El Ché
TODOS LOS AÃOS por estas fechas se renueva la evocación del Ché Guevara, asesinado en Bolivia hace 39 años, el 8 de octubre de 1967. Está bien que así sea. El Ché es una de las máximas figuras revolucionarias de nuestra época. Es de los hombres que hacen la historia. Y es, por sobre todas la cosas, un referente ético insoslayable.
Recuerdo perfectamente aquella tarde del inicio de la primavera, cuando comenzaron a afluir a la redacción las noticias de su muerte, primero imprecisas y dolorosamente confirmadas a poco andar. Seis años antes yo lo había conocido en un extenso mano a mano en el Hotel Playa de Punta del Este, cuando llegó al Uruguay para participar en la conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES, dependiente de la OEA). Fue el 7 de agosto de 1961, en la víspera de su intervención inicial en la reunión, en la que enfrentó directamente al delegado norteamericano, el secretario del Tesoro Douglas Dillon. Hace poco reapareció la foto publicada por El Popular en esa instancia, cuando el gallego Aurelio González recuperó los rollos que permanecieron escondidos en el edificio de 18 de Julio y Río Branco (hoy Wilson Ferreira Aldunate) desde el golpe de estado de 1973. Está el Ché hablando de pie, en un gesto muy característico, yo tomando notas y el veterano periodista Hernán Píriz escuchando con atención. El hijo de éste (que falleció en el exilio en Bulgaria, lo mismo que Armando González, el escultor) guardaba esa foto como un tesoro.
Uno de los mayores privilegios de mi vida es haber conocido al Ché en esa circunstancia y en los trágicos sucesos posteriores, y lo mismo puedo decir de mis entrevistas con Ho Chi Minh, en Moscú y en Hanoi cuando la agresión norteamericana de 1965.
Páginas memorables de la pluma de Ernesto Guevara esbozan una teoría y una concepción general de la revolución cubana. En carta escrita a Fidel Castro en la Sierra Maestra, un año antes del triunfo revolucionario, señalaba «la posibilidad de la lucha armada apoyada por el pueblo» y de «llegar al poder por una lucha armada multitudinaria». (En esa misma misiva, del 6 de enero de 1958, se encuentra esta expresión: «Ya lo decía Lenin, la política de principios es la mejor política»). Pocos años después, polemizaba en artículo publicado en la revista Verde Olivo contra quienes consideraban que la revolución cubana recorrió un camino único e irreproducible. Y sin amenguar su significación al contrario, ubicándola como «el acontecimiento cardinal de América», y en el plano mundial como el que sigue en importancia a la revolución rusa, a la victoria antinazi en la segunda guerra y a la revolución china- concluía que «la revolución cubana ha contado con factores excepcionales que le dan su peculiaridad y factores comunes a todos los pueblos de América que expresan la unidad interior de esta revolución». En dicho análisis encara con notable madurez subrayada por el momento histórico y la experiencia todavía fresca de la Sierra Maestra- la posibilidad de utilizar la vía no armada, tema desarrollado en su célebre discurso en la Universidad de Montevideo al término de la reunión del CIES, precisamente. De alguna manera allí el Ché vislumbraba la nueva América Latina que hoy está alumbrando.
En esa época desempeñaba el ministerio de Industrias, tras un pasaje por la presidencia del Banco Central. Sobre los temas de la economía redactó trabajos de gran importancia desde el punto de vista del marxismo, concebido con un criterio profundamente renovador. «Todo nuestro esfuerzo está destinado a invitar a pensar, a abordar el marxismo con la seriedad que esta gigantesca doctrina merece», decía en carta a José Medero Mestre. Cuenta Arismendi en alguna parte que se encontró con el Ché en una madrugada en el Ministerio, con El Capital sobre su mesa de trabajo. En relación con estos temas desarrolló el Ché discusiones de alto nivel, como por ejemplo con Charles Bettelheim, director de las Ecoles de Hautes Etudes de la Sorbonne, que enriquecen y procuran actualizar las concepciones del marxismo. Algunos de esos trabajos y las notas respectivas fueron exhumados muchos años después, por razones inexplicables. Por ejemplo, los materiales que integran la compilación organizada por uno de sus colaboradores, Orlando Borrego, recogidas en el libro «Ché. El camino del fuego», publicado recién en 2001. Por esas fechas me ocupé de ese volumen de 432 páginas, en el cual se transcribe íntegramente el breve prólogo, de pluma y letra del Ché. Ese texto estaba destinado a explicar los objetivos de un libro de Economía Política que el Che se proponía escribir (proyecto que quedó trunco), en crítica a las concepciones de los manuales soviéticos en circulación.
La idea central que vertebra esos escritos, de la cual se derivan múltiples consecuencias teóricas y prácticas, es el papel decisivo de los estímulos morales y de la conciencia en la construcción del socialismo y en la formación del hombre nuevo.
El mismo Ché es la encarnación de ese hombre nuevo. En sus conceptos y en su acción revolucionaria. De Guatemala a Cuba, del Congo a Bolivia, en el corazón de nuestra América. Así lo ve el imaginario colectivo, así lo sienten los muchachos y muchachas que en todo el mundo siguen llevando su imagen sobre el pecho. *
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