Los hermanos Gomensoro y el mandato ético de Emilio Frugoni

En la permanente búsqueda de una sociedad más justa, el socialismo es la lucha de lo humano contra lo inhumano y la más difícil y hermosa tarea de ir moldeando «el hombre posible», como lo caracterizara el socialista español Fernando de los Ríos. Acaso el que encarnó Emilio Frugoni. Principios que desde su niñez fueron trasmitidos a los hermanos Gomensoro.

Dos años atrás aparecieron los restos de Roberto Gomensoro, el primer «desaparecido» en manos de los militares criminales. En esa ocasión rendimos un breve homenaje a «Tito», que con su sangre generosa, le decía silenciosamente al país empobrecido, hasta qué extremos llegaba su amor por el desplazado social. Hoy, es identificado Huguito Gomensoro, cuyo cuerpo apareció flotando en el Río de la Plata, víctima de la «Internacional del terror», que constituyó el «Plan Cóndor». En consecuencia, la ciudadanía espera y reclama justicia y castigo a los culpables para los esbirros criminales actuantes en los asesinatos de dos jóvenes ejemplares.

Hace muy poco tiempo, en un acto de homenaje, recordatorio de la imborrable figura de «Tito» Gomensoro, nos correspondió a quien esto escribe y a Carlitos Graña (el entrañable compañero y amigo del «Ã‘ato» Huidobro y Mujica) hacer una semblanza de quien fuera nuestro amigo inseparable desde la niñez.

Algo debí decir -obviamente- ante el simbólico recuerdo. Si la muerte lo intentó borrar del todo, completando la obra fatal comenzada por sus insanos criminales, hoy la muerte nos lo restituye paradojalmente en la plenitud de su ser. El compañero, el amigo, el luchador social recobra en la obra viva y en la historia de su pueblo, su presencia inamovible. Porque no es un muerto el recordado, es un inmortal el que evocamos.

Las sombras y las inclemencias siguieron creciendo por un gobierno que pretendía aterrar y entigrecerse. En su brutal omnipotencia creían que sus compañeros y amigos no podríamos realizar un modesto acto para que en él resonara la batalla que continuaba. ¡Qué miedos infundían ciertos muertos! Pero no intuían que muchos nos acercaríamos a sus tumbas, no a inclinarnos como conciencias muertas a la verdad. Iríamos a recibir erguidos la luz de su mensaje. De sus tumbas, ahora, surgen y se levanta una aurora.

Nuestros espíritus se abatían como si la muerte que nos había arrebatado a uno de los mejores entre todos nosotros, soplase sobre él a manera de un viento de tempestad para deshojarlo de flores y dejarlo por un instante sin tumba. Carlitos Graña se encargó de recordar su relación con Huguito, con quien había compartido parte de su exilio en Buenos Aires.

Suele decirse que los grandes hombres son como las montañas, que sólo mirándolas desde lejos nos entregan la percepción cabal de sus dimensiones geográficas y la impresión poderosa de su verdadera magnitud. Pero tratándose de hombres como nuestros éticos, leales, bondadosos y afectivos «Tito» y Huguito Gomensoro, uno recuerda esas montañas cubiertas de espléndida vegetación, cargadas de maravillosos paisajes, con fuentes murmurantes, que corren con indisimulada alegría hacia el valle, con sorpresas inigualadas, con cascadas transparentes que parecen representar el propio cielo: este sueño recreado no es de fantasía. Lo descubrimos gracias a «Tito», en la Sierra de las Animas y en los «Pozos Azules». Allí, la austera fisonomía del luchador, inflexible y permanente frente a la corrupción, a la pobreza, a la ambición individualista, y en su batalla de todos los días contra los inescrupulosos y los gobernantes que deshonraban la patria, queda presente pero como atesorando un cuadro íntimo, cuando nos acercamos a él confidencialmente, sobre todo cuando podíamos penetrar en la intimidad de su vida tan pura, en la que entre sus fundamentales preocupaciones, entre las comprometidas actividades de su vida militante, existía sitio suficiente para su hermosa ternura y su entrega de cariño fraternal para el hermano que lo precisara.

Miguel de Unamuno ha dicho alguna vez que todo español lleva dentro de sí un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació, y que vendrá un día en que todos esos hombres muertos se pondrán de acuerdo para elegir una hora y levantarse masivamente. Pero esto ocurre no solamente a los españoles, sino a todos los hombres del mundo. Por eso la misión de «Tito» y Huguito será precisamente la de un gran despertador de ese hombre muerto y colaborarán además a despertar a ese hombre que no ha nacido aún y no ha tenido tiempo de morir. Y así, millares de ciudadanos harán sentir brotar a ese hombre que, despertando, ha tenido tiempo de morir.

Y así, millares de ciudadanos harán sentir brotar a ese hombre, que despertando, despierta en sí, esa nueva conciencia. Como resultado, el número llamativo de los hombres nuevos, enterrarán para siempre el cadáver de la tradición reaccionaria e insolidaria de los hombres muertos; no quedando en la tierra ni el más mínimo vestigio de los asesinos dictadores que no hubieran deseado que ningún hombre resucitara. *

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