El Senado se preocupa por el idioma
En la última sesión plenaria de la Cámara Alta, el senador socialista José Korzeniak demostró que no son solamente las arduas cuestiones jurídicas ni las ardorosas disputas políticas las razones de sus desvelos. El idioma español, el castellano o idioma materno, sufre agresiones diarias que lo degradan, lo vulgarizan y lo empobrecen; y el ilustre jurista se siente agraviado por ello. En eso –y en muchas otras cosas– coincidimos plenamente.
En la media hora previa del miércoles 8, lapso destinado a que aquellos legisladores que así lo deseen traten asuntos no previstos en el orden del día, Korzeniak hizo un planteo perfectamente compartible: expuso su horror ante los vicios de lenguaje en que incurren los uruguayos y particularmente los comunicadores, políticos, periodistas y profesionales. Como se advierte, Korzeniak y yo sufrimos por las mismas causas.
De las cosas que más lo irritan, según confesó, el uso de muletillas ocupa uno de los primeros lugares. Es que el viejo y querido «esté» (pronunciado a veces como grave: éste, ora con la última e prolongada: esteeeeee) viene siendo remplazado por muletillas que pretenden disimularse como frases hechas. Es así que tenemos dos, por lo menos, que reinan triunfantes en cualquier diálogo: «digo» y «o sea», sin contar el horroroso y ya incorporado «viste». Es frecuente oír enunciados como el siguiente, tomado casi textualmente de un diálogo ocurrido en un ómnibus: «A mí ese asunto de la rebaja del boleto, viste, me parece que el gobierno podría haberlo bajado un poco más, digo, porque yo, o sea, tengo que tomar cuatro ómnibus, y entonces, viste….».
Al amigo Joselo también lo preocupan los frecuentes cambios en el orden de los fonemas: «acnédota» –o incluso «anédocta» por «anécdota»; así como el muy común «ojebto» (muchas veces pronunciado «ojepto») en vez de «objeto».
Otro tema que denunció el senador en esa oportunidad es un problema recurrente en esta columna: el de los parónimos, palabras con grandes similitudes gráficas y fónicas pero de semántica disímil. Korzeniak hacía referencia a la confusión entre «proscribir» y «prescribir» –dos conceptos casi opuestos– que había llevado a un periodista a decir varias veces que un dirigente se sentía «prescrito» (en vez de «proscripto») por el gobierno… La paronimia es causa de innumerables errores como el que se verifica con harta frecuencia entre «infringir» e «infligir», o entre «abrogar» y «arrogar(se)».
Cuántas veces hemos oído y leído enunciados tales como «El juez le infringió un severo castigo» (en vez de le infligió) o «El ministro no puede abrogarse esa potestad» (en vez de arrogarse).
En fin, la lista es larga, pero a nadie parece importarle y los comunicadores siguen cometiendo barbarismos lo más campantes.
–No es por nada, Mendieta, pero si no fuera porque la gente habla y escribe mal, su columna no tendría de dónde nutrirse…
–Tiene razón. ¡Qué lo parió! *
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