Una cuestión de honor y dignidad republicana

Hemos logrado decantar en el tiempo y en el espíritu el debate televisivo de los hijos Rafael y Pedro por los hechos vinculados al asesinato en Buenos Aires de Zelmar Michelini , en particular .Un hijo busca la verdad y la justicia, sin decaer en moral y convicciones. Otro, sale en defensa de un octogenario provisto de una razón tan inequívocamente simple como el amor filial.

En la memoria colectiva y particularmente en el recuerdo de quienes vivieron el enorme trauma aún latente de 1973, desde el Pacto de» Boiso Lanza» en febrero y hasta junio con el decreto 464/973 ,comienzo oficial de la dictadura cívico militar firmado de puño y letra por Juan María Bordaberry, pesa la conculcación de todos y cada uno de los derechos humanos.

No pesará sin embargo del mismo modo en la conciencia de quienes no vivieron esa experiencia y nacieron poco antes y después del 1º de marzo de 1985. En especial de aquellos comunicadores tan afectos a mezclar la farándula con un tema tan sensible como es el de la sangre de los mártires de la democracia. Con ellos no se juega. No se ventila el sentimiento, el afecto y amor filial con un martirologio que ya es patrimonio no de una familia, sino de todos los uruguayos. Integré la Comisión de Homenajes a Zelmar Michelini. Lo hice por afecto a Zelmar Michelini y por el peso enorme que su vida y trágico fin tuvieron sobre la conciencia de mi padre y abuelo, quienes se distinguieron con su amistad. Lo hice también porque sabía que nuestra tarea era sobre todo un aporte para las nuevas generaciones de uruguayos, para que sustancialmente se conociera al ser humano Michelini, por encima de sus consabidas dotes políticas. Mi padre conoció a Zelmar. Le llevó a Suárez y Reyes, a instancias del Presidente Luis Batlle Berres, quien le encomendó la tarea política de contactar para luego conocer al brillante dirigente del Centro de Estudiantes de Derecho.

Mi viejo también, fundador de la Lista 99 en el año 1962 y en 1970 ya adherente al futuro Frente Amplio de 1971, visitó a Zelmar en el Hotel «Liberty», tiempo antes de su calvario y muerte.. El asesinato de Michelini tuvo una motivación netamente política, porque el senador Zelmar Michelini era el principal referente de la oposición a la dictadura, junto a su par Wilson Ferreira Aldunate y al diputado Héctor Gutiérrez Ruiz, ex presidente de la Cámara.

Estaba Zelmar en 1975 y 1976 en negociaciones políticas con Végh Villegas, ministro de Economía del régimen dictatorial, para salir del régimen de facto a la democracia. Esta fue la causa del magnicidio de los legisladores, que se constituyó además en un atentado perpetrado contra el Parlamento Nacional. Resta saber, y de ello debe encargarse la Justicia y no los programas de televisión «chatarra», determinar quiénes fueron los autores intelectuales de este brutal atentado a la vida y la dignidad republicana, donde además fueron muertos Rosario Barredo y William Whitelaw.

Nunca jamás perdió Zelmar su confianza en las instituciones democráticas y en el Estado de Derecho, ni su talante calmo, decidido y optimista, aun con los verdugos controlando todos sus pasos y sabiendo que a una de sus hijas la estaban torturando en las mazmorras dictatoriales.

En 2006 y en medio del cambalache posmodernista , cultura y vorágine de la globalización donde el negocio hace «patria» y prestigia la vida social, la farándula representa la «liberación» envasada en forma televisiva. De allí que la muerte, el martirologio y lo más oscuro del alma humana sean objetos de consumo en las pantallas que llegan a cada hogar.

Mi humilde aspiración, para el futuro y con el solo interés de que la pretensión de justicia se vea satisfecha, es que estos temas se ventilen exclusivamente en las sedes judiciales, porque confieso que me ha resultado repugnante que un hecho tan brutal sea discutido y sustanciado por «marketeros» de audiencia o seudoperiodistas, e hijos que no son quienes deben hacer justicia. No comparto los métodos utilizados, ni creo que este tipo de comparendos le haga bien a la democracia, ni a la propia memoria y respeto que le debemos a nuestros muertos más insignes. *

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