"Uníos, caros compatriotas"
Edgar Bellomo
Resulta notorio que, pasadas las instancias electorales, nuestra gente –prácticamente toda la gente– exhibe un descontento y un descreimiento que no serán fácilmente revertibles.
Y creo percibir elementos razonables, justificados, y otros no tanto, sobre todo a partir del cuestionamiento a todo lo que sea (o se vea como) el sistema político, o para ser más elocuente, «la clase política».
Desde propuestas tales como «imaginarse a los niños pobres en el Palacio Legislativo por un día, y a los senadores y diputados en la escuela del barrio Municipal», al clásico: «son todos iguales», la gama es enorme y hay para todos los gustos. Aclaremos; creo que les asiste el derecho de plantear sus puntos de vista y de expresar por lo tanto, desde el corazón, sus impresiones y deseos. Esto es absolutamente legítimo.
Lo que considero incorrecto es que, a mi juicio, se equivoca el objetivo y se comete una injusticia.
Se equivoca el objetivo al identificar al parlamento como el responsable de esta situación y se comete una injusticia.
Se equivoca el objetivo al identificar al Parlamento como el responsable de esta situación y se comete la injusticia de generalizar, como si todos los parlamentarios actuáramos (y votáramos) de la misma forma.
¿Por qué digo esto?
Porque la responsable y causante directa de la miseria, el desempleo y el dolor que traen aparejados, es la política económica (el verdadero «enemigo») que el Poder Ejecutivo –éste y los anteriores– vienen aplicando, con el consentimiento y el apoyo de la mayoría del Parlamento, pero no de todo el Parlamento.
Debe decirse también que la iniciativa para las leyes que tengan que ver con la economía es privativa del Poder Ejecutivo y que la fuerza política que junto a otros me honro a representar (Encuentro Progresista-Frente Amplio), ha hecho llegar sus propuestas al señor Presidente para empezar a mejorar la calidad de vida de los compatriotas y esto es posible y es viable. Ocurre que este modelo que privilegia a unos pocos (la banca y los grandes importadores), prefiere seguir ganando y dejar las cosas como están, sin cambios. Porque no todos pierden en este país y los «ganadores» no están necesariamene en el Parlamento o, al menos no son todos los parlamentarios.
Sin embargo, en esta «clase política«en la cual nos han metido –sin preguntarnos– junto a otros actores que no tienen las mismas ideas y a veces ni los mismos comportamientos, o el posicionamiento frente a los distintos problemas, reside buena parte de la esperanza en un futuro mejor.
Porque desde esta «clase» y su capacidad de diálogo e inserción con el resto de la sociedad civil (léase: trabajadores, organizados y no, jubilados, estudiantes, desocupados, excluidos, etc.) tendrán que surgir las estrategias del cambio imprescindible del rumbo de la política económica.
Porque habrá que seguir ampliando la base y forjando la unidad de todos los damnificados por las medidas que buscan perpetuar la ya vieja receta de «socializar las pérdidas y privatizar las ganancias».
Y deberemos ser capaces de superar las diferencias –entre otras las arriba mencionadas– porque no podrá haber exclusiones. Porque lo primero sigue siendo identificar el enemigo y lo inmediato es juntar las fuerzas que, unidas, puedan derrotarlo. Es como el A-B-C, pero por algo se empieza, y no creamos que esta será tarea fácil.
Por algo han podido salirse con la suya una vez más…
Por algo apuestan a dividirnos.
Habrá que armarse de paciencia, debatir, organizar, seguir buscando esa unión procurando que sólo queden «del otro lado» aquellos que se opongan a la pública felicidad al decir del General José Artigas.
Y en estos días tan especiales de recordación lo imaginamos vivo, recreando aquellas esperanzas, llamándonos como hace casi 200 años, a unirnos para estar seguros de la victoria.
Y si algo hemos aprendido, resulta claro una vez más que «nada podemos esperar que no sea de nosotros mismos».
Diputado Alianza Progresista – EP-FA
Compartí tu opinión con toda la comunidad