Los muros de la vergüenza

Muchas veces la retórica de los personajes satisface a algunos, porque saben adaptar su lenguaje a las apetencias de los oyentes. Pero en otras ocasiones, de las que tenemos sobrados ejemplos en Cumbres, reuniones presidenciales y otros encuentros de ese tipo (de donde en pocas ocasiones han salido soluciones reales para los pueblos), los discursos altisonantes, bien pronunciados, pero sin otro contenido que las palabras mismas, definen de manera bien clara el sentido de estos encuentros ecuménicos.

El tema de la emigración es, sin lugar a dudas, uno de esos hitos, en que discursos vacíos ponen de manifiesto carencias que tienen estos mecanismos de consulta al más alto nivel que terminan en una declaración, rubricada por los altos dignatarios presentes, la que generalmente se arrumba en algún archivo de las distintas cancillerías.

Pongamos el ejemplo de lo que ocurre en Melilla, con el muro construido por España para evitar que famélicos africanos ingresen a territorio europeo, vigilado día y noche por el Ejército del que es jefe supremo el Rey Juan Carlos de Borbón, uno de los activos participantes de esta Cumbre.

Y podemos seguir con los muros que signaron la historia de la humanidad, como el que construyeron los opresores nazis en guetos en donde trataban de quebrar lo que nunca pudieron, que era la dignidad del pueblo judío.

El muro de Berlín, otra afrenta a la humanidad, creado por quienes trataban de retener a quienes, en desacuerdo con el régimen imperante en Alemania Oriental, abandonaban ese país con destino a Occidente. No se dieron cuenta que estaban sojuzgando no a personas, sino matando la libertad de opción.

Israel levantó también su muro para aislar al pueblo Palestino, sin advertir que el único camino que le queda no es la división de la región, sino por el contrario, la comprensión para que judíos y palestinos puedan construir juntos su destino.

Ahora es el gobierno de George W. Bush que levanta también su muro. Una mole de más de mil kilómetros para evitar que los latinoamericanos más indigentes busquen una oportunidad laboral en el país del norte. Otra afrenta humanitaria que responsabiliza a las víctimas de tener hambre. Para Bush el camino es borrar el problema, dejándolo del otro lado del alto muro.

Claro está, en nada hay soluciones fáciles. España no tiene posibilidades de abrir sus fronteras a cientos de miles de personas que buscan refugio dentro de su territorio, pero todos debemos comprender que quienes lo hacen no son delincuentes y está en manos de la comunidad internacional arbitrar soluciones para que el mundo pobre pueda comenzar a desarrollarse. De lo contrario el tema de las migraciones superará todos los muros que se levanten por más altos que estos sean.

Cuando se compara con los inmigrantes españoles que llegaron en su momento al Uruguay, es bueno decir que vivíamos en un país vacío que necesitaba imperiosamente de gente, de trabajadores, de artesanos, de albañiles, de arquitectos. ¿O no sabemos que nuestra historia es la de los italianos y españoles que llegaron en su momento a nuestra tierra y aquí, de alguna manera, pudieron construir su sueño?

Ahora apareció otro muro: el levantado por los «ambientalistas» de Gualeguaychú. Otra afrenta contra la libertad por un conflicto de intereses que puso al pueblo de la ciudad argentina como vector impulsor de acciones contra Uruguay, cuando la solución del diferendo está en manos del gobierno argentino que, en conjunto con el uruguayo, deberían arbitrar todo tipo de medidas, no oponiéndose a una importante inversión en Uruguay, sino coincidiendo en acciones para que nadie salga perjudicado con la supuesta contaminación que los «ambientalistas» denuncian.

Ese es otro muro de la vergüenza, de la inoperancia de la política y de los políticos, que son incapaces de ponerse de acuerdo en temas fundamentales. *

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