Ni vencidos ni vencedores
El anuncio efectuado por el presidente Vázquez el pasado jueves 28, en el sentido de que no habrá Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, sacudió al sistema político y a la opinión pública.
Tonto sería minimizar el anuncio de una decisión como esa, pero entendemos que el asunto tampoco merece la alharaca que se desató. Los dirigentes de la oposición política expresaron su rechazo a la decisión, volvieron a criticar al gobierno y lamentaron amargamente la no concreción inmediata del tratado, alertando sobre catástrofes varias como consecuencia de ello. Los titulares de prensa, por su parte, reflejaron –y muchas veces fomentaron– el asombro, la sorpresa, el desconcierto; e inmediatamente hablaron de un supuesto triunfo de los radicales o de una derrota de los moderados. Creemos que no hay tal; y que si se quiere ver en ello el resultado de un enfrentamiento, digamos más bien que se trató de un triunfo de la sensatez y la prudencia, y una derrota del fundamentalismo neoliberal.
Nadie discute la imperiosa necesidad de producir más y vender más; es una premisa elemental, casi perogrullesca, cuando se pretende crecer económicamente. Aumentar las ventas al exterior, abrir nuevos mercados, son metas que comparten todos los partidos.
Sobre eso no caben dos opiniones. El problema se plantea cuando se trata de determinar los medios idóneos, los caminos apropiados para llegar a dicha meta. Desde que se planteó la posibilidad de firmar un TLC con EEUU, aparecieron dos posturas. Prescindiendo de aquellos que se opusieron de un modo irracional e intransigente, basados más que nada en consignas y eslóganes, hubo quienes entendieron que dicho acuerdo era la gran oportunidad de ampliar el intercambio comercial con el mayor mercado mundial y, por otro lado, quienes advirtieron y señalaron los riesgos que un tratado de esas características supondría para sectores importantes de nuestra economía.
A comienzos de agosto, el doctor Vázquez había expresado: «Quien encara las relaciones comerciales entre países con actitud mercantilista pura, con soberbia o de manera mendicante, o crea que los negocios para ser buenos tienen que ser turbios se equivoca. Como también se equivoca quien, en nombre de los principios cree que el comercio es un asunto de ideología. Se equivoca o desconoce el mundo en que vive». A partir de entonces, se procesó una polémica enriquecedora en la que partidarios y adversarios de un TLC expusieron con claridad sus puntos de vista.
Se dio de hecho un debate informal –que no se ha agotado aún–, que tuvo la virtud de permitir a la ciudadanía comprender los alcances de esa apertura comercial, sus ventajas y sus inconvenientes. Todos los técnicos –economistas, fundamentalmente– que analizaron el eventual acuerdo comercial con EEUU plantearon la necesidad de desmenuzar detalladamente ciertos aspectos concretos.
Independientemente del riesgo que un acuerdo bilateral traería aparejado para las relaciones dentro del bloque regional al que pertenece el país, las objeciones más serias planteadas por quienes se oponen a un tratado inspirado en el modelo peruano apuntan a tres aspectos fundamentales: el problema de las compras gubernamentales, el de la propiedad intelectual y el de los servicios.
En lo que refiere a las compras gubernamentales, el «modelo peruano» de TLC amenaza seriamente a nuestras pequeñas y medianas empresas, que quedarían desprotegidas y deberían enfrentar la competencia extranjera.
Las limitaciones impuestas por las exigencias en materia de propiedad intelectual, a su vez, amenazan la innovación nacional y podría verse perjudicado el acceso de la población a medicamentos genéricos.
Y finalmente, el tema servicios es otro problema que puede plantearse y afectar la economía uruguaya por cuanto la liberalización es una perspectiva cierta que conlleva un riesgo serio.
Evidentemente, estas objeciones han pesado más que el aumento de la cuota de carne, y han llevado al gobierno a elegir la «vía lenta» para llegar a un eventual acuerdo con EEUU.
La decisión gubernamental no implica cerrar los caminos para incrementar el comercio. El tratado no ha sido desechado, sino que se han prolongado los plazos de manera de lograr un acuerdo que no conlleve los previsibles perjuicios que supone el modelo peruano. *
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