Legislar para acompasar los cambios sociales
En general, este sistema de insumos, procesamientos y resultados que parece tan complejo cuando se describe; en realidad funciona de forma natural y continua; que provoca un efecto continuo de retroalimentación (feedback) en la que el sistema político y los demás sistemas interactúan e influyen permanentemente entre sí.
Esta especie de «círculo virtuoso» le otorga una gran fluidez y capacidad de adaptación al sistema democrático y sus subsistemas, del cual el político es uno. En ocasiones, esto permite que el sistema político incluso se pueda adelantar a las demandas sociales y las procese antes de que surjan como insumos.
En Uruguay, un ejemplo clarísimo de ese vanguardismo del sistema político fue el primer Batllismo y su actividad legislativa en materia económica y social, que se adelantó en muchos años al resto del continente y otros países occidentales en la creación de una sociedad moderna y progresista; que derivó luego en la instauración de un mito casi fundacional que transformó en estructura inamovible e indiscutible los logros de un movimiento político que pretendió ser más vanguardista y mutable que ideológico y permanente.
Y ambos proyectos de ley tienen carácter vanguardista. Es más híbrido en el caso de la ley de uniones concubinarias, y más claro en el caso que excluye de las honras fúnebres a los ex dictadores; ya que busca evitar la posibilidad de que surja un conflicto social cuando Bordaberry y el «Goyo» Alvarez fallezcan, y según la ley vigente se les deban rendir homenajes como ex Presidentes de la República. Por ello, el proyecto se plantea la modificación del Decreto Ley 14.458 de 1975 (precisamente de la propia Dictadura) y que se repita el caso de las honras que en cumplimiento de la misma debieron tributársele en 1988 a Aparicio Méndez.
Más complejo es el caso del proyecto que regula a las uniones concubinarias.
Por un lado, implica el reconocimiento formal de una realidad social que ya hace tiempo existe por la vía de los hechos, como son los nuevos arreglos familiares, alejados de la típica familia nuclear legalmente constituida mediante el matrimonio.
Hoy en día, las uniones libres son absoluta mayoría entre las parejas mas jóvenes, y también son más comunes entre parejas cuyos integrantes provienen de matrimonios disueltos anteriormente. Y son uniones que hasta el momento no se encontraban formalmente reconocidas ni reguladas desde el punto de vista legal; generándose de esta manera un vacío inexcusable e incomprensible por parte del sistema político.
Basta recordar que más del 50% de las parejas de menos de 30 años actualmente conviven en uniones libres, y que el año pasado el número de divorcios superó al de matrimonios, y que si sumamos a las uniones libres los hogares mono-parentales y los «extendidos», entonces, estas nuevas formas familiares son mayoría absoluta frente a la familia nuclear «tipo».
Entonces, desde este punto de vista, el proyecto que votamos la semana pasada es simplemente reconocer un hecho social largamente existente, y regularlo para no generar situaciones de inequidad y desamparo social.
Distinto es el aspecto que implica reconocer también a las uniones de parejas homosexuales. Basta ver que fue el que más resistencias levantó en su discusión parlamentaria, y los artículos que contaron con menos votos, son aquellos donde se reconoce y regulan dichas uniones.
Los argumentos en contra se centraron en la supuesta inconstitucionalidad de reconocer a dichas uniones debido al artículo 40 de la Constitución que sostiene que: «La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad».
Es una interpretación bastante sesgada del texto constitucional y de lo que entiende por «familia». Claramente, la Constitución no especifica qué se entiende por ese concepto, y es algo muy sabio, ya que los conceptos y los paradigmas son temporales; se modifican y adaptan a las sociedades y sus tiempos.
En su libro «La 3ª Ola», Alvin Toffler nos demuestra cómo el concepto de «familia» cambió hace unos 300 años debido a los profundos cambios sociales, culturales, políticos y económicos que implicó la Revolución Industrial; y al cambiar el concepto, cambia la cantidad de sus integrantes, las relaciones entre los mismos, los lazos que los unen, etc.
Actualmente, estamos en una época de nueva redefinición del paradigma de la familia. No se trata de negar a la vieja familia nuclear, creo que debemos incorporar los nuevos arreglos familiares, sin excluir a ninguno, sin negar la tradición.
Debemos actualizar y flexibilizar nuestros conceptos y categorías mentales, y cuanto antes mejor, porque si no, la propia lógica de los hechos nos obligará a hacerlo o simplemente nos pasará por arriba… como en parte nos sucede actualmente al ver los datos de madres solteras, de concubinatos, de hijos nacidos en uniones libres, etc.
Aunque los textos se nieguen a reconocerlo, aunque en el Parlamento haya quienes insistan con el artículo 40 y su interpretación clásica de la familia; en los hechos, ya se ha producido ese cambio de paradigma al que me referí; la pregunta es ahora si retomando a Almond y Powell- tendremos la suficiente capacidad como para procesar y dar una respuesta satisfactoria a los insumos provenientes de la sociedad.
Es el compromiso de esta fuerza política y de su gobierno evitar situaciones que sigan generando inequidades, exclusiones y postergaciones entre sus ciudadanos, porque eso afecta el tejido social y nos cuestiona como comunidad, como proyecto de nación; y es también por eso, que debemos reparar y revertir situaciones de profunda injusticia y que puedan lacerar nuestra sensibilidad. *
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