¿A quién le sirve el "libre comercio"?
«Durante siglos Inglaterra ha confiado en la protección, la ha llevado a sus extremos y ha obtenido de ello resultados satisfactorios. No cabe duda de que debe su fuerza presente a este sistema… Muy bien, entonces caballeros, mi conocimiento de mi país me conduce a creer que dentro de doscientos años, cuando América haya obtenido de la protección todo lo que la protección puede ofrecer, adoptará también el comercio libre». Así respondía el Gral. Ulises Grant, a los diplomáticos británicos que le reclamaban por el «libre comercio».
Los industrialistas yanquis terminaban de aplastar, a sangre y fuego, al sur agroexportador, esclavista y tributario de la industria inglesa. Para compensar la pérdida del mercado norteamericano, Inglaterra se lanza a conquistar el mundo. Para la segunda mitad del siglo XIX, había impuesto a cañonazos el «comercio libre» a Paraguay y el opio a China.
La máquina a vapor multiplicó la producción industrial, su aplicación a los transportes dio al comercio inglés penetración universal. Esa supremacía tecnológica que hace posible un real monopolio industrial global, duraría cuarenta años. Pero esas ventajas se iban diluyendo con la aparición de imitadores del modelo: Estados Unidos, Alemania, Japón. Esto dará origen a todos los conflictos bélicos a partir de 1870, incluyendo las dos Guerras Mundiales.
El monopolio industrial se expande bajo las banderas del «libre comercio». Inglaterra se beneficiará de una diversificada oferta de materias primas y alimentos, imponiendo precios a sus proveedores, dominando todas las ramas del comercio internacional, fabricación, transporte y seguros. La propuesta de «libre comercio» se funda en la supremacía tecnológica de una de las partes. La promesa de Ulises Grant se comienza a cumplir, en el marco de un nuevo salto tecnológico, ahora liderado por su nación. Es posible hablar de «libre comercio» cuando la brecha tecnológica genera un virtual monopolio industrial. Hoy la oferta industrial va cediendo paso al conocimiento empaquetado por patentes. Es allí donde se plantea la lucha por el mentado «libre comercio». Allí donde no hay competencia posible y las ventajas son todas para la posición dominante.
En las sociedades integradas, la ocupación industrial se respalda con desarrollo agrario interno. La industria de las patentes de transgénicos, y de todas las tecnologías agropecuarias exportadas, compensan largamente todos los subsidios agrícolas invertidos. Las sociedades industriales han aprendido a valorar el papel de la autosuficiencia alimentaria en un mundo superpoblado. Por ello sus estados reinvierten la renta industrial, captada con sus impuestos a las rentas, en respaldo a sus productores de alimentos y materias primas básicas. Con ello no hacen más que sostener a toda la cadena industrial que procesa y distribuye esa producción en lo interno, con lo que se garantiza la profesionalización de los productores agrícolas y la estabilidad social.
Aún, los excedentes, cuando superan las reservas de seguridad alimentaria, sirven para mantener deprimidos los precios internacionales, con lo que alejan de sus mercados a posibles competidores externos. Aún pueden hacer «filantropía» con los excedentes, como lo hacían con la ley 480 en la década del sesenta, bombardeando a países autosuficientes en trigo, como Uruguay y Argentina. Los aranceles a nuestros productos sirven a su política; como recurso fiscal, sostienen los precios internos. Las ampliaciones de cuotas se utilizan políticamente, verdadero chantaje para el logro de ventajas comerciales en nuestros mercados internos.
Rebajas arancelarias, proteccionismo tecnológico, etc. Por lo tanto las cuotificaciones son el suplicio al que someten a las claudicantes oligarquías monoproductoras de nuestra América, y sus políticos no han hecho otra cosa que engrasar la cuerda con que se ahorcan… A falta de rentas industriales externas, nuestros estados no tienen otro recurso que gravar las exportaciones de «comodities», detracciones, para ser reinvertidas en el salto tecnológico y productivo generando ocupación industrial viable en nuestros países. Pretender pagar nuestras importaciones, tecnologías, servicios financieros, con «comodities» desvalorizados es de tontos irresponsables. Es apostar a la esclavitud de nuestros pueblos.
Las continuas cantinelas de los funcionarios, clamando contra el proteccionismo agrícola norteamericano o europeo dan pena. ¡Es un verdadero desatino, un agravio a la inteligencia de los pueblos, el pretender que los otros desarticulen sus economías en nuestro beneficio! ¡Pedirles a ellos que se mal gobiernen como lo hacemos nosotros, haciendo doctrina de las charadas de sus publicistas de exportación!
Alucinados por la demagogia tecnocrática liberal, no hacemos otra cosa que «patear en el clavo», una y otra vez, quejándonos de los subsidios agrícolas del norte. *
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