Hardware, software y sociedad

Esteban Valenti

Hay palabras que marcan una época. Sin duda Internet o el software y el hardware han inundado nuestra vida. El tema es cómo se relacionan con los elementos centrales que forman la organización social en nuestro país y en el mundo.

Hay quienes definen el cambio de época sólo por las grandes transformaciones tecnológicas, en particular por Internet, y están cometiendo un error con antecedentes históricos: el de los que definieron la era industrial por la máquina a vapor. En realidad, tal como quedó obsoleta la maquinaria industrial impulsada por el vapor y luego sustituida por otras tecnologías, así asistiremos, en un plazo muy breve, a cambios también en las tecnologías de la información. Lo importante, lo que define la profundidad de los cambios, en su impacto social, y los nuevos actores, poderes y contradicciones que se generan.

No se trata de esquivar la nuevas realidades surgidas de la gran revolución tecnológica de la información sino de asumirlas más allá de sus instrumentos, sabiendo distinguir los cambios sociales y culturales que esta nueva época lleva en su vientre. Esas son las tendencias dominantes que debemos atender y tratar de entender.

Una sociedad sólo podrá avanzar, si sabe hacia dónde va, si tiene un proyecto. Esa es su primera condición, imprescindible. El Uruguay de las primeras décadas del siglo XX, tuvo un mérito fundamental: supo hacia dónde ir. En medio de grandes cambios, de rápidos movimientos en el escenario mundial y regional con la introducción de nuevas tecnologías revolucionarias para la época y de una creciente y muy abierta globalización comercial y financiera, supo definir su rumbo. Por eso avanzó.

Era una sociedad surcada de contradicciones, con las heridas todavía abiertas por sucesivas guerras civiles, y sin embargo, supo encontrar un rumbo hacia donde dirigirse.

Fue sin duda –y es de justicia histórica reconocerlo– el mérito de un gobierno, el de José Batlle y Ordónez. Pero fue una generación entera la que comprendió el reto inexorable que tenía el país. Nadie perdió identidad, nadie renunció a su rol social, pero entre todos, lograron darle un rumbo a la nación.

De ese impulso vivimos durante casi medio siglo, y todavía hoy, muchos de los rasgos distintivos del Uruguay siguen vinculados a ese impulso.

Y este es un buen ejemplo, el de la convivencia a veces esquizofrénica de lo viejo y lo nuevo. Así sucede hoy en el mundo y seguirá sucediendo entre la sociedad industrial y la posindustrial o de la información. Y en la medida que surja la novísima economía llamada bioeconomía, también asistiremos a formas de transición y de coexistencia entre etapas diferentes del desarrollo. Lo dominante –y el motor del crecimiento actual en los países desarrollados– es la nueva economía, las nuevas tecnologías de la información, que penetran en todos los espacios de la vida económica y productiva. Pero hay aspectos de la era industrial que siguen existiendo y desarrollándose, usufructuando de las nuevas técnicas. No olvidemos que todavía las principales transnacionales siguen siendo grandes empresas industriales –del automóvil, del petróleo y la energía, de la química–, que a su vez utilizan masivamente las nuevas tecnologías de la información. ?Dónde comienza y termina cada era?

Los uruguayos no podemos permitirnos el lujo de estar ajenos a las urgentes exigencias de la nueva economía, ni creer en que el milagro tecnológico, a través del acceso a nuevos instrumentos, resolverá nuestros problemas.

La sociedad la estamos construyendo entre todos, conscientes de que es una construcción histórica y concreta de los pueblos, y no sólo ni principalmente la obra de la naturaleza o de la tecnología, y que en ella actúan los sectores sociales, las ideas, los niveles de cultura y de desarrollo, y la audacia de sus conductores.

Por ello hoy se combinan dos tareas fundamentales; por un lado darle acceso a los ciudadanos a las nuevas tecnologías, para no ensanchar una brecha ya demasiado peligrosa. Pero junto con ello hay que permitir que los uruguayos accedan a través de la profundización de la democracia, a la posibilidad de disenar los caminos del desarrollo del país, para que el ciudadano sea el sujeto del desarrollo y para enfrentar el peligro de que los objetos (las tecnologías) siempre más refulgentes, deshumanicen aun más los procesos sociales.

De Internet no podemos ni debemos marginarnos. Puede ser una palanca importante para nuestro crecimiento, pero no garantiza nuestro desarrollo; como tampoco lo garantiza el crecimiento económico o la tecnología, hace falta una visión integral e integradora de la sociedad uruguaya. En un pequeno país de tres millones de almas, el valor, el sentido y la fuerza de vivir juntos y compartir un proyecto nacional es una fuerza esencial que debemos estimular, para darle a cada uno de los factores su verdadero valor.

Incluso el acceso a Internet de sectores muy amplios de la sociedad no es lineal; debe integrarse a un modelo más general y articulado. Debemos recordar que en las escuelas más pobres de los Estados Unidos el uso de Internet determinó una baja del rendimiento de los alumnos.

La alfabetización telemática e informática a nivel masivo es potencialmente muy positiva y necesaria y debe ser apoyada integrándose a las mejores tradiciones pedagógicas nacionales, que tienen una base sólida y buenos profesionales. Debe también sumarse al proceso de promoción de la identidad nacional, a la producción de contenidos y de proyectos propios, uruguayos, en la red. Esta es una tarea de todos, públicos y privados.

Esta nueva etapa no se resuelve solamente repartiendo computadoras y lecciones básicas. Siempre es mejor tenerlas, ofrecerlas como alternativas en todas las escuelas, pero eso no debe impedir el análisis y la acción sobre nuevos temas y la necesidad de estrategias que todo esto comporta.

El acceso a un ilimitado universo de información, de conocimientos, de bibliotecas a través de Internet, la posibilidad de introducir en forma masiva la formación a distancia, es absolutamente positivo y estamos obligados a sumergirnos con fuerza en esa nueva corriente; pero con capacidad de razonar y comprender, de disenar estrategias integrales. No hay que perder la capacidad de preguntarse, sacrílegamente sobre todo, incluso sobre aquellas verdades tecnológicas tan luminosas, que a veces pueden enceguecernos.

Este sigue siendo, más que antes, un mundo lleno de preguntas.

Por ejemplo ?cómo influirá el teletrabajo, es decir el trabajo realizado en los domicilios con interconexión a través de la red en la socialidad y en las formas de organización social, en particular con la actual explosión de la oferta de trabajo femenino?

?La educación a distancia no requerirá urgentemente de estudios y de acciones, por su impacto en la pedagogía, en la relación alumno-docente al perderse el contexto colectivo, que es un elemento muy importante de la educación?

La creencia generalizada es que Internet y el comercio electrónico son vidrieras para la venta de productos y servicios, es decir son la nueva frontera de contacto entre las empresas y sus clientes. Pero, en realidad, la práctica de estos pocos anos ha demostrado que el comercio electrónico penetra de inmediato dentro de las empresas para modificar sus procesos productivos, sus formas de gestión y de compra, es decir tiene que ver con toda la empresa. ?Estamos estudiando el impacto de esas nuevas tecnologías en todos los ciclos productivos, no sólo en el plano tecnológico, sino social?

Internet –y más en general la sociedad de la información y el conocimiento– se ha expandi
do sobre la base de una desregulación total, incluso en materia comercial. En Estados Unidos el sonado proceso contra Microsoft apunta exclusivamente a evitar el monopolio, es decir asegurar que funcione el mercado. ?No deberíamos colocar con fuerza nuevos temas en la agenda nacional y promoverlos en todos los foros posibles, pues tienen importantes connotaciones democráticas y ciudadanas?

Por ejemplo: ?cómo se protege la privacidad de los ciudadanos frente a esos gigantescos monstruos de la red que devoran y almacenan millones de informaciones sobre todos nosotros, todos los días?

?Qué impacto podemos prever, y cómo actuar, frente a los derechos de los consumidores-ciudadanos en la sociedad de la información, en el acceso a una información plural y democrática?

?Qué herramientas legales protegen a los consumidores en el comercio electrónico?

?Qué impuestos y cómo serán aplicados a las transacciones comerciales electrónicas? A menos que apostemos al modelo financiero de circulación global irrestricta y libre de impuestos, es decir libre de cualquier mecanismo que le permita al Estado en representación de toda la sociedad redistribuir las riquezas, en particular atendiendo a los más necesitados.

?Qué nuevos problemas surgen para el medio ambiente y para un desarrollo sustentable, es decir armonioso, entre hombres y naturaleza, en relación a la nueva economía y a la sociedad de la información?

Y ahora una pregunta angustiante. Los verdaderos dramas, la angustia que hoy palpamos todos en la sociedad uruguaya, la falta de expectativas que se ha apoderado de sectores muy amplios, sus urgencias, ?qué tienen que ver con la nueva economía y con la sociedad de la información?

Podríamos ensayar una respuesta histórica. La máquina a vapor y la revolución industrial surgió en momentos en que la gran mayoría de la humanidad vivía en condiciones de extrema pobreza. Ergo, si apeláramos a razonamientos simples, concluiríamos que fue la máquina, la tecnología que impuso los ritmos de progreso. Es una respuesta parcial y por lo tanto incorrecta. Fueron los cambios sociales, el surgimiento de actores nuevos, con culturas y visiones nuevas del mundo y de sus derechos, nuevas corrientes de ideas de progreso y nuevas contradicciones las que impulsaron el desarrollo de las sociedades humanas.

La gravedad de la situación actual, como todo el proceso social uruguayo, no tiene fáciles respuestas, ni tecnológicas, ni siquiera de políticas económicas. Requiere respuestas integrales, en primer lugar respuestas políticas.

Las deben dar los políticos que no se pueden lavar las manos de las responsabilidades y depositarlas en manos de los economistas, o ahora de los técnicos de la nueva economía. El tiempo corre, la desesperanza es la peor consejera de un país y sólo gobernantes y políticas a la altura de su tiempo, sensibles al clamor de su gente, capaces de colocar los valores nacionales por encima de todo, serán capaces de responder al drama actual de los uruguayos.

Las preguntas podemos utilizarlas como coartada para paralizarnos o como impulso para avanzar hacia algo nuevo asumiendo la enorme importancia de la tecnología, pero sabiendo que seremos nosotros –los seres humanos viviendo en sociedad– los únicos capaces de afrontar los nuevos y viejos problemas

* Analista político

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