La petisa Isabel

El mismo día que la Policía me fue a buscar, la petisa Isabel me llevó a su casa. Era una compañera muy menuda, flaquita, no llegaba al metro sesenta, morocha, usaba unos enormes lentes de carey que le hacían el rostro más pequeño aun.

Estuve allí unos 20 días, convivimos en su cuarto, yo solo salía al baño. Por las noches llegaba Joaquín, su compañero, su pareja. Eran tan desparejos, ella pequeñita, y él un hombrón de casi un metro noventa. Se querían, el amor en tiempos de guerra siempre es un amor doloroso y a veces trágico. Algunas noches noté que ella lloraba calladamente, le pregunté, me contestó: estaba embarazada.

Durante los meses que militamos juntos nunca le escuché levantar la voz, ni enojarse, era todo dulzura y suavidad, aun en los debates más duros que por mediados del año 1971 sosteníamos en la organización.

Me quedé con ese recuerdo, porque desde fines de 1971 no nos volvimos a ver. Me enteré que había salido para Chile con su pequeño primer hijo y así la pensaba, rearmando su nueva vida, cerrando el duelo por la muerte de Joaquín ocurrida en abril de 1972.

Hasta que el 20 de mayo de 1976, su nombre nos golpeó en el pecho, en el alma, como una explosión trágica.

El nombre de ella y los otros tres mártires del pueblo uruguayo.

Después, muy de a poco fuimos armando los sucesos de esos días, los sanguinarios sucesos y acontecimientos de esos días en Buenos Aires.

Siempre duele la muerte de un compañero o de una compañera, intento sentir por igual la muerte de cualquier persona, pero a veces no puedo, me gana cierto egoísmo de clan, de tribu, incorporé ese dolor al de tantos otros, que aún me acompañan.

Con la petisa Isabel me sucede algo extraño: después de leer el parte del médico forense mi vida cambió y no puedo dejar de reconocer que invariablemente se me hace un nudo en la garganta cuando vuelvo a pensar en ella, en lo que informó el médico forense de ella, de la petisa Isabel.

Pone los pelos de punta.

Hay países que en su legislación tienen la pena de muerte, en algunas guerras sumariamente se fusilaba y se fusila a los enemigos.

El pelotón de fusilamiento apunta, dispara y luego el oficial al mando procede al tiro de gracia.

Tiro de gracia para que el sentenciado, el enemigo, la víctima no sufra.

La petisa Isabel, esa muchacha menuda, madre de tres pequeños niños, tan joven y frágil, no tuvo su tiro de gracia.

Me cuesta resistir la tentación de transcribir la anatomía destrozada hueso por hueso, las fracturas producidas por disparos de distintos calibres que no buscaban matarla, sino hacerla sufrir antes de la muerte, morir una y otra vez antes de la muerte definitiva. Lucho por no elegir las teclas que describan los grados de quemaduras de su piel, no quiero contar lo que de su cara decía el médico forense, aquella cara tan de niña mujer, tengo miedo de caer en algo morboso que ella no se merece.

Lucho por seguir recordándola suave y dulce.

En estos días muchas personas me han preguntado si estoy contento, si voy a festejar; no estoy contento, no me alegra, no es un problema de estado de ánimo el procesamiento de estos dos dictadores, golpistas y asesinos.

En todo caso estoy conforme con mi gobierno que viene cumpliendo con lo que nos comprometimos con el pueblo, aplicar el artículo 4º de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado.

Sin embargo tengo un deseo que tal vez cumpla en los próximos días, hacer fotocopias, dos fotocopias del dictamen del médico forense de los cuatro mártires (me niego a decir cuerpos) del 20 de mayo de 1976.

Ahora Juan María Bordaberry y Juan Carlos Blanco van a tener mucho tiempo para leer, sería bueno para ellos dos ingresar a esa detallada, horrorosa, espeluznante descripción de cómo quedaron en pocas horas aquellos formidables hombres y aquella mujer. Tengo una tentación de mandárselos al otrora dictador al mando y a su jefe de la inteligencia diplomática.

Más allá de que griten su inocencia, que eso está en la tapa del libro de cualquier manual de interrogatorios, un antiquísimo recurso que usan todos los presos, sobre todo los «gambuzas» viejos, los delincuentes profesionales desde el menor arrebatador reincidente con varias anotaciones al rapiñero pesado de caño recortado, pasando por los de guante blanco como los Röhm y los Peirano.

A estos dictadores y golpistas, nunca les escuché condenar tamaño magnicidio, esos aberrantes crímenes, ni a ellos ni a sus familiares, ni les escuché decir que iban a colaborar en su esclarecimiento, y como dicen en mi barrio: «el que calla otorga», no me queda otra que pensar que son culpables, aunque sea de no condenar los crímenes, aunque sea de no haber iniciado acciones en aquel 1976 para averiguar quiénes habían sido los criminales, por no dejar enterrarlos en paz con el cariño y el dolor de la gente, por arrancar la bandera patria del cajón del Toba.

Voy a pedir permiso en Jefatura para enviarles esos legajos, crónicas de un ensañamiento brutal, tal vez ellos dos no pudieron leerlos, los desconocían, y de ser posible sería bueno para el pueblo saber lo que opinan, si es que opinan, tal vez si los leen algo cambie en sus heladas conciencias, algo se resquebraje en esa caparazón fascista.

Tal vez haga una tercera copia y se la mande a Pedro Bordaberry. A él tampoco le escuché una palabra acerca de estos asesinatos infames, porque una cosa es defender al padre, pero otra muy distinta es no colaborar, no trabajar por demostrar quiénes fueron los asesinos, quiénes dieron las órdenes, quiénes coordinaron los cuatro secuestros, podría ser de utilidad hasta para su padre.

El plato preferido de la petisa Isabel eran las papas fritas, las comía con la mano sentada en el piso. A mí me traía suculentas comidas preparadas por su madre. Invariablemente hablábamos del futuro, no creíamos en la posibilidad de morir, a lo sumo caer presos y nos decíamos riendo: «mejor, así nos fugamos».

Conmigo el destino no se portó tan mal, tal vez mucho mejor que la fuga: me sacó el pueblo por la puerta grande cargado de banderas un 10 de marzo de 1985.

Y a partir de ahí hemos avanzado sin parar y no vamos a parar.

El destino se mancó con la petisa Isabel, por eso no puedo alegrarme ni festejar nada, porque en estos días cada vez que intento sonreír y tomar una copa por esto, el recuerdo me muestra un sucio auto abandonado en una ruta de Buenos Aires y adentro Zelmar Michelini, Héctor el «Toba» Gutiérrez Ruiz, William «Blanquito» Whitelaw y Rosario Barredo, y la descripción científica del daño, del destrozo, del despedazamiento de esas vidas, que jamás voy a poder arrancar de mi memoria.

Rosario Barredo fue, es y seguirá siendo para siempre, con toda aquella dulzura con la que me llevó a su casa, la compañera petisa Isabel. *

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