La lección de Quebracho

Llegábamos a Quebracho. Muchas túnicas blancas y moñas azules, niños con banderitas en mano que ruidosamente nos tributaban una calurosa recepción. Mi vieja vocación por la historia, mi pasaje por el querido Instituto de Profesores Artigas, me llevó a 120 años atrás, cuando Quebracho fue testigo de la rebelión protagonizada, al decir de Jorge Otero Menéndez, «por lo mejor de nuestra juventud» contra lo que los dictadores de la época definían como el gobierno «del coraje». Un autoelogio ridículo. El payaso de turno era Máximo Santos.

En la mañana, durante la reunión del Consejo de Ministros, habló el Presidente y también los ministros de Vivienda y Ganadería, el intendente de Paysandú, los que informaron profusamente sobre sus carteras, enriqueciendo la visión sobre las mismas.

Quiero rescatar lo sucedido en la tarde, al igual que en todos los consejos anteriores realizados en el interior del país. Los ministros y subsecretarios presentes escuchamos a aquellos que generalmente no tienen acceso a las cúpulas gubernamentales y que arrastran sus dramas diarios luchando por la subsistencia, embarrados hasta los tuétanos en la muchas veces desmotivante realidad, y que generalmente hablan lenguajes diferentes a los hombres de gobierno. Algo de lo que contaba, creo que simbólicamente Eduardo Galeano: «oír y contar es una práctica tan vieja como el hombre». «Cuando Pizarro llegó al Perú, más de quinientos años atrás, le regaló una biblia al cacique Atahualpa. Éste se la llevó al oído y dijo: ‘no suena’. Para el viejo líder indígena, la historia no pasaba por los ojos sino por los oídos». Percepciones y vidas diferentes. Lo mismo sucede en este país fuertemente centralizado, en el que la distancia entre capital e interior es mucha, y en el cual generalmente, los gobernantes son visualizados como ajenos al interior profundo.

Es que muchas veces el sistema político, llevado por las propias circunstancias de la vida política se aleja de la realidad, y es visualizado por la gente de pueblo como algo acartonado. Estos Consejos de Ministros realizados en el interior contribuyen al desacartonamiento del mismo, esto es, a comprender, gobierno y pueblo, que el gobernante es un uruguayo más, simplemente que con responsabilidades diferentes.

El viejo fenómeno griego del ágora, donde los ciudadanos ejercían en asamblea la democracia directa, discutiendo e informándose de todo, a diferencia de este modernismo que nos invade día a día, hora a hora, medios de comunicación mediante, que informa y produce valores que nadie sabe de dónde salen y dónde se discuten y que se imponen como valores culturales predominantes. Para jóvenes, viejos y otros, que muchas veces no tienen a quien contarle sus dramas, que personajes como el propio Presidente de la República y sus ministros, acartonados para muchos, sean accesibles al relato de sus problemas y en su propio pueblo, es un hecho histórico imborrable, desde el punto de vista político y humano. Estas cosas no son noticias, pero sí son hitos esenciales para los que visten túnica y moña, y para los que esperan pacientemente la llegada de los hombres de gobierno para plantearles sus problemas.

La última entrevista que tuve en Quebracho fue con un representante de una institución preocupada por los jóvenes: alcohol, droga, violencia. Solicitó ayuda para luchar contra ello, junto a otros. Visualizaba dicho flagelo, no en sus causas individuales ni en la falta de seguridad, sino como consecuencia de años de falta de políticas sociales que dignifiquen y hagan creíble la vida de nuestra juventud, que los aleje del fenómeno en cuestión o del desarraigo de la emigración. ¿A quién más podía acudir sino al gobierno, que estaba en su pueblo además?

Esto fue lo que, entre muchas otras cosas, nos dejó nuestra visita a Quebracho. Como antes lo fue Villa Soriano, Zapicán, Salto, Bella Unión, etc. *

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