La irracionalidad sigue presente

Los cortes de ruta se realizan con el objetivo de causar daño, y lo logran», ha dicho el ministro de Transporte y Obras Públicas, Víctor Rossi, para referirse a la inopinada acción de los piqueteros de Gualeguaychú y Colón que, en una medida con un enorme contenido agresivo, aplican desde la tarde del viernes cortando el tránsito por los puentes internacionales existentes en Fray Bentos y Paysandú.

Su objetivo, fuera de toda lógica, es que se detenga la construcción de la planta de la empresa Botnia, porque   en definitiva   se sienten partícipes del cambio de ubicación de la obra de ENCE que, al parecer, ahora se ubicaría en los alrededores de Juan Lacaze, lejos de las zonas conflictivas.

Lo que nos abruma a esta altura del devenir de los acontecimientos es comprobar cómo la irracionalidad de unos pocos –que en primera instancia fueron impulsados por el gobierno provincial de Entre Ríos y apuntalados por la demagogia populista de Néstor Kirchner– se puede imponer al raciocinio que debiera imperar en una provincia vecina en que siempre los pueblos intercambiaron experiencias, tradiciones culturales, costumbres y hasta modalidades idiomáticas.

Sin embargo la suma de factores, algunos insólitamente graves como el juego de los intereses turísticos y, por supuesto, los puntuales ya mencionados, han desembocado en una situación de una gravedad inusitada que solo puede ser solucionada por la Justicia argentina, aplicando la Ley, para lo que requiere   evidentemente   el visto bueno del gobierno de Néstor Kirchner, porque ni siquiera los gendarmes de Entre Ríos aparecen dispuestos a cumplir con una decisión judicial que les ordene despejar las rutas de obstáculos.

La obcecación de los grupos de exaltados es sorprendente. Ya no entienden razones de ningún tipo e imponen su absurdo maniqueísmo catastrófico a lo que dicen los consultores, del más alto nivel mundial, que entienden que las procesadoras de celulosa que se levantan en Fray Bentos no contaminarán, que no serán nocivas ni para la flora ni para la fauna. Su dinámica militantista los está dejando solos, utilizando la fuerza de poder cortar las rutas basada en la impunidad que les brinda el gobierno argentino que no se anima a despejarlas, para que se cumpla con lo que es un derecho de todos los ciudadanos, el de poder circular libremente.

Pocas cosas puede hacer Uruguay ante esta inaudita agresión, inopinada y absurda. En Colón cortan la ruta no más de 15 activistas y en Gualeguaychú, foco central de la irracional movilización, algunos cientos en las asambleas, pero que en las rutas se reducen también a una mínima expresión de exaltados y de buenas señoras «gordas» que toman mate y comen pasteles, en una onda cuasi turística, sin advertir, ni ellos ni el gobierno de Kirchner, que por ese camino se están afectando valores fundamentales para las relaciones entre dos países tradicionalmente unidos por una historia común que no pueden desencontrarse porque un grupo de exaltados (quizás algunos bien pagos), quieran seguir agrediendo al Uruguay, no dejando transitar por sus rutas a quienes tienen como destino nuestro país.

Y además, tienen el derecho inalienable a hacerlo. *

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