Necesario debate educativo

Las voces opositoras o más bien los altisonantes gritos, dejan caer sus misiles antiprogresismo por doquier y no se salva el debate educativo al que calificaron de «fracaso».

Pasando por alto la liviandad de adjetivar negativamente un encuentro de ideas que aún está en proceso, quiero destacar dos cosas solamente de las muchas que tiene de bueno esto de reunirnos para intercambiar idiosincrasias, perfiles, posturas o como quieran llamarle, las distintas comunidades culturales o grupos humanos que existen en nuestro pequeño gran país, nucleados en diferentes ámbitos y bajo el común denominador de ser ciudadanos. Con esto digo que lo que pase en el tema educación como en otros tantos intríngulis del devenir uruguayo nos compete a todos, y la tarea de construir una nación no se agota con el sufragio quinquenal.

Lo que ocurre es que a algunos, acostumbrados a manejar arengas convencedoras en las campañas, y a que los electores ponían el voto y se iban para la casa a quejarse en familia o a resignarse a esperar otro lustro, les cuesta entender que eso ya fue. Es manejable la pasividad social que mantiene en distancia casi monárquica al Estado inalcanzable y eso fomentaban.

El Frente Amplio ganó porque la gente estaba harta de balconear y la participación no se agota. La participación recién empieza y aún no tiene costumbre de ser llamada.

La intervención de las personas comunes en las instancias decisivas del quehacer político local, apenas comienza en Uruguay. Es por eso que tal vez la respuesta es tímida y nos cuesta entender que nos buscan para incidir. Es el típico e incrédulo «¿te referís a mí?». La contra intenta contaminar además con aquello de que «nosotros debatimos, ustedes deciden». También eso ha funcionado como forma de desestimular el diálogo y truncar la emergencia de iniciativas que nunca serán estériles luego de vertidas.

Si bien la democracia indirecta tiene preestablecidos los mecanismos de participación popular en materia legislativa, es imprescindible poner a la gente a pensar sobre las posibles soluciones a sus necesidades, sus aspiraciones e ideas de mejor vivir. Máxime en un asunto fundamental como es la educación. El resultado del discurrir intelectual de los anónimos suele ser materia prima de absoluta fidelidad y sabiduría a la hora de moldear normas jurídicas. Incontestables expertos en las propias vivencias, ávidos muchas veces de susurrar ideas al oído de un representante de gobierno, los habitantes de este país carecíamos de interlocutores para nuestro «decir» ciudadano. Hoy el gobierno nos brinda la posibilidad de ser escuchados.

Se ha dicho claramente que el congreso próximo reunirá todas las propuestas y sus articuladores, para lograr las sugerencias consensuadas que finalmente serán el gran aporte de la sociedad a una eventual -y esperada- nueva ley de educación, dirigido a los legisladores que tendrán la responsabilidad directa de implementar un proyecto y luego de votar una ley. La Comisión organizadora tiene ya varios cientos de documentos y eso en sí mismo es un mensaje de necesidad. ¿No lo escucharán los parlamentarios? ¡Claro que sí! Se verán obligados. Entonces desde todo punto de vista este debate es sano, y criticarlo solo habla de los que nunca tomaron la molestia de preguntar, antes de decidir mesiánicamente arruinar el país y su diversidad cultural.

Expresarnos libremente sobre la educación que queremos para nosotros mismos tiene todo de bueno así sólo sea por la confrontación de conceptos que de por sí es provechosa.

La maquinaria no está aceitada. No estamos acostumbrados a que nos tengan en cuenta para decidir por eso cuesta engranar. Pero tenemos lo fundamental: el entusiasmo de ser actores principales de un cambio radical en las políticas de Estado, que incluyen la inclusión, valga mil veces la redundancia, como prioridad en materia de pueblo.

¡Salud, debate educativo! *

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