¿Qué hay detrás de la destitución del general Díaz?

La destitución por parte del Poder Ejecutivo del comandante en jefe del Ejército, teniente general Carlos Díaz, es un tema espinoso, lleno de claros y oscuros, cuya explicación más simple es la de que el militar fue objeto de una jugarreta mediática destinada a que fuera excluido, como no podía ser de otra manera, del cargo.

El presidente Vázquez y la ministra Berrutti, con su medida fulminante, defendieron las potestades institucionales que tienen, haciendo valer en su decisión el ordenamiento jerárquico en que el comandante supremo de las Fuerzas Armadas, que es el Presidente de la República, actúa a través de su ministra de Defensa. Por lo tanto su decisión es impecable y, evidentemente, ante la situación planteada no tenían otro camino que el relevo del militar.

Lo que falta analizar es la razón por la cual el teniente general Díaz, un militar con 40 años de carrera, que conoce todas las reglas de la vida castrense, cometió la gaffe de reunirse con líderes políticos de primer nivel, como lo es el doctor Julio María Sanguinetti, que todavía representa a un buen sector de militares y defiende líneas de conducta concretas dentro de las propias Fuerzas Armadas a favor o en contra de temas de fundamental importancia para la vida institucional del país.

El «asado» con Sanguinetti no fue una reunión con políticos de segundo orden, una «paella» junto a la cual se recuerda el pasado vivido en conjunto, los años en que unos tras las rejas, o en los «aljibes», pagaban en sus cuerpos lo establecido en la doctrina de la seguridad nacional, ese engendro del Departamento de Estado utilizado por nuestros militares, durante el período de plomo, para justificar sus aberraciones contra los derechos humanos.

Por ello hay que razonar y analizar a fondo lo ocurrido. Lo más sencillo es lo que se ha ensayado en algunas tiendas: acusar a los políticos intervinientes en el ágape de haber hecho trascender al semanario Búsqueda la reunión, buscando el efecto que finalmente se encontró, con el fin de sacar del camino al teniente general Díaz, cuya lealtad institucional   más allá de las diferencias ideológicas que nunca ocultó   está claramente probada.

Pero, la «cáscara de banana» también pudo ser puesta al propio gobierno en una maniobra de alguna «interna militar», para que hiciera lo que hizo y, sacando al obstáculo de Díaz, lograba cohesionar al generalato en una posición más dura, menos flexible, y por supuesto colocara al frente del arma de tierra a un hombre con menos lealtades institucionales que las probadas del ahora ex comandante del Ejército.

Además, como veremos, los otros generales sancionados por haber participado en el asado son los más afines a la línea Vázquez de todo el generalato, por lo que parece verosímil la versión dada por Díaz, que la reunión estaba destinada a «sumar y no a restar»

El tiempo será el que mostrará cuál es la verdad, dónde está la razón y quiénes se equivocaron, por más que repetimos lo afirmado anteriormente: desde el punto de vista institucional, al gobierno, luego del conocimiento de los hechos, no le quedaba otro camino que la destitución de Díaz. Mirar para otro lado, silbar bajito y hablar de los niveles de pesca en el Cabo Polonio, solo hubiera deteriorado la imagen presidencial.

De esta manera queda salvada la institucionalidad del país. Lo que hay que detectar es lo que hay en el trasfondo de toda la movida; si la acción fue contra Díaz o si se buscó producir el efecto cataclísmico de su destitución para modificar una correlación interna dentro de las Fuerzas Armadas, para lo cual se colocó al gobierno entre la espada y la pared, sin darle otra opción que la adoptada.

Todas las conclusiones a que se arriben, de detectarse responsables, son de una gravedad inusitada y requerirían, por supuesto, de medidas correctivas inmediatas.

De lo contrario, no ganaría el país, ganarían quienes han maniobrado a favor de intereses subalternos. *

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