Desigual distribución del ingreso

Recientemente, autoridades de algunos organismos multilaterales de crédito han advertido –o no han tenido más remedio que reconocer– que, a pesar del crecimiento económico que se verifica, la situación de pobreza se mantiene. Aquella premisa del neoliberalismo de que primero correspondía hacer crecer la torta para luego repartirla encuentra dificultades para cumplirse. Aumenta el PBI pero la distribución del ingreso sigue siendo escandalosamente injusta.

Ante esta realidad, el discurso de los amigos del establishment recomienda mejorar, modernizar, poner a punto la enseñanza de manera de combatir la pobreza por medio de una preparación más adecuada de los jóvenes que les permita prepararse en oficios y profesiones con los cuales acceder a puestos de trabajo mejor remunerados.

Estamos de acuerdo con que la mejora en la redistribución del ingreso no debe buscarse únicamente mediante políticas asistenciales, y consideramos plausible que desde el Mides se esté elaborando un nuevo plan, no ya «de emergencia» sino «de equidad». Y aunque es preciso adecuar la enseñanza a los tiempos que corren, nos parece oportuno hacer un llamado de alerta sobre ese énfasis en una modernización de la enseñanza que la limite al aprendizaje de ciertas destrezas en detrimento de la formación integral del individuo.

Está en marcha el debate educativo, esto es, el intercambio de ideas, de iniciativas y de propuestas para proceder a una reforma del sistema.

Sin duda, la enseñanza en nuestro país ha venido sufriendo un deterioro cada vez más pronunciado que llevó a los uruguayos de ser uno de los pueblos más cultos del continente a un lugar rezagado en el concierto internacional. Señalar esta realidad se ha vuelto casi un lugar común, y desde hace ya un buen tiempo es posible oír voces que reclaman una modernización de nuestra enseñanza, una puesta al día o un «aggiornamento» de las metas y los medios que permita adecuarnos al mundo globalizado.

Sobre el punto parece haber consenso. No obstante, aparecen las dificultades cuando se trata de definir qué se entiende por «modernización». Desde los años sesenta del siglo pasado, se verifica una corriente de opinión que apuntó sus baterías contra una enseñanza excesivamente libresca que no preparaba convenientemente a los jóvenes para su inserción laboral. Se reprochaba al sistema el hecho de atiborrar al educando de conocimientos prescindibles, inútiles para obtener un puesto de trabajo. Un poco más cerca en el tiempo, con el desarrollo de la informática, con la revolución tecnológica y con el predominio cada vez mayor de la lengua inglesa en todo el orbe, los voceros del pragmatismo empezaron a reclamar que se otorgara mayor importancia a esas áreas. Fue así que la modernización de la enseñanza se centró en incorporar ordenadores a las escuelas, en enseñar inglés y en promover el dominio de la moderna tecnología.

No está mal, pero con eso no alcanza. Y sobre todo, hay que evitar el peligro de confundir el aprendizaje de destrezas con la verdadera educación. Porque en aras de «preparar a los jóvenes para el futuro», en ese afán por dotarlos de conocimientos «útiles», se tiende a despreciar toda una serie de conocimientos considerados «inútiles» pero fundamentales para la formación de los ciudadanos.

Debemos plantearnos, una vez más, si queremos convertir a nuestros jóvenes en individuos disciplinados y sumisos para cumplir la función de engranajes del aparato productivo o si nos proponemos formar ciudadanos conscientes, respetuosos de los valores, con espíritu crítico y juicio propio.

A no confundirse, pues. La justicia distributiva se logra creando más y mejores puestos de trabajo y elevando el nivel salarial.

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