocurrió con el déficit fiscal en el que los voceros del gobierno «desmintieron» las cifras denunciadas por la oposición.
Al año siguiente, cuando ya se había votado en la primera y segunda vuelta del balotaje, entonces sí se supieron los datos precisos: el resultado de las finanzas del Estado demostraba que el déficit fiscal era peor al denunciado por la oposición.
En su edición del viernes 22, LA REPUBLICA da cuenta de un informe reciente del Centro Latinoamericano de Desarrollo que actúa con el respaldo de la Unesco.
En el informe se manejan cifras y realidades de un país en franco proceso de disolución social y demográfica.
Crece la pobreza, crece la indigencia, crece el porcentaje de niños que se crían en medio de la miseria más absoluta, que alcanza, según este estudio, a un 42% del total.
Cualquiera podrá recordar los anuncios triunfalistas y almibarados de Sanguinetti sobre sus éxitos en materia de avances sociales para la niñez.
O los proclamados éxitos sociales de la reforma educativa, como si desde el sistema de la educación pública se pudieran reparar los daños que produce en la familia trabajadora el crecimiento de la desocupación, la caída del salario y la inestabilidad en el empleo.
El Celade hace hincapié en una arista importante de la situación social: la creciente sensación de inseguridad ciudadana que aflige a un gran número de uruguayos.
Esta sensación de temor no atañe sólo al aumento y agravamiento de la delincuencia sino que también se origina en la incertidumbre laboral, el miedo a no poder cumplir con los compromisos establecidos, por la dolarización de las deudas, entre otros factores.
El informe señala que la inseguridad ciudadana afecta más a los barrios pobres.
Esta inseguridad atenta contra la calidad de vida en la ciudad.
La gente deja de asistir a actividades o esparcimientos en zonas de riesgo, se aísla en sus domicilios con la consiguiente dislocación social y cultural.
Otro componente de la inseguridad, reflejo de las tremendas tensiones a las que está sometida la familia trabajadora, es el crecimiento de la violencia doméstica, que se ensaña con la mujer y los niños.
Ante este cuadro, lo que resulta patético es la falta de respuestas oficiales que den solución o al menos procuren mitigar el proceso de descomposición social que genera el modelo.
Estamos ante una situación social de emergencia y desde el país oficial sólo se repiten recetas sobre la competitividad internacional, el costo país y la apertura de la economía.
El socorrido recurso de las privatizaciones que han conducido a la bancarrota social y de los servicios públicos en Argentina, México y otros países de Latinoamérica todavía sigue siendo el catecismo al que acude buena parte de los dirigentes de la coalición de gobierno.
El malestar social alcanza no sólo a los sindicatos tradicionales o a los trabajadores afectados por el Presupuesto Quinquenal.
Hay protagonistas nuevos, demandas amplias que se expresan en formas de acción colectivas que no se conocían antes.
El próximo martes, las organizaciones gremiales del agro discutirán la realización de nuevas medidas de lucha y protesta, incluyendo el eventual corte de rutas.
El gobierno en tanto, demasiado preocupado por hacer la buena letra con los organismos y los inversores de afuera, parece no tener oídos ante la disconformidad que prevalece adentro.
Compartí tu opinión con toda la comunidad