La emigración en debate

Se inauguró ayer, tal como estaba previsto, la decimasexta Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Se cumplió con todas las previsiones del caso, con las solemnidades, cenas, recepciones y otros aspectos que marca el protocolo. El remozado y reacondicionado Teatro Solís lució sus mejores galas para recibir a los mandatarios y altos funcionarios y sus respectivas comitivas; y la ciudad se vistió de fiesta para acoger a tan dignos personajes.

No caben dudas de que la presencia del monarca español Don Juan Carlos de Borbón y Borbón prestigia la reunión de mandatarios iberoamericanos, aunque ciertas notorias ausencias (las de Lula, Chávez y Alan García, por ejemplo) han empañado un tanto la trascendencia política y diplomática de la XVIa. Cumbre.

Algunos analistas entienden que se trata de un acontecimiento sin importancia, de una formalidad que no tendrá consecuencias destacables para el futuro del mundo iberoamericano, y por ese hecho explican las ausencias señaladas apuntando que esta Cumbre no despertó el interés suficiente de los gobiernos del bloque.

No obstante, el problema de las migraciones –tema central del encuentro– se ha convertido en una realidad dolorosa para los países de emigrantes e incómoda para los receptores de inmigrantes.

España, concretamente, un país que expulsó a sus hijos –por razones económicas y políticas– hasta no hace muchos años, se ha vuelto uno de los destinos más codiciados por todos aquellos latinoamericanos que no encuentran en sus patrias las oportunidades de trabajar, desarrollarse y vivir con dignidad. Por tanto, el fenómeno de las migraciones tiene dos puntas (emigración/inmigración) que representan dos problemas serios que exigen solución. Ni los países expulsores de seres humanos ni los receptores han logrado hasta ahora hallar soluciones o paliativos al asunto, y tal vez en esta Cumbre se puedan avizorar los caminos conducentes al abordaje del problema.

El tema ofrece varias aristas complejas y contradictorias. Para los países subdesarrollados, la emigración supone una sangría social de consecuencias catastróficas; un desgarramiento familiar y un desarraigo trágicos. A la vez, como los emigrantes son en su mayoría jóvenes, el país pierde población económicamente activa y la sociedad envejece; como contrapartida, la economía se fortalece merced a las remesas enviadas por los emigrantes a sus familiares.

Para los países ricos, los inmigrantes son quienes acceden a realizar los trabajos menos gratos y menos prestigiosos aceptando pagas miserables. Pero al lado de esa supuesta «ventaja», la inmigración masiva tal como se verifica actualmente implica un fenómeno social de envergadura en el que se mezclan marginación, guetización, trabajo en negro, evasión de aportes a la seguridad social; por otra parte, la presencia de extranjeros –sobre todo si esos extranjeros pertenecen a razas, culturas, y religiones diferentes– genera en los nacionales sentimientos de racismo, xenofobia e intolerancia, sentimientos que normalmente se hallan en el origen de las conductas violentas con que muchas veces la sociedad responde al ver amenazada su homogeneidad. El temor y el rechazo al «meteco» alimentan, a su vez, la marginación y promueven réplicas tanto o más violentas de parte de los inmigrantes. Al respecto, los episodios que cada tanto se repiten en Francia son una muestra elocuente.

Si de esta XVI Cumbre surge aunque más no sea un atisbo de solución a este drama, el encuentro habrá valido la pena. *

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