A río revuelto, ganancia para pescadores

Desde el comienzo del pastoso tema de las plantas de celulosa, venimos propugnando por un encauzamiento del conflicto con Argentina que desde entonces con adelantada preocupación vimos creciente, cada vez más complejo y con necesariamente precisos caminos de salida.

Propusimos primero al gobierno y después públicamente, mecanismos que incumbían a OEA y al Tribunal de La Haya, buscando llevar al gobierno de Argentina a planteamientos conjuntos para construir un Reglamento Modelo para las Américas sobre este tipo de plantas y procurar soluciones de equidad para los puntos no acordados al más alto nivel, y todo más allá del Mercosur.

Jurídicamente la posición uruguaya es muy sólida pero ganar en la liga –como lo hemos dicho– no aseguraba la solución del problema cuando el empecinamiento, el temor mal informado y la desinformación intencional se suman a intereses políticos, condimentados con dosis abundantes de siempre peligroso reeleccionismo.

Un puñado de personas decide violentar el derecho nacional e internacional y el gobierno argentino no actúa en consecuencia. Ignoran los informes técnicos, no se acepta el control compartido que se ofreciera, se sigue adelante desde la desinformación y la promovida agitación de pocos.

Este no es un problema entre los argentinos y los uruguayos. Es un problema entre los gobiernos de Argentina y Uruguay. No es nada menos pero aunque no es poco, tampoco es nada más. La diferencia sustancial es que en Uruguay, sobre el tema de fondo hay una monolítica postura de todo el sistema político y social, respecto al derecho que asiste al Uruguay, que ha venido siendo reconocido en cuanta instancia se plantea ante organismos internacionales, a pesar del aislamiento, las presiones e inadmisibles renunciamiento de los gobiernos de la región, que sumisos acataron el «no te metás» del gobierno de Argentina.

Como en todo conflicto no resuelto hay un enorme componente de fracaso. El arte es superarlo reconstruyendo los caminos que reparen esta absurda situación en la que estamos. Pero el correcto ejercicio de ese arte es el deber insoslayable de los gobiernos.

Sin duda el gobierno argentino nacionalizó el conflicto originalmente localizado en Entre Ríos y hoy lo instaló en una absurda situación nacionalizada.

Hoy ya no son dos plantas de producción de pasta de celulosa en Río Negro, es sólo una, pero tampoco importa. El objetivo hoy es el conflicto por el conflicto mismo, más allá de los informes y los fallos de las cortes internacionales.

Ayer nomás el gobierno argentino autorizó formalmente la construccion de Botnia, y lo informó así a su Parlamento el propio Presidente. Después sostuvo que esa autorización no era suficiente porque se había sumado en esa zona el emprendimiento de ENCE.

Se habló de sinergia, de impacto ambiental acumulado, de la proximidad inadmisible de las plantas a pocos kilómetros una de la otra, a pesar de todos los informes técnicos internacionales favorables a la instalación de ambas donde estaba previsto hacerlas porque no habría perjuicio ambiental, pero igualmente la oposición fue y es tenaz y ahora pretendidamente nacional y agresivamente creciente con Uruguay.

Hoy ENCE ha resuelto no instalarse en Río Negro, así que la planta a construir es solo la acordada originalmente por ambos países. Se acabaron definitivamente los argumentos esgrimidos hasta hoy, los alambicados fundamentos y las excusas quedaron sin sustento, pero poco importa.

Es muy fácil incendiar la pradera, pretender instalar la lógica infernal de ver en un argentino un enemigo y viceversa. Los falsos nacionalismos siempre han costado vidas y sufrimientos profundos a la gente de a pie.

Lamentablemente es fácil -demasiado fácil- manipular el sentimiento para justificar lo injustificable o pretender camuflar lo inexcusable. La realidad está llena de tristes ejemplos en todas partes y momentos, ya sea en las relaciones entre estados, entre las personas o entre instituciones.

Agitadores habrá siempre, porque es cierto que «a río revuelto, ganancia para pescadores».

Cambia el escenario pero la esencia de la agitación y la técnica del agitador es siempre la misma.

Sembrar rencor y poner las reacciones provocadas como acciones que justifiquen el odio y la reacción. Ante este modo de actuar debemos estar atentos y buscar de buena fe a quienes en todas partes siempre procuran actuar de buena fe.

Es imprescindible reconstruir los puentes de comunicación. Los resultados indican que lo hecho no es suficiente, que la forma de actuar es ineficiente y que más allá de lo hecho deben manejarse otras opciones y otros operadores. No importa si en lugar de, o junto a, lo cierto es que así no vamos bien, sino todo lo contrario.

Debiera hablar menos gente del gobierno, tener una voz oficial que no mezcle argumentos y confunda acciones oficiales. La hora requiere de todos mucha seriedad.

Hablando de seriedades necesarias, resulta inadmisible que Uruguay no tenga embajador en España, en medio de la enorme presión del gobierno argentino ante Madrid para perjudicar las inversiones en Uruguay. No tenemos embajador cuando debiera ser uno de los de mayor enjundia y prestigio disponible.

Es inexplicable esta omisión. En medio de la crisis no es posible reservar cargos de este tipo con fines políticos menores.

Uruguay debe designar embajador ante España ya, sin más demora, más allá de la esforzada capacidad de los funcionarios de Cancillería que allí trabajan sin embajador a cargo. No se entiende la razón para dejarnos en inferioridad de condiciones ante una sostenida acción dirigida a perjudicar nuestros superiores intereses nacionales también con la mayor inversión española en Uruguay.

En el momento de la definición por penales, estamos sin arquero. No parece una buena forma de dirigir el equipo de todos. *

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