Cruzados de la libertad
CON ESOS TÃRMINOS designó Gaspar Llamazares a los sobrevivientes de las Brigadas Internacionales que combatieron en la guerra civil española, los cuales concurrieron junto a familiares al homenaje tributado en el Congreso de los Diputados al cumplirse 70 años del inicio de la contienda. Aquellos 35 mil hombres venidos de todos los rincones del mundo escribieron una de las más hermosas páginas de solidaridad entre los pueblos en el combate por la libertad, contra el levantamiento fascista de Franco y en apoyo al gobierno legítimo del Frente Popular. Los cables recogen expresiones vertidas en la conmemoración por Amaya Ibárruri, hija de la legendaria Dolores Ibárruri, y eso disparó todos los recuerdos. Ante todo porque «La Pasionaria» mantuvo toda su vida una amistad entrañable con nuestra compañera, la senadora comunista Julia Arévalo, y con militantes del movimiento feminista uruguayo, varias de las cuales conservaban como preciado tesoro sus fotos con Dolores, cuyo hijo Rubén murió combatiendo en la batalla de Stalingrado.
Los recuerdos se retrotraen a los uruguayos, comunistas y anarcosindicalistas, que fueron a combatir a España. En aquellos años, los nombres de Touyá, Facal (uno de ellos era aviador), Lazarraga, entre otros, eran familiares entre los uruguayos. Varios murieron en el frente, otros regresaron para proseguir su vida militante. Recuerdo en particular al vasco Lazarraga, férreo opositor a Eugenio Gómez, entonces secretario general del PCU, quien declaró lamentar no haber traído un fusil de España para ajustar cuentas con él. Veinte años después era un hombre pacífico y solidario, que venía a visitarnos periódicamente al primer local de El Popular, en Justicia y Lima, cerca de su casa, para aportar su contribución.
En aquel tiempo la solidaridad con la República Española se desarrolló impetuosamente y notable peculiaridad uruguaya- se entrelazó con el movimiento democrático en ascenso en el país que, bajo el lema de «nueva Constitución y leyes democráticas» pugnaba por dar término definitivamente a la dictadura de Terra. Fue la época del formidable mitin de julio, organizado por un conjunto de fuerzas democráticas, de los partidos antidictatoriales y del movimiento popular, que también bregaban en forma mancomunada en apoyo a la España republicana. Ello se expresaba en la ración del miliciano, envío de botas, ropas y tejidos confeccionadas por las mujeres del movimiento de ayuda. Ahí también surgieron las Universidades populares, organismos de artistas e intelectuales, una floración de iniciativas. Recuerdo las fiestas dominicales en el Campo Español, amenizadas por la orquesta de Romeo Gavioli, a los españoles aquí afincados como Venancio Lozoya y Antonio Guardiola, al gallego Rogelio (¿dónde andará?), así como al socialista español Indalecio Prieto convocando a una multitud en el Estadio Centenario.
Entonces los muchachos nos sabíamos las canciones de la guerra civil y las cantábamos por todas partes, lo mismo que las poesías de Miguel Hernández, de Pablo Neruda en «España en el corazón», de Rafael Alberti que se afincó posteriormente en Argentina y cruzaba el charco con frecuencia. En el Canto a las madres de los milicianos muertos dice el chileno: «Â¡No han muerto! Están en medio de la pólvora/ de pie, como mechas ardiendo». Alberti, un recitador incomparable, dedicó un poema a Enrique Líster, jefe de los ejércitos del Ebro, con estos versos finales: «Si mi pluma valiera tu pistola/ de capitán, contento moriría».
Años después, lo conocí personalmente. En un vuelo de Praga a Moscú, nos vaciamos una botellita de cognac francés y me explicó en detalle, con croquis y planos, la defensa de Madrid que estuvo a su cargo. Surgen también recuerdos más próximos. Cuando murió Franco, en 1975, el dictador Bordaberry decretó duelo nacional y el comandante en jefe del ejército del régimen, general Julio César Vadora, concurrió a las exequias, en yunta con Pinochet. Quisiera reproducir al respecto unas líneas de Rodney Arismendi en su trabajo de 1979 «Primavera popular en Nicaragua». Dice así: «Permítaseme detenerme en el caso español, aunque más no sea por la sangre vertida por los comunistas uruguayos en los campos de España y por la ardorosa solidaridad de nuestro pueblo. Entre los delegados y gobernantes llegados a velar a Franco estuvieron dos neófitos del poder fascista, los generales Pinochet y Vadora. En verdad, velaban al más clásico reducto fascista superviviente. Volaba al infierno no sólo el decrépito carnicero condenado hace mucho a esos horrores por el poema de Neruda- sino que en la misma dirección marchaba lo esencial del sistema. Salvado por gobernantes ingleses y estadounidenses cuando el derrumbe de sus padres Mussolini y Hitler, el franquismo sobrevivió a los temporales de posguerra y parecía inamovible. Su caída fue estupor y luto para las flamantes tiranías militar-fascistas de Chile y Uruguay, y celebración optimista para nuestros pueblos». En otro lugar Arismendi señala su amistad con Luigi Longo, principal jefe político y militar de las Brigadas Internacionales, que pasó a ser adjunto de Togliatti en la secretaría general del PC italiano.
Guardé para el final la mención al coronel Juan José López Silveira, el «tape». Este dejó sus cargos en el ejército uruguayo y se fue a pelear a España. Redactó, en una contratapa de Marcha, la más tremenda crónica de la derrota. Describe a los soldados atravesando los Pirineos a pie, helados, con los pies envueltos en papel de diario, para ir a desembocar en Francia… en los campos de concentración. *
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