¿Quién es responsable de los problemas del país?

Más de una vez, ante las críticas surgidas desde la oposición, hemos dicho que nada malo hay en el hecho de que los partidos que han quedado en el llano ejerzan su función opositora, y hemos reivindicado su derecho a hacerlo. Entendemos que en un régimen democrático republicano el oficialismo gobierna y defiende su gobierno, y la oposición critica, investiga, desconfía, controla.

Ese juego político clásico, que se da fundamentalmente en el Parlamento pero también a través de las declaraciones que la prensa recoge, es la esencia de la democracia representativa y es saludable para el sistema y para la sociedad.

Por tanto, no debe sorprender ni debe alarmar que blancos y colorados diseñen su estrategia política en función de señalar lo que a su juicio son errores del gobierno, caminos equivocados o decisiones inoportunas. Es así que en los 18 meses transcurridos desde que asumió el gobierno actual, se han producido casi 20 interpelaciones o llamados a sala. Casi todos los ministros han desfilado por los recintos de Diputados o de Senadores para responder a los cuestionamientos de la oposición, a sus dudas, a sus reproches.

El titular de la cartera de Interior ha debido concurrir en reiteradas oportunidades; también lo han hecho el canciller, la ministra de Defensa, el titular del MTOP, el de Economía y otros. Sin dudas, el blanco predilecto de la furia opositora es el doctor José Díaz, a quien la oposición responsabiliza por la falta de seguridad en las ciudades. En estos días la Cámara de Diputados votó una interpelación a Astori para que explique la reforma tributaria, y los líderes opositores Sanguinetti y Larrañaga han anunciado su intención de interpelar al ministro de Educación y Cultura, Jorge Brovetto, por el nombramiento de la fiscal de Corte.

Ahora bien, lo que resulta llamativo, lo que sorprende y asombra es la manera en que los líderes y parlamentarios opositores encaran su tarea. Oyéndolos –y viéndolos– describir, por ejemplo, la situación de inseguridad que vive la población como consecuencia del aumento de la delincuencia, se tendría la impresión de que los partidos Colorado y Nacional son noveles fuerzas políticas recién incorporadas al quehacer nacional, que se han conformado para denunciar y corregir una realidad de la que no son responsables.

Del mismo modo, uno queda perplejo al constatar el énfasis que ponen en el deterioro que exhibe la enseñanza pública, con carencias de todo tipo; cómo se rasgan las vestiduras por una realidad en la que –aparentemente– ellos no tienen arte ni parte: parecería que nunca hubieran estado en el gobierno y que toda la culpa es del actual. No se sabe quién gobernó desde 1830 hasta marzo de 2005.

Y por último, han puesto el grito en el cielo ante la decisión del Poder Ejecutivo de designar interinamente a la doctora Mirtha Guianze en la Fiscalía de Corte. Han hablado de «violación de la Constitución y las leyes», de «desborde»; el doctor Larrañaga no vaciló en afirmar que el Presidente de la República «se mete la Constitución en el bolsillo»; el doctor Sanguinetti, por su parte, anunció que acompañará el pedido de interpelación o que lo promoverá.

En este caso también cabe preguntarse por qué se llegó a esta situación de acefalía en ese cargo tan importante, y por qué el Poder Ejecutivo hubo de apelar a ese recurso para resolver, al menos provisoriamente, el delicado problema. Este tiene su origen en la caprichosa obcecación nacionalista de no otorgar (por razones pueriles) los votos necesarios para la venia solicitada.

Es una práctica que viene de lejos y que es la responsable de que la Corte Electoral y el Tribunal de Cuentas mantengan la integración surgida de las elecciones de 1994 (!).

Los partidos tradicionales deberían recapacitar y, sin abandonar su postura opositora, asumir con modestia sus responsabilidades, dejar de lado mezquinos intereses políticos, y ayudar a construir. *

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