Algo está cambiando
Concomitantemente con el crecimiento electoral experimentado por las fuerzas de izquierda en los últimos tiempos, ha venido produciéndose un hecho también destacado por los analistas pero aún no suficientemente explicado: la notoria merma verificada en el impulso de militancia de sus integrantes, así como una cierta pérdida de la capacidad de convocatoria de la dirigencia encuentrista. Algo de ello pudo apreciarse en oportunidad de los intentos de convocar a plebiscito contra el artículo 29 de la Ley de Inversiones primero, y luego contra el Marco Regulatorio de UTE. En ninguno de los dos casos se logró el número de voluntades requerido para que esas normas fueran sometidas al veredicto del cuerpo electoral. De manera que, por un lado, se verifica el crecimiento espectacular del EP-FA que se convirtió en la primera fuerza electoral del país e incluso estuvo a punto de acceder al gobierno. Y por otro, la contradicción que significa la falta de movilización de sus votantes. Hay quienes sostienen que esta contradicción forma parte de una «crisis de crecimiento» que relegó a un segundo plano el fervor militante de una fuerza política aceptada por la sociedad y a la que adhiere más de un 40 por ciento del electorado.
Quizás este fenómeno debiera integrar los temas de la discusión que, a propuesta de Vázquez, se proponen encarar las fuerzas progresistas en el mediano plazo. Obviamente, las condiciones (objetivas y subjetivas), la realidad nacional y la coyuntura internacional de globalización del sistema económico-social que emergió como triunfador luego del derrumbe del «socialismo real», presentan notorias diferencias con la situación imperante en la década de los sesenta y primeros años de los setenta.
Tampoco el movimiento sindical tiene la fuerza y el espíritu combativo de otrora, y es así que insensiblemente muchos gremios van resignando conquistas y renunciando a reivindicaciones.
Ahora bien, así las cosas, el «eje» de la militancia parece haberse desplazado hacia otro tipo de organizaciones no convencionales, formalmente ajenas a las estructuras políticas o sindicales clásicas. A poco que uno se detenga a observar a los protagonistas de las protestas que cada tanto se formalizan en el país, podrá advertir la presencia de grupos religiosos, de organizaciones barriales, de militantes sociales e incluso de gremios empresariales.
La «Marcha de los ñandúes» que tuvo lugar el viernes pasado obedeció a una convocatoria del movimiento cooperativo nucleado alrededor de Fucvam y del Sunca.
Es cierto que la dirigencia de los cooperativistas de vivienda ha asumido desde siempre una postura combativa en la medida en que ha cuestionado fuertemente el modelo económico aplicado desde la época de la dictadura; y también es cierto que en los años de plomo fue un bastión de resistencia de gran peso. Pero no deja de llamar la atención que sea una organización social como la que agrupa a los cooperativistas de vivienda –que no es una fuerza política ni un sindicato– uno de los abanderados más visibles en las movilizaciones contestatarias del modelo.
Junto a Fucvam y a algunos sindicatos como el Sunca, es imposible no consignar las movilizaciones y protestas de corporaciones que hasta no hace mucho tiempo expresaban sus reclamos directamente en los despachos ministeriales.
Cuando nos enteramos de los cabildos abiertos y de las protestas en varios puntos del Interior, donde aparecen mancomunados asalariados, empresarios y comerciantes –sin hablar de las manifestaciones de los productores rurales– tenemos que entender que la sociedad está encontrando otras vías de canalizar sus aspiraciones.
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